La subasta empezó mientras aún había pañuelos empapados y un llanto recién nacido abriéndose camino entre los

murmullos. Nadie allí estaba listo para escuchar la palabra libertad. El sol de

la tarde caía sobre la plaza de Santa Dalia con un brillo que parecía barnizar de oro el polvo y las paredes encaladas.

Al centro, sobre un tablón, un hombre de chaleco oscuro golpeaba la madera con un

mazo como si marcara el compás de una canción cruel. Su voz, entrenada para

convertir la miseria en espectáculo, se alzó por encima del rumor de botas y espuelas. Se ofrece servicio de por

vida, canturreo, buena costurera, limpia, obediente. La criatura va

incluida hasta que deje de mamar. Muerta la madre, cada quien responde por sí.

Empiecen. La mujer en el tablón no era un anuncio. Tenía el cabello pegado a la 100, las manos temblorosas y una manta

apretada al pecho, donde algo respiraba a golpes. Sus ojos, sin embargo, eran

como dos brasas, vivos, tercos. El subastador la sostuvo del codo para que

no se descuajeringara de pie. Y aunque su voz traicionó un asomo de pudor, la cifra con la que abrió la puja no lo

hizo. Era demasiado alta para cualquiera con oficio honrado. Se llama Amaya, dijo

un hombre a la sombra del portal. La trajo Roldán, el de la mina. Dicen que le debe hospedaje, pan y comadre. ¿Y

desde cuándo se subasta la deuda en la plaza?, preguntó otro. Desde que Prudencio Falcón manda en la mesa del

fondo de la cantina, contestó el primero. Ya verás, hoy quieren hacer costumbre. En el borde de la multitud,

un jinete detuvo su caballo tordo. Era alto, con barba oscura y una cicatriz

antigua en la muñeca izquierda. No llevaba armas a la vista ni sombrero de ala ancha. Traía un sombrero modesto y

los ojos atentos. En Santa Dalia todos lo conocían. Daniel Robles, dueño del

rancho La Carrasca, hombre de palabra escasa y espalda amplia, el mazo golpeó

de nuevo. ¿Quién da el primer peso? Que no se diga que Santa Dalia es pueblo de manos cerradas. 10, gritó alguien con

sorna. 15, añadió otro entre risas. 50,

cantó prudencio Falcón sin levantarse de su silla. Su anillo relució como una

garra. Amaya apretó más a su criatura y miró la orilla de la plaza. buscando quizá un resquicio por donde huir, algún

rostro conocido que la tomara del brazo y la devolviera a la tierra firme de los vivos. No encontró nada, solo encontró

el tordo y la mirada de Daniel clavada en ella con una gravedad que no prometía nada, pero tampoco exigía. 100, dijo

Daniel sin alzar la voz. El murmullo se partió como tela. 200″, señaló Prudencio

con fastidio divertido. “300”, replicó Daniel. El subastador, que jamás había

visto una carrera de cifras tan recta, comenzó a sentir un sudor frío en la nuca. Roldán, a su lado, mascó aire con

dientes apretados. “Mil”, aventó prudencio, como quien lanza una moneda a

un charco para ver hasta dónde salpica. La plaza hizo un silencio torpe. 1000 en

Santa Dalia era una cifra que abrochaba gargantas. Los ojos buscaron a Daniel.

Él no miró a nadie más que a la mujer con el bulto en brazos. 2000 dijo. Y el

silencio se quebró en exclamaciones. A prudencio se le torció el gesto. No tanto por el dinero que lo tenía, sino

por la osadía. Hizo ademán de subir la apuesta, pero Roldá, rígido, le tocó el

antebrazo apenas. Déjalo, Musito, si paga mejor para nosotros. El mazo bajó

tembloroso tres veces. Adjudicada, dijo el subastador, tragándose su propia voz.

Al señor Robles, por 2000. Daniel desmontó sin prisa, se quitó el sombrero, subió al tablón y antes de

tocar a Amaya habló con la claridad de quien no busca aplausos. No te compré,

le dijo. Te saco de aquí. Si quieres venir conmigo, vienes. Si no, te dejo donde digas. Los ojos de Amaya se

abrieron como si ya no pesaran. No respondió al principio, solo arrimó el rostro a la manta y olió la coronilla de

la bebé, ese gesto que desenreda el miedo por un rato. Luego asintió muy

leve. Vámonos susurró. La gente abrió paso a regañadientes. Alguno soltó una

carcajada tonta. Algún otro escupió en la tierra. Prudencio sonrió. un gesto de

gato que deja salir el ratón porque está convencido de su fuerza. Roldán bajó los ojos y se acomodó el cinturón como quien

espera un silvido para moverse. En la salida de la plaza, doña Petra,

administradora de la Carrasca desde que Daniel se quedó viudo de juventud, aguardaba con una mula de carga y un

canasto de víveres. No preguntó nada, solo miró a la criatura envuelta y, sin

permiso, presentó un dedo gordo para que lo apretara. La niña de un día y poco,

respondió con la fuerza milagrosa de la vida nueva. Se va a llamar Luz, dijo

Amaya, más para sí que para los demás. Buen nombre. Aprobó doña Petra. señala

camino en la noche. La comitiva tomó la vereda lenta, dejando atrás el murmullo

del pueblo, que no sabía si había asistido a un acto de misericordia o a un capricho caro. Durante el trayecto,

Amaya no habló, Daniel tampoco. Solo el tordo y la mula hacían un sonido de

cuero y polvo, y la niña, de cuándo en cuando, dejaba caer un suspiro que parecía una plegaria sin palabras. La

carrasca se abría entre mezquites y un arroyo angosto. Era un rancho de hombres, pero limpio y bien dispuesto,

con un porche de sombra digna y una cocina que olía a café y estufa encendida. Doña Petra se encargó de

Amaya con la eficiencia de una general. Le preparó un lecho bajo, un caldito claro, paños limpios. Daniel se mantuvo

en la puerta como si su cuerpo entero fuera una pregunta que prefería callar.

No entiendo por qué lo hiciste”, dijo Amaya sin mirar. “Nadie hace algo así por nada.” No fue por nada, respondió

Daniel. “Fue por ti. Eso es nada para los hombres que conozco.” “No me conoces”, dijo él. “Y no te conozco.

Empieza por comer.” La noche llegó con grillos y un cielo limpio. Amaya, arropada y con el pulso aún desordenado,

se quedó dormida por tramos. Cuando la niña lloró, doña Petra la ayudó con discreción, sin invadir, enseñándole

cómo acomodarla al pecho, sin lastimar las costuras de la vida recién hecha. En

la otra habitación, Daniel no pegó los ojos. La imagen del tablón en la plaza

le volvía del revés el estómago y una memoria vieja, la de su esposa, perdiéndose como agua entre los dedos

después de un parto que no supo salvar, se asomó y se retiró con un dolor sin

lamentos. de esos que ya aprendieron a quedarse en su sitio. A la mañana siguiente, el rancho parecía otro. No

era la presencia de una mujer lo que cambiaba el aire, sino el rumor delicado de una respiración diminuta que marcaba

otro tiempo. Daniel salió temprano a ver el ganado y revisar cercas. Al volver,