Esa y decoras este código penal te doy mi mansión.

El juez se ríó, pero era Jesús disfrazado. En San Luis Potosí, México,

bajo el sol ardiente de julio del año 2024, el juez federal Octavio Mendoza

observaba su mansión colonial desde el balcón del segundo piso con una sonrisa

de satisfacción. 59 años de edad, cabello plateado

perfectamente peinado hacia atrás, traje italiano de $3,000, reloj suizo que

costaba más que el salario anual de un obrero. Todo en él gritaba poder, éxito,

respeto. Todo en él era una mentira. La mansión que contemplaba una joya

arquitectónica del siglo XVII, restaurada con mármol de carrara,

cantera rosa y vitrales importados de España, no había sido comprada con su

salario de funcionario público. Los 20 millones de pesos que pagó por ella

provenían de sobornos cuidadosamente disfrazados como honorarios de

consultoría y asesorías legales privadas. Durante 20 años, Octavio había

convertido su juzgado en un mercado donde la justicia se subastaba al mejor postor. Un narcotraficante con dinero,

libertad bajo fianza técnica, expediente extraviado, caso cerrado por falta de

pruebas. Una madre soltera acusada falsamente de robo, sin dinero para

sobornar, significaba sentencia máxima, sin importar la evidencia de su

inocencia. El mazo de Octavio no golpeaba por justicia, golpeaba por el peso de los

billetes debajo de la mesa. Esa mañana de julio, Octavio esperaba la llegada de

un decorador de interiores. había decidido remodelar su biblioteca personal, una sala inmensa de techos de

6 m de altura, estanterías de caoba que cubrían tres paredes completas y un

ventanal emplomado que daba al jardín central con su fuente de cantera. Quería

algo especial para la vitrina central de esa biblioteca. Exhibir su código penal mexicano de

forma artística. La ironía lo divertía profundamente.

El libro que supuestamente debía guiar cada una de sus sentencias convertido en

objeto decorativo como un lobo guardando las reglas del gallinero enmarcadas en

oro. Don Octavio interrumpió su secretaria desde la puerta del estudio.

Llegó el decorador que contrató. Hazlo pasar a la biblioteca”, respondió sin

voltear, disfrutando un trago de whisky escocés de 40 años de añejamiento.

Minutos después, Octavio entró a su biblioteca y se detuvo en seco. El

decorador no se parecía en nada a lo que esperaba. Los diseñadores que frecuentaban su círculo social vestían

de negro elegante, hablaban con acento pretencioso, llevaban tabletas

electrónicas y portafolios de piel italiana. Este hombre vestía

completamente de blanco, pantalón de manta blanco, camisa de lino blanco,

simple impecablemente limpia, sandalias de cuero gastado, cabello castaño hasta

los hombros, barba corta bien cuidada, manos callosas con cicatrices en las

palmas, como si hubiera trabajado con herramientas pesadas toda su vida.

rostro sereno, ojos oscuros que parecían ver más allá de las paredes, más allá de

las apariencias. Octavio sintió algo extraño al mirarlo, una incomodidad

inexplicable, como si esos ojos pudieran leer cada secreto guardado en los archiveros de su mente. “¿Tú eres el

decorador?”, preguntó Octavio con sarcasmo mal disimulado. Pareces carpintero de pueblo, no diseñador de

interiores. El extraño sonrió con una calidez que contrastaba con el tono

burlón del juez. Lo soy”, respondió con voz tranquila pero firme. “Soy carpintero de Nazaret

originalmente, pero aprendí que mi verdadero trabajo no es solo construir muebles, sino revelar

el verdadero significado de las cosas. Sé cómo hacer que objetos comunes

muestren lo que realmente representan.” Octavio soltó una carcajada arrogante.

Revelar significados. Qué filosófico. Mira, lo que necesito es

simple. Quiero que ese código penal, señaló el grueso volumen empastado en

cuero verde sobre su escritorio sea exhibido en esta biblioteca de forma impresionante. Recibo visitas de

magistrados, fiscales, abogados de alto nivel. Quiero que vean ese libro y

piensen qué clase, qué sofisticación. El carpintero tomó el código penal entre

sus manos con un respeto casi reverencial. Pasó los dedos por la portada, abrió

algunas páginas, leyó fragmentos en silencio. Sus ojos se detuvieron en

ciertos artículos y Octavio hubiera jurado ver una tristeza profunda cruzar

su rostro. Este libro, dijo el carpintero finalmente, contiene las

leyes que deberían proteger al inocente y castigar al culpable. Las palabras

aquí escritas tienen poder para liberar al oprimido y detener al injusto. Lo has

leído completo, don Octavio? La pregunta incomodó al juez más de lo que quería

admitir. Por supuesto que lo he leído. Soy juez federal desde hace 20 años.

Leerlo y obedecerlo son dos cosas diferentes, respondió el carpintero. Y

aunque su tono no era acusatorio, Octavio sintió las palabras como agujas.

Mira, interrumpió el juez, su paciencia agotándose. No te contraté para filosofía barata, te

contraté para decorar, así que te voy a hacer un trato mucho mejor que tu tarifa

de diseñador. Octavio se acercó al carpintero, su sonrisa volviéndose

depredadora. Te reto a esto. Decora mi código penal de una forma que realmente

impresione a los juristas que visitan mi casa. No quiero algo común. Quiero una obra maestra, algo que haga

que un libro aburrido de leyes parezca la pieza central de esta biblioteca. Si