
Si cabes en ese vestido, me caso contigo. Se burló el millonario de la limpiadora frente a todos. Humillada,
Bella renunció esa misma noche, jurando que un día volvería. Seis meses después, una mujer
deslumbrante paralizó el evento de elegance. El vestido rojo se ajustaba
perfectamente a su cuerpo como si hubiera sido creado para ella. Nadie sabía quién era esta diosa, pero cuando
lo descubrieran, nada volvería a ser igual. El vestido rojo resplandecía bajo las
luces de la boutique elegance como si tuviera vida propia. Bella Gómez pasaba
el plumero por los maniquíes con delicadeza, procurando no rozar las prendas exclusivas.
Sus ojos se detuvieron en aquel vestido carmesí con su escote profundo y su falda que parecía flotar como pétalos de
rosa. Un suspiro escapó de sus labios mientras imaginaba, por un instante
fugaz, cómo sería lucirlo en una de esas galas que solo conocía a través de las conversaciones que escuchaba entre las
clientas adineradas. Hermoso, ¿no? La voz grave a sus
espaldas la sobresaltó. Bella se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. Frente a ella estaba
Marcelo Tabáes, dueño de elegance y uno de los empresarios más influyentes de la moda en Ciudad de México. Alto, con el
cabello negro perfectamente peinado y ese traje azul que parecía haber sido confeccionado molécula a molécula para
su cuerpo esbelto. “Sí, señor Tabáes”, respondió ella bajando la mirada hacia
el suelo de mármol. Marcelo se acercó al maniquí y pasó sus dedos por la tela del vestido como un
pianista acariciando las teclas antes de una sinfonía. Es la pieza central de la nueva
colección. Será presentada en la gala dentro de unos meses. Bella asintió retrocediendo
un paso. Sabía que no debía estar hablando con él. La supervisora, doña
Mercedes, siempre les recordaba que debían ser invisibles mientras trabajaban.
Una buena limpiadora es como el aire, necesaria pero imperceptible, decía con su tono severo. “Debería volver a mi
trabajo”, murmuró Bella, apretando el plumero entre sus dedos. Pero Marcelo no
parecía dispuesto a terminar la conversación. Su mirada recorrió a Bella de pies a
cabeza, deteniéndose en su uniforme azul holgado que intentaba disimular sus curvas prominentes.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. No la sonrisa amable que dedicaba a sus clientas, sino algo diferente, algo que
hizo que el estómago de Bella se encogiera. ¿Te gusta este vestido? preguntó él con un tono que navegaba
entre la curiosidad y algo más oscuro. Bella tragó saliva. Es muy bonito.
Bonito. Marcelo soltó una risa breve. Es una obra maestra diseñado para realzar
la figura femenina perfecta. Hizo una pausa, sus ojos fijos en ella, aunque
claro, no todas las mujeres podrían lucirlo. Las mejillas de Bella ardieron.
sabía exactamente lo que insinuaba. No era la primera vez que recibía comentarios sobre su peso, pero viniendo
de él en ese momento el dolor fue agudo como una aguja. “Talla 36”, continuó él
como si estuviera hablando del clima, exclusivo para cuerpos que realmente lo merezcan.
Bella apretó los labios conteniendo las lágrimas que amenazaban con escapar.
Con permiso, señor”, dijo intentando alejarse. Pero Marcelo dio un paso al lado,
bloqueando sutilmente su camino. A su alrededor, tres empleadas más de limpieza fingían no estar escuchando,
pero Bella sabía que no perdían detalle. La humillación crecía por segundos.
“¿Sabes qué?” La voz de Marcelo adquirió un tono juguetón casi infantil. “Tengo
una idea divertida.” Se volvió hacia el grupo de diseñadores que acababa de entrar en la sala. Gente
elegante con tabletas y libretas de bocetos. Oigan, ¿qué les parece una apuesta?
El corazón de Bella latía tan fuerte que temía que todos pudieran escucharlo.
Este vestido, Marcelo señaló la prenda roja, es prácticamente perfecto, tanto
que estoy dispuesto a apostar algo grande. Su sonrisa se ensanchó mientras miraba directamente a Bella. Si cabes en
ese vestido, me caso contigo. Las risas estallaron en la sala.
Risas elegantes, controladas, pero risas al fin y al cabo. Risas que se clavaron
en bella como pequeños cuchillos. Vamos, jefe. No sea cruel, dijo uno de
los diseñadores fingiendo reprobación, pero sin ocultar su sonrisa. No es crueldad, es motivación, respondió
Marcelo sin apartar la mirada de Bella. A veces la gente necesita un empujón
para cambiar su vida, ¿no crees? Bella sentía que el aire le faltaba.
Quería desaparecer, fundirse con las paredes. En ese momento, doña Mercedes
apareció con su uniforme impecable y su gesto adusto. Gómez, ¿qué haces aquí
parada? Hay trabajo en la sección de calzado, espetó antes de hacer una
reverencia sutil hacia Marcelo. Disculpe la interrupción, señor Tabáz.
No hay problema, Mercedes, respondió él con tono casual. Solo estaba teniendo una conversación
interesante con tu empleada. Bella aprovechó la oportunidad para escabullirse, murmurando una disculpa
inaudible. Mientras se alejaba, escuchó a Marcelo comentar algo más seguido de otras
risas. No necesitaba oír las palabras para saber que seguían burlándose de
ella. En el pequeño cuarto de limpieza, Bella se permitió finalmente soltar las
lágrimas que había contenido. Se miró en el reflejo distorsionado de una cubeta metálica.
Siempre había luchado con su peso. Siempre había sido la gordita simpática. Siempre había escuchado los comentarios
disfrazados de preocupación. Tienes un rostro tan bonito, si solo perdieras unos quilitos.
Pero nunca había sentido la humillación tan profundamente como hoy. ¿Estás bien?
Teresa, otra limpiadora y quizás la única persona en elegance que Bella podría considerar una amiga, se asomó
por la puerta. ¿Tú qué crees?, respondió Bella, secándose las lágrimas con el
dorso de la mano. Teresa entró y cerró la puerta tras de sí. Lo escuché todo.
Es un imbécil. Es el dueño. Corrigió Bella. Puede ser lo que quiera. No, no puede.
Teresa se sentó junto a ella en una pequeña banca. Nadie tiene derecho a humillar a otra persona así. Bella
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