La patrona se jactaba ante sus amigas. Acababa de vender por una miseria una casita derruida con un pozo seco y

muerto a su empleada de toda la vida. Una anciana que ahorró cada centavo para tener al fin algo propio. Pero lo que la

patrona jamás imaginó fue que había algo en ese pozo que iba a cambiar sus vidas para siempre. La anciana llegó caminando

despacio, apoyada en su bastón improvisado, con el sol quemando las espaldas encorvadas de décadas fregando

pisos ajenos. Frente a ella, la patrona sonreía con esa calma peligrosa de quien

siempre tuvo el poder de mandar. La casita estaba allí, deteriorada, con

techo agujereado y paredes agrietadas, y el pozo en el patio, abierto, oscuro,

sin una gota de humedad. Nadie en el pequeño pueblo quería ese pedazo de tierra olvidado en los fondos de la

antigua propiedad familiar. Nadie, excepto esa vieja que había pasado toda

la vida sirviendo, juntando cada moneda del sueldo magro para no morir

dependiendo de nadie. La patrona habló sin dudar. Dijo que la casita era vieja,

que el pozo estaba casi seco, que tal vez algún día volviera a dar agua, que era una oportunidad única, casi un

favor. Mentía con facilidad con la práctica de quien ya había engañado antes. La anciana escuchaba en silencio,

apretando la bolsita de tela donde guardaba cada peso ganado en 40 años de limpieza. Cuando el dinero cambió de

manos, la patrona sintió victoria. Pensó que había vendido viento, ruinas y

sombra. Pensó que esa vieja había sido una tonta más. Las vecinas y conocidas

observaban desde lejos, algunas con pena, otras con burla disimulada. Nadie

dijo nada, nadie alertó a la anciana. El pozo seguía allí, negro, profundo, como

quien guarda un secreto, y la casita parecía a punto de derrumbarse. Esa

misma tarde, mientras la patrona celebraba con las amigas en el salón, la anciana volvió sola al terreno. Entró en

la casita vieja, pero pronto se dirigió al pozo con una linterna vieja, sin

miedo, como si algo la llamara desde abajo. No buscaba agua, buscaba sentido.

En el silencio profundo, algo empezó a reflejar la luz, algo que jamás debería

estar allí. La anciana ató la cuerda con manos temblorosas, pero decididas. Cada

nudo parecía una promesa hecha a sí misma. Bajó despacio, sintiendo como el

aire se volvía más frío a cada metro. Arriba el mundo quedaba lejano. Abajo

solo silencio y piedra húmeda. La linterna iluminaba paredes antiguas marcadas por años de abandono. El pozo

no estaba muerto, solo olvidado. A mitad del descenso, la luz reveló algo

extraño. Betas brillantes incrustadas en la roca. No era agua, no era humedad.

Eran destellos sólidos, firmes, que devolvían la luz con intensidad inquietante. La anciana se detuvo,

respiró hondo y pasó la mano por la pared. Los dedos quedaron cubiertos de un polvo fino, pesado, diferente a la

tierra común. Al tocar el fondo, los pies encontraron piedra firme. La

linterna tembló al apuntar al suelo y entonces lo vio con claridad. fragmentos

brillantes, incrustados, como si el pozo hubiera sido cabado alrededor de ellos.

La anciana cayó de rodillas, no por debilidad, sino por comprensión. Aquello

no era casualidad, aquello había estado esperando. Arriba, la patrona dormía

tranquila, convencida de su engaño. Abajo, en la profundidad que juzgara inútil, la anciana entendía que había

comprado algo mucho más valioso que una casita vieja o agua. No sonríó, no gritó, guardó silencio,

porque ciertas fortunas antes de brillar exigen prudencia y paciencia. La anciana

subió antes del amanecer, el cuerpo agotado, pero la mente despierta como nunca. Nadie la vio salir del pozo.

Nadie la vio regresar a su casita sencilla, con la misma ropa humilde y el mismo rostro cansado. En el pueblo el

silencio era costumbre y esa mañana no fue distinta. Solo ella sabía que debajo

de esa tierra dormía algo capaz de cambiarlo todo. Durante días volvió en

secreto, siempre al amanecer o al atardecer. Bajaba con cuidado, sin

ruido, sin dejar huellas. Aún no extraía nada. Observaba, tocaba, medía. Aprendió

a reconocer cada brillo, cada beta incrustada en la roca. No era sueño, no

era ilusión, era riqueza real. escondida donde nadie quiso mirar. Mientras tanto,

la patrona contaba la hazaña entre risas en el grupo de amigas. Decía que había vendido una casita vieja con un pozo

muerto a precio de oro. Ellas celebraban la astucia, brindaban por la trampa

perfecta. Nadie sospechaba que la verdadera burla no estaba en el contrato, sino en la profundidad que

jamás se dignaron explorar. La anciana, sin embargo, decidió lo esencial. no

hablaría. La fortuna no debía despertar codicia antes de tiempo. Sabía que la

riqueza mal revelada atrae enemigos. Así que tapó el pozo, cubrió la entrada con

cuidado y esperó. Porque ciertas victorias no se anuncian, se preparan en

silencio. La anciana mantuvo la rutina sin levantar sospechas. Seguía despertando temprano, caminando

despacio, comprando solo lo necesario. Nadie notó cambio. Por las noches, sin

embargo, repasaba cada detalle del pozo, cada brillo escondido, cada riesgo

posible. Sabía que la prisa había arruinado a personas más fuertes que ella. Con herramientas viejas y

prestadas, empezó a trabajar poco a poco. Extraía piedrecitas pequeñas,

siempre las mismas, siempre en silencio. Las limpiaba en casa bajo luz tenue,

confirmando lo que ya sabía. No era agua lo que había faltado en ese pozo, era

visión. Lo que los demás llamaron inútil, había sido ignorado por comodidad y soberbia. La patrona, por su

parte, empezó a notar algo extraño. La anciana no se quejaba, no pedía ayuda,

no hablaba de la casita vieja con pozo seco que supuestamente la había arruinado. Esa calma empezó a

incomodarla. Pensó que la vieja estaba resignada, pero la resignación rara vez

camina con tanta firmeza. Una tarde, la patrona pasó cerca del terreno y vio la entrada del pozo

limpia, cuidada, y la casita con pequeños arreglos sutiles. Nada fuera de