Te doy mis rancho y domas, este caballo salvaje. El millonario se ríó, pero era

Jesús disfrazado. El sol de Jalisco caía implacable sobre el rancho San Miguel. 5000 hectáreas de
tierra fértil que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Don Esteban
Montes, de 61 años, observaba desde la galería de su hacienda colonial El
Corral Principal, donde un semental negro, como la noche misma, pateaba con
furia contenida contra las tablas de madera reforzada. relámpago.
Así lo habían bautizado, no por su velocidad, sino por la violencia con la
que descargaba su ira contra cualquier ser humano que osara acercarse.
Habían pasado 17 jinetes por ese corral, 17 hombres con experiencia, algunos de
ellos campeones de rodeo, otros domadores legendarios, venidos desde
Chihuahua y Durango, con reputaciones que les precedían como sombras alargadas.
Todos habían caído. El primero se fracturó tres costillas. El segundo
perdió dos dientes y pasó una semana en el hospital de Guadalajara con conmoción cerebral. El séptimo casi muere cuando
Relámpago lo lanzó contra el poste de metal del corral con tal fuerza que el impacto se escuchó hasta la casa
principal. Don Esteban había pagado fortunas 20,000 pesos a uno, 30,000 a
otro, 50,000 al último. Un vaquero texano que se jactaba de haber domado
más de 200 caballos salvajes en su carrera. Relámpago lo había lanzado en
menos de 8 segundos y el texano se fue jurando nunca volver a México. El
caballo valía una fortuna. Su línea de sangre era pura, descendiente directo de
los caballos árabes traídos por los conquistadores españoles, mezclados con la resistencia de los Mustangs del
norte. Si alguien lograba domarlo, ese semental podría generar millones en cría
selectiva, pero nadie podía acercarse sin arriesgar la vida. Era media tarde
del viernes cuando uno de los peones, Chui, tocó a la puerta del despacho de
don Esteban. Patrón, hay un hombre en la entrada. Dice que viene buscando trabajo. Don Esteban levantó la vista de
los libros contables que revisaba con expresión aburrida. Otro. Dile que no necesitamos más manos.
Ya tenemos suficientes. Es que dice que puede domar a relámpago.
El silencio que siguió fue tan pesado como el aire antes de una tormenta. Don
Esteban dejó la pluma sobre el escritorio lentamente, como si el movimiento repentino pudiera romper algo
frágil en el aire. ¿Qué dijiste? ¿Que puede domar a relámpago, patrón? Eso
dijo. Una sonrisa cruel comenzó a formarse en los labios de don Esteban.
Se levantó de su silla de cuero, ajustándose el cinturón con la evilla de
plata maciza que llevaba como símbolo de su estatus. Llama a todos los hombres.
Quiero que vean esto. 20 empleados se reunieron en el patio frontal cuando don
Esteban salió de la hacienda. vaqueros, peones, el capataz, hasta el cocinero y
los jardineros. Todos querían ver al loco que afirmaba poder domar al caballo que había
derrotado a los mejores. El extraño estaba parado junto al portón de hierro
forjado y la primera impresión de don Esteban fue de desconcierto absoluto. El
hombre vestía ropas blancas, completamente blancas. No el blanco
sucio del algodón viejo, sino un blanco impoluto que parecía brillar bajo el sol
jaliciense, pantalón de manta, camisa de lino con mangas largas, guaraches de cuero
trenzado que parecían hechos a mano con técnicas antiguas. Un sombrero de palma
descansaba en su espalda colgando de un cordón, pero lo más extraño era su
rostro. El hombre aparentaba unos 35 años, tal vez 40, con piel bronceada por
el sol y una barba corta y bien cuidada. Sus ojos eran de un color avellana
profundo y cuando miraba parecía ver a través de las personas, no solo a ellas.
Había algo en su presencia que hacía que los hombres más rudos bajaran instintivamente la voz. Don Esteban, sin
embargo, no era un hombre fácil de impresionar. Trabajo, se rió y sus empleados se
rieron con él como era costumbre. Mírate, tu ropa parece de hace 100 años.
¿De qué museo te escapaste? El extraño no se inmutó. Su voz era calmada,
profunda, con un acento que don Esteban no podía identificar. No era del norte
ni del sur, no era urbano ni completamente rural. era antiguo.
Las mejores técnicas son antiguas, don Esteban, y puedo domar a relámpago. El
terrateniente frenó su risa de golpe. ¿Cómo sabes mi nombre? Todo el valle
conoce al dueño del rancho San Miguel. Era una respuesta lógica, pero algo en
el tono hizo que un escalofrío recorriera la espalda de don Esteban. Sacudió la sensación y volvió a su
actitud burlona. 17 expertos han fallado”, gritó extendiendo los brazos
hacia sus empleados. “17 hombres que han domado cientos de
caballos y tú que pareces salido de un cuadro de la revolución, ¿crees que lo harás?” “No creo. Sé que puedo.” La
arrogancia en esa respuesta, dicha sin levantar la voz, sin presumir, encendió
algo peligroso en don Esteban. Era el tipo de confianza que él solo había
visto en hombres que tenían algo que respaldar, pero este era un vagabundo,
un don nadie vestido de blanco que probablemente no tenía ni dónde caerse muerto. Una idea cruel y brillante cruzó
por la mente del terrateniente. Miró a sus hombres todos esperando y entonces
lanzó la propuesta que haría de ese día algo inolvidable. Muy bien, hagamos esto
interesante. Su voz subió para que todos escucharan. Doma a relámpago y te doy mi
rancho completo. El silencio fue absoluto. Hasta los pájaros parecieron
dejar de cantar. Los empleados se miraron entre sí incrédulos. El capataz,
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