Te doy 200 m00 logras vencerme al mous.” declaró el empresario mirando con desdén
al hombre de ropa gastada. No imaginaba que estaba desafiando a la persona equivocada y que esa arrogancia le

costaría absolutamente todo. Hola, familia, antes de continuar con esta
historia increíble, déjame un comentario diciéndome desde qué país nos estás viendo y no olvides suscribirte al canal
para más historias como esta. Ahora sí, vamos con lo que pasó. El sonido del
mazo golpeando la mesa resonó en el bar La Esquina como un trueno. Las cartas
salieron volando de las manos callosas de Santiago y se esparcieron por el suelo de madera, manchado por décadas de
cerveza derramada. El rey de copas aterrizó en un charco. El as de oros se
deslizó bajo una mesa cercana. Las demás cartas quedaron dispersas como soldados
caídos en batalla olvidada. Santiago, de 38 años. se quedó inmóvil con las manos
todavía extendidas en el aire, mirando el espacio vacío donde segundos antes
había estado su baraja más preciada. El hombre que había golpeado la mesa ni
siquiera se detuvo, ajustándose el reloj de lujo mientras pasaba junto a
Santiago, como si fuera parte del mobiliario deteriorado del bar. “Este
lugar no es para perdedores”, escupió el hombre sin voltear. Hay sitios para
gente de tu clase. El mundo de Santiago se contrajo a ese instante. No escuchaba
las conversaciones de los otros parroquianos. No sentía el calor sofocante de la tarde valenciana que se
colaba por las ventanas abiertas. Solo veía las cartas destrozadas en el suelo,
cada una marcada con el uso de incontables partidas, testigos de victorias y derrotas regaladas por su
mentor antes de morir. La baraja del siete, su carta favorita, la que don
Fermín había usado durante 30 años. Ahora tenía una mancha de bota en el
centro. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas. No eran lágrimas
de dolor físico, sino algo mucho más profundo. Eran lágrimas por ver como la
única conexión tangible con el hombre que le había enseñado que la vida era como el mous, que siempre había una
jugada posible, incluso en las manos más desesperadas, ahora yacía pisoteada en
el suelo mugriento. Ay, hijo. La voz áspera de don Emilio cortó el silencio.
El tabernero, un hombre de 68 años, con la espalda doblada por décadas de servir
copas, salió de detrás de la barra con esfuerzo. Sus rodillas protestaron al
agacharse, pero el dolor físico no importaba cuando veía al hombre que
consideraba su ahijado honorario, recoger los pedazos de su herencia. Lo
siento, don Emilio”, susurró Santiago limpiándose las lágrimas con el dorso de
la mano, dejando marcas de polvo en sus mejillas curtidas por el sol. Estaba
concentrado estudiando una mano en mi libreta y no lo vi venir. Debí moverme más rápido. “Tú no tienes nada de qué
disculparte.”, habló don Emilio con firmeza, que contradecía sus manos temblorosas mientras ayudaba a recoger
las cartas. Ese desgraciado ni siquiera volteó a ver a quién empujaba. Santiago
recogió el siete manchado y lo apretó contra su pecho. El cartón estaba tibio
y podía sentir cada imperfección donde las manos de don Fermín lo habían
sostenido miles de veces. Recordaba estar sentado en esta misma mesa hace 5
años, viendo como el viejo jugaba, explicándole que cada carta tenía alma
propia. El siete es especial, Santiaguito”, le había dicho su mentor
con esos ojos brillantes que siempre tenían cuando hablaba del mouse. “Puede cambiar toda la partida en un segundo,
como tú vas a cambiar tu vida algún día, muchacho. Vas a superar todos los obstáculos que el destino te ponga”.
Pero ahora el siete estaba arruinado y Santiago no sabía cómo superar este obstáculo. “Ven, ayúdame a sentarme”,
jadeó don Emilio ligeramente, el esfuerzo de agacharse cobrando su precio. Santiago lo sostuvo del brazo,
sintiendo los huesos frágiles bajo la camisa desgastada del anciano. Cuando
ambos estuvieron sentados en la mesa, que había sido testigo silencioso de miles de partidas, don Emilio sacó un
pañuelo viejo y comenzó a limpiar las cartas con ternura. “¿Sabes qué día es
hoy?”, preguntó el anciano. Santiago negó con la cabeza, todavía mirando el
siete manchado. Hace exactamente 5 años, don Fermín se sentó en esta misma mesa
en su última tarde y me dijo algo que nunca olvidaré. Don Emilio hizo una
pausa, sus ojos nublados por cataratas mirando hacia el pasado. Me dijo Emilio,
este muchacho va a ser grande. No sé cómo ni cuándo, pero tiene algo especial. El mous corre por sus venas
como corría por las mías. Cuídalo cuando yo ya no esté. Las lágrimas de Santiago
cayeron sobre el cartón del siete, oscureciendo la mancha. Y yo le prometí
que lo haría. continuó don Emilio, que me aseguraría de que siguieras jugando,
de que ese talento que Dios te dio no se desperdiciara por falta de oportunidad.
Pero, don Emilio, ¿de qué sirve el talento? La voz de Santiago se quebró.
Mire dónde estamos. Mire cómo vivo. Mi esposa limpia oficinas para que podamos
comer. Yo apenas puedo conseguir trabajos temporales en la construcción. Juego al mous en un bar de mala muerte
porque no tengo dinero para entrar a un casino de verdad. ¿Qué importa si soy bueno, si nadie me ve? Don Emilio tomó
el rostro de Santiago entre sus manos callosas. Alguien te va a ver, muchacho,
y cuando ese día llegue vas a estar listo. Por eso vienes aquí todos los días. Por eso estudias cada mano que
encuentras. Por eso juegas contra cualquiera que se siente contigo o me
equivoco? Santiago miró sus propias manos. Manos de trabajador con callos en
las palmas y cicatrices en los nudillos. Manos que habían cargado sacos de
cemento, que habían mezclado argamasa, que habían construido casas en las que
nunca podría vivir. Pero también eran manos que podían sostener cuatro cartas
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