Un niño humilde solo quería ver su saldo. El millonario se rió en su cara,

pero cuando los números aparecieron en pantalla, las risas se congelaron y el

silencio reveló una verdad que nadie esperaba. El silencio en el Banco Central Metropolitano era ese tipo de

silencio caro, el que huele a dinero recién impreso y a ambición barnizada.

Las luces LED rebotaban contra el mármol del piso, creando reflejos que parecían juzgar a quien no perteneciera a ese

mundo. Matías apretó la correa de su mochila. Sus dedos temblaban, no de

frío, sino de esa mezcla explosiva entre determinación y miedo, que solo conocen

quienes han tenido que crecer demasiado rápido. “Solo quiero ver mi saldo”,

susurró. “Más para sí mismo que para alguien más.” La frase quedaría grabada en su memoria para siempre, porque lo

que estaba a punto de suceder no solo cambiaría su vida, sino la de todos los presentes en ese lugar. La mañana había

comenzado como todas. Matías despertó antes del amanecer en el pequeño cuarto que compartía con su abuela. El olor a

café aguado y pan duro llenaba el aire. No había queja en sus ojos, solo había

una luz. Esa luz terca que tienen quienes se niegan a rendirse sin importar cuántas veces la vida los

empuje al suelo. Ya te vas, mi niño. La voz de su abuela sonaba frágil, como

papel de china a punto de romperse. Sí, abuela, hoy tengo que hacer algo

importante. Ten cuidado. El mundo afuera. Lo sé. Matías besó su frente

arrugada. Regresó pronto. Guardó en su mochila el sobre amarillo. Ese sobre que

había protegido durante semanas como si fuera un tesoro, porque lo era. Era la

diferencia entre la esperanza y la desesperación. El autobús lo llevó al centro de la ciudad. Mientras miraba por

la ventana, recordó las palabras del señor Tomás, el anciano del mercado que

había cambiado todo semanas atrás. Matías, ¿sigues vendiendo dulces? El

niño había asentido mostrando su caja con caramelos. Te voy a decir algo,

muchacho. Hay una forma mejor de ayudar a tu abuela, pero necesitas ser valiente. El señor Tomás le había dado

un papel con una dirección y un número de cuenta. Esto era de tu abuelo. Nunca

te lo dijeron porque pensaban que eras muy joven, pero yo sé que tienes el corazón de un hombre. Matías había

sentido que el suelo se movía bajo sus pies. Mi abuelo, pero él murió hace

años, lo sé. Era mi mejor amigo y antes de irse me hizo prometer algo, que

cuando vieras con tus propios ojos lo dura que es la vida, te daría esto. Ese

momento llegó, ¿verdad? Las lágrimas habían rodado por las mejillas de Matías mientras asentía. y ahora estaba ahí,

frente a las puertas de cristal del Banco Central Metropolitano. El edificio parecía un gigante de acero y vidrio

diseñado para intimidar a los pequeños. Respiró hondo y entró. El guardia de

seguridad, Javier, lo miró de arriba a abajo. Su mirada no era cruel, pero

tampoco amable. Era la mirada de alguien acostumbrado a clasificar a las personas en dos segundos. ¿Vienes con algún

adulto?, preguntó con voz neutra. Vengo solo. Necesito, necesito ver una cuenta.

Javier arqueó una ceja, pero no dijo nada más. Con un gesto indicó que pasara

a la fila de espera. La sala estaba llena. Ejecutivos revisaban sus teléfonos. Señoras con bolsos de marca

suspiraban con impaciencia y Matías, con su mochila remendada, destacaba como una

mancha en un vestido blanco. Las miradas lo atravesaban, algunas con curiosidad,

otras con desdén. apenas disimulado. “No pertenezcas aquí”, parecían gritar esas

miradas. “¡Vete antes de que hagas el ridículo, pero Matías apretó el sobre

amarillo contra su pecho y siguió de pie. Entonces, la puerta principal se abrió con un estruendo de importancia

fabricada. Don Rodrigo Salcedo entró como si el banco hubiera sido construido específicamente para él. Su presencia

llenaba el espacio de una forma casi grotesca. Dos ejecutivas lo seguían

riendo de sus comentarios con esa risa profesional que se aprende en las escuelas de negocios. Elena gritó hacia

el área de gerencia. ¿Todavía me haces esperar como a un cliente común? La gerente Elena salió de su oficina con

una sonrisa diplomática. Don Rodrigo, qué sorpresa. No teníamos agendada su visita. El dinero nunca agenda, querida.

El dinero simplemente llega. Otra carcajada. Las ejecutivas la repitieron

como ecos entrenados. Matías observaba todo desde su lugar en la fila. Había

algo en la forma de moverse de ese hombre que le revolvía el estómago. Era la arrogancia hecha persona, la certeza

de que el mundo le debía reverencias. Don Rodrigo se acercó al mostrador principal, ignorando olímpicamente la

fila. Nadie protestó, nadie se atrevió y entonces sus ojos cayeron sobre Matías.

¿Qué tenemos aquí?”, dijo en voz alta, señalándolo con un gesto teatral. El

banco ahora acepta visitas escolares. Algunas risas nerviosas brotaron entre

los presentes. Matías sintió que el calor le subía al rostro, pero mantuvo

la mirada firme. “Estoy haciendo un trámite, señor.” “¿Un trámite?” Don

Rodrigo se acercó. Su sonrisa era la de un gato jugando con un ratón. ¿Y qué

tipo de trámite puede tener alguien como tú en un banco como este? El veneno en la palabra tú era imposible de ignorar.

Elena intervino con voz profesional pero tensa. Don Rodrigo, todos los clientes

merecen cliente. La interrumpió con otra carcajada. Mira muchacho, esto no es una

alcancía. Aquí se mueven millones, no centavos de dulces. El golpe verbal

resonó en el silencio súbito del banco. Matías sintió que algo se quebraba en su pecho, pero no eran lágrimas lo que

amenazaba con salir. Era algo más fuerte. Era dignidad. Solo quiero ver mi

saldo dijo con voz clara sacando el sobre amarillo. Tengo todos los

documentos. Don Rodrigo tomó el sobre con dos dedos, como si fuera basura, y

lo abrió con desdén estudiado. Leyó la primera línea, luego la segunda. Su

sonrisa se hizo más amplia, más cruel. Cuenta número 4 en Tasin 582 1967 33 o1

leyó en voz alta. ¿Sabes qué tipo de cuentas tienen esos números antiguos? Matías no respondió. Su corazón latía