Bienvenido a Cuentos del Tiempo, donde las historias no se escuchan, se sienten

en el pecho. Antes de empezar este viaje, dime en los comentarios desde qué

ciudad, pueblo o rancho del mundo nos estás viendo. Ponte cómodo, baja las

luces, deja el celular en silencio y entra en modo leyenda, porque aquí vas a

escuchar relatos que huelen a polvo del desierto, a fogata vieja, a secretos de

familia y a justicia del destino. Y antes de que empiece la próxima historia

que te va a atrapar en los primeros 30 segundos, suscríbete a Cuentos del

Tiempo y prende la campanita, compa, para que ningún cuento del norte, del

pasado o del presente se te escape jamás. La primera voz que se oyó aquella

madrugada no fue un disparo ni un grito de guerra, fue un ruego ahogado. Por

favor, mi general, no me mate así. Tengo hijos, tengo esposa, se lo suplico en

nombre de Cristo. El hombre que lloraba no era un peón cualquiera. Era don

Ismael Castañeda, el asendado más temido de San Buenaventura, desnudo, atado al

mesquite más viejo del patio, con la piel herizada de frío y vergüenza,

mientras la luna le alumbraba cada cicatriz. Frente a él, Rodolfo Fierro

afilaba un machete corto, pesado, pasándolo una y otra vez por la piedra,

como si tuviera todo el tiempo del mundo. No dijo su nombre, no levantó la

voz, solo murmuró, “El negro al que hiciste sangrar en el mercado también

tenía hijos y una mujer que tose sangre desde hace meses. Pero a él no le diste

oportunidad de suplicarte, ¿verdad? Los ocho villistas alrededor no se movieron.

Nadie se atrevía a respirar fuerte. Hasta los perros se encogieron bajo los

corredores, oliendo algo peor que la muerte. Esa noche no había corridos, ni

tequila, ni carcajadas de cantina. solo el crujido de la soga en las muñecas del

ascendado y el sonido lento, casi cariñoso, del filo preparándose, porque

lo que iba a pasar bajo ese mezquite no se escribió en ningún libro de historia.

Se susurra todavía en voz baja cuando se apaga la última fogata en los ranchos

del norte. Y todo empezó con un hombre afromexicano llamado Elías Moreno, una

cabra flaca y una humillación pública que no debió ocurrir jamás. La pregunta

es, ¿qué tuvo que hacer ese ascendado para que Rodolfo Fierro bajara de la

sierra dispuesto a castrarlo con sus propias manos? Si te atreves a

escucharla completa, ya no dormirás igual esta noche. El sol todavía no

había terminado de salir cuando el mercado de San Buenaventura ya parecía

hervir sobre su polvo. No era un lugar de abundancia, sino un cuadro de

miseria. Mantas rotas en el suelo, puestos armados con tablas viejas,

sombras flacas moviéndose despacio entre nubes de tierra. El aire cargaba olor a

sudor, maíz rancio, estiércol entre todo ese barullo apagado. Una cabra huesuda

de pelo amarillento y mirada cansada. Era el centro de la preocupación de un

solo hombre. Elías Moreno sujetaba la cuerda con una mano agrietada, dedos

deformados por años de machete y pala. Su piel oscura brillaba de sudor, aunque

el día apenas comenzaba. tenía la camisa de manta pegada al cuerpo, manchada en

el pecho por gotas que no eran solamente de calor. El ojo izquierdo mostraba una

venita reventada que delataba noche sin sueño y rabia tragada en silencio. Elías

miraba a su alrededor como quien sabe que cualquier descuido puede costarle

más de lo que tiene. Sus pies descalzos sentían cada piedra, cada espina

escondida bajo el polvo. A pocos metros, bajo la sombra triste de un jacal

improvisado con costales, lucía tosía hacia un pañuelo que ya no podía ocultar

el rojo oscuro de la sangre. Cada ataque la doblaba a la mitad, como si el pecho

quisiera salírsele por la boca. Sus ojos hundidos buscaban a Elías con una mezcla

de esperanza y vergüenza, como si le pidiera perdón por seguir viva. Al lado

de ella, sentados en el suelo, tres niños delgados jugaban sin ganas con una

piedra y un hilo. Tenían las barrigas hinchadas, piel estirada sobre huesos

que parecían demasiado largos para cuerpos pequeños. El mayor miraba de reojo la cabra como si supiera que en

esos huesos marcados iba la última oportunidad de comer algo decente ese

mes. El más chico chupaba un pedazo de trapo, no por hambre exactamente, sino

para engañar el vacío del estómago que hacía ruido cuando todo lo demás se callaba. El mercado no tenía alegría,

solo ruido obligado. Mujeres cansadas regateaban por puñados de frijol viejo.

Hombres encorbados cargaban costales que olían a humedad. Las moscas formaban

pequeñas nubes sobre frutas pasadas, sobre pescado que ya empezaba a oler

mal, sobre los labios resecos de ancianos que miraban sin ver. Cada voz

sonaba gastada, como si las palabras hubieran perdido fuerza después de años

repitiendo las mismas quejas, los mismos precios, las mismas promesas de la

próxima cosecha será mejor. Elías apretó la cuerda de la cabra. Sentía las

costillas del animal marcarse contra la piel fina. Aquella bestia flaca era todo

lo que quedaba de una vida de trabajo. La había criado desde chivita, dándole

restos de maíz del molino, cuidándola de los coyotes, tapándola con costales

durante fríos duros. Ahora estaba ahí frente a compradores que ni siquiera se

dignaban a mirarla más de dos veces, como si ya supieran que valía que una

botella de mezcal corriente. Hoy la vendo, cueste lo que cueste. Se repetía

por dentro mientras tragaba el sabor a metal que le subía a la boca cuando

pensaba en la tos de Lucía. No pensaba en comida, ni en ropa, ni en zapatos.