La mansión brillaba con una elegancia
exagerada, como si cada flor blanca,
cada candelabro y cada copa de cristal
intentaran ocultar algo oscuro que se
movía entre sus paredes.

Era la víspera de la boda de Sebastián y
doña Elvira caminaba lentamente por el
gran salón, observando los preparativos
con una satisfacción fría, calculada,
casi cruel.
Para ella, aquella boda no solo era la
unión de su hijo con una mujer digna,
sino la confirmación de su poder, de su
control absoluto sobre la vida de
Sebastián.
Desde el principio había decidido con
quién debía estar, a quien debía amar y,
sobre todo, a quien debía borrar de su
historia. Ese nombre prohibido era
Lucía.
Años atrás, Lucía había llegado a la
vida de Sebastián sin dinero, sin
apellido importante, sin las conexiones
que doña Elvira consideraba
indispensables.
Aún así, Sebastián la había amado de una
forma que jamás volvió a sentir. Y eso
fue precisamente lo que doña Elvira
nunca le perdonó. Ella no soportaba
haber sido desafiada por una joven
sencilla que no se inclinaba ante su
autoridad.
Con paciencia venenosa, fue sembrando
dudas, presiones y ultimátums, hasta que
Sebastián, débil y confundido, terminó
alejándose de Lucía sin darle
explicaciones, obedeciendo a su madre
como lo había hecho toda su vida. Ahora,
años después, doña Elvida sostenía la
lista de invitados con una sonrisa
ladeada.
repasaba nombres de empresarios,
políticos y familias influyentes, todos
aprobados por ella, hasta que con un
gesto lento y deliberado, escribió Lucía
al final de la hoja. No era un error ni
un descuido, era un acto planeado con
precisión.
Quería verla ahí. Quería que entrara
sola, sin éxito, sin futuro, para que
comprendiera que nunca había pertenecido
a ese mundo. Que vea lo que perdió,
pensó con desprecio, convencida de que
la humillación sería el golpe final.
Mientras tanto, en un pequeño
departamento al otro lado de la ciudad,
Lucía sostenía la invitación con las
manos temblorosas.
El sobreelegante contrastaba con su vida
sencilla, construida con esfuerzo y
silencios.
Al leer el nombre de Sebastián junto a
la fecha de la boda, sintió como el
pasado regresaba de golpe con el mismo
dolor de aquella noche en que él
desapareció sin despedirse.
Durante 5 años había guardado preguntas
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