Suelten a ese hombre, él no hizo nada’, dijo el niño… y el juez se quedó sin palabras.
El mazo del juez se alzaba lentamente en

el aire. En la sala del tribunal número
tres, el silencio era tan denso que
podía cortarse con un cuchillo. Martín
Rivas, de 52 años, con las manos
temblorosas y el rostro marcado por
noche sin dormir, cerraba los ojos
esperando escuchar las palabras que
sellarían su destino. Culpable. Esa
palabra resonaba ya en su mente como una
sentencia de muerte en vida. El incendio
que había arrasado con la sede de
Tecnovision Corporation 3 meses atrás
seguía siendo noticia en todos los
periódicos. 23 pisos convertidos en
cenizas, años de trabajo evaporados en
una sola noche y él, el vigilante
nocturno, señalado como el responsable.
La fiscal, una mujer de mirada afilada y
traje impecable, lo observaba con una
mezcla de satisfacción y desdén. Para
ella, el caso estaba cerrado desde hacía
semanas. Las cámaras de seguridad lo
habían captado cerca del área donde se
originó el fuego. Su turno había
terminado justo media hora antes de la
explosión, pero su tarjeta de acceso
mostraba que había regresado. No tenía
cohartada, no tenía testigos, no tenía
esperanza. El juez Carraspeo,
ajustándose los lentes sobre el puente
de la nariz. En vista de las pruebas
presentadas y tras deliberación
exhaustiva, este tribunal encuentra al
acusado Martín Ribas. Fue entonces
cuando las puertas del fondo se abrieron
con un estruendo que hizo saltar a la
mitad de los presentes. Un niño entró
corriendo por el pasillo central. Tenía
el rostro manchado de tierra seca, el
cabello revuelto y los ojos enrojecidos.
Su ropa, demasiado grande para él,
colgaba como trapos sobre su pequeño
cuerpo. No podía tener más de 8 años.
Corría con una determinación que no
correspondía a su edad, esquivando al
guardia de seguridad que intentaba
detenerlo. “Espere, espere, señor juez”,
gritaba con una voz quebrada por la
desesperación. Ese hombre no hizo nada.
Él me salvó la vida. El mazo del juez
golpeó la mesa con fuerza. Orden en la
sala. ¿Quién es este niño? ¿Cómo ha
entrado aquí? Pero el pequeño ya había
llegado hasta la varanda que separaba al
público de los acusados. Se aferró a
ella con ambas manos jadeando con
lágrimas que comenzaban a rodar por sus
mejillas sucias. Martín lo miró sin
comprender, con los ojos muy abiertos.
Había algo en aquel rostro infantil que
le resultaba vagamente familiar. El
abogado defensor, un hombre mayor que
hasta ese momento había luchado con
argumentos débiles y pocas esperanzas,
se puso de pie rápidamente. Señoría,
solicito que se escuche al testigo.