Una muchacha bonita y virgen interrumpe baile de ricos y le grita al hijo del

hacendado millonario, “¡No! y mil veces no jamás seré tuya. Lo que pasa en los
próximos minutos hace que toda la fiesta se tiña de sangre y que su nombre se
convierta en leyenda para siempre, transformándose en el corrido más trágico de México. Te voy a contar ahora
todos los detalles de la historia verdadera detrás del corrido de Rosita Alves. Tú estás escuchando el canal
Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al
video y ahora sí, vamos a comenzar. 3 de febrero de 1900. El sol apenas
asomaba cuando Rosita Alví amarró los sacos de harina en la carreta. tenía 21
años y manos que ya conocían el peso del trabajo. Su madre, doña Juana María, la
observaba desde el Zaguan, con esa mirada que mezclaba orgullo y miedo.
Cada vez que Rosita tomaba los caminos hacia Concepción del Oro, doña Juana
rezaba para que volviera sana. Desde que don Antoches murió hacía dos años,
alguien tenía que mantener el negocio. Y Rosita no era de las que se quedaban
quietas esperando que otro lo hiciera. El sarape de su padre descansaba sobre
sus hombros, oliendo todavía a tabaco y caminos. Lo usaba como protección, como
si con eso bastara. Saltillo despertaba con la escarcha brillando en las calles
empedradas. Rosita chasqueó las riendas y la mula arrancó hacia el sur, hacia
Zacatecas, 120 km donde los asaltantes esperaban en
las cañadas y donde una mujer sola era presa fácil. Pero Rosita llevaba dos
años recorriéndolo con su carabina y su coraje. La gente murmuraba que la
albires andaba sola, que no era decente, que se estaba volviendo altanera. Rosita
sabía lo que decían. También sabía que mientras compraran su harina podían murmurar lo que quisieran. El negocio de
su padre no iba a morir porque ella llevara faldas. El camino serpenteaba
entre mezquites yes. A medio camino había un aguaje donde siempre paraba. Ahí lo vio por primera
vez. Hipólito llenaba un odre de cuero arrodillado junto al manantial. Era
joven de complexión. fuerte, con manos callosas de quien trabaja la tierra
desde niño. Cuando alzó la vista, algo se encendió en sus ojos. No fue la
mirada casual de quien ve pasar a una desconocida. Fue algo más profundo, como
si acabara de encontrar algo que había estado buscando toda su vida. “Buenas
tardes, señorita”, dijo quitándose el sombrero. Su voz era ronca, tímida casi.
Buenas”, respondió Rosita sin detenerse. “Bapa, Concepción, así es, es largo el
camino para ir sola. Lo es, pero no es la primera vez.” Hipólito no dijo más,
pero sus ojos la siguieron mientras ella llenaba su cantimplora. Cuando Rosita
volvió a la carreta, él seguía ahí viéndola partir. Había algo inquietante
en esa mirada que se le clavó en la nuca durante el resto del viaje. Concepción
del oro. vivía del oro y la plata arrancados de la sierra. Rosita descargó
en la tienda de don Refugio, un viejo que había conocido a su padre. Mientras
contaban costales, la puerta se abrió. Era Hipólito. Llevaba ropa limpia como
preparado para algo. Señorita Alvies, permítame ayudarla. Don Refugio miró a
Rosita con ceja alzada, pero ella asintió. Durante una hora, Hipólito
cargó sin quejarse. Cuando terminaron, Rosita le ofreció monedas. No, señorita,
no fue por eso. Entonces, ¿por qué? Porque quería conocerla mejor. Ahí
estaba otra vez esa intensidad. Rosita sintió algo moverse en su estómago, una
advertencia que no supo interpretar. Hipólito no era como otros hombres. No
tenía arrogancia de acendados ni vulgaridad de arrieros borrachos, pero había algo escondido bajo esa timidez
que la hacía sentir como venado que detecta al cazador. Cada visita a Concepción del Oro, ahí estaba Hipólito,
siempre con excusas para ayudar. Traía flores silvestres, regalos tallados en
madera, palabras torpes pero sinceras. Rosita empezó a bajar la guardia. Fue
don Refugio quien advirtió una tarde, “Tenga cuidado con ese muchacho, señorita. Es buen trabajador, pero hay
algo en él. Los hombres así cuando se obsesionan no sueltan fácil. Rosita
debió escuchar. Una tarde de abril, Hipólito se detuvo con seriedad nueva.
Señorita Rosita, yo la quiero. La quiero de una forma que no sé explicar. Desde
que la vi en el aguaje no he podido pensar en otra cosa. Usted es lo más
hermoso que he visto en mi vida. Rosita buscó palabras que no herirían, pero que
dejarían claro lo inevitable. Hipólito, usted es hombre bueno, pero yo no puedo
corresponderle. Mi vida es complicada, el negocio, mi madre, las deudas. No
tengo espacio para más. Algo cambió en la cara de Hipólito. Fue sutil. como
sombra que cruza el agua, pero Rosita lo vio.
Sus ojos se endurecieron antes de que la humildad volviera. Lo entiendo, señorita. Perdone si fui atrevido, pero
Rosita supo que no entendía nada, que su rechazo era el principio de otra cosa
que ya respiraba en la oscuridad. Las semanas siguientes, Hipólito seguía
apareciendo, pero algo había cambiado. Ya no era servicial, ahora era posesivo.
Preguntaba con quién viajaba, quién más la ayudaba, si había otros hombres.
Rosita empezó a sentir que su ayuda era inversión que él esperaba cobrar. Y
cuando le dijo que prefería cargar sola, Hipólito la miró con algo que ya no era
amor, era reclamo puro. Fue por esas fechas cuando Juventino Saldaña entró en
escena. Era todo lo que Hipólito no era. Hijo de hacendado, bien vestido, dinero
en los bolsillos y arrogancia de quien nunca ha pedido nada. Su padre, don
Hermenegildo, tenía tierras entre Saltillo y general Cepeda. Juventino vio
a Rosita en el mercado una mañana de mayo vendiendo harina bajo los portales.
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