El machete cortaba la vegetación densa mientras yo avanzaba por la selva amazónica. Tres semanas, tres malditas

semanas habían pasado desde que la tormenta nos separó. Desde entonces he

estado solo, solo con lo poco que logré rescatar. una brújula rota, mi machete y

una bolsa de suministros que se vacía más rápido de lo que quisiera admitir. El sudor me bajaba por la frente, el

calor del mediodía era sofocante y el ruido constante de la selva, insectos,

aves exóticas, algún rugido lejano ya se había convertido en mi única compañía.

Pero hoy, hoy había algo distinto, un silencio raro, pesado, se apoderaba del

lugar. como si la selva entera estuviera conteniendo la respiración. Me detuve en

seco. Cada músculo de mi cuerpo se tensó. Años de entrenamiento militar me enseñaron a reconocer cuando algo no

encaja. Me agaché, rodilla al suelo y escuché nada, ni un zumbido, ni una hoja

moviéndose, solo un silencio antinatural. Y entonces un crujido

detrás de mí. Me giré en un instante, machete en alto, pero no había nada.

Otro sonido. Ahora a mi derecha. Me di la vuelta de nuevo. Nada, solo maleza,

pero la sensación era inconfundible. Me estaban observando. Muéstrate. Ordené

con voz firme, girando sobre mis talones, cubriendo todos los ángulos. Y

entonces lo sentí. El suelo tembló bajo mis pies. Pensé que era mi imaginación,

pero no. El temblor se hizo más fuerte. No era un terremoto, eran pasos, pasos

enormes, rítmicos. Y de pronto la vegetación frente a mí se abrió. Me

congelé. No podía creer lo que estaba viendo. Era una figura pípeda. Femenina.

Sí, femenina, claramente, pero no era humana. Su piel cubierta de escamas

verde esmeralda brillaba con la luz filtrada del dosel. Su rostro una mezcla

entre humano y reptil. Rasgos delicados pero alienígenas, ojos amarillos,

pupilas verticales, una nariz apenas insinuada y labios finos que ocultaban

sospechaba, dientes afilados como cuchillas. tenía una cresta de escamas que le recorría la cabeza hacia atrás y

en vez de cabello tenía apéndices que se movían como pequeñas serpientes. Pero lo

que más me impresionó era su armadura. Una armadura dorada tallada con detalles

exquisitos cubriendo partes estratégicas de su cuerpo. Parecía ritual, pero

también funcional. Había símbolos grabados por todas partes y joyas. Joyas

que brillaban como si tuvieran su propia luz. Levanté el machete. Sabía que no servía

de nada, pero era todo lo que tenía. Ella inclinó un poco la cabeza. Me

miraba como un científico curioso. Y entonces habló. Baja tu arma, humano

dijo, con un español perfecto. Aunque su acento era raro, como si las palabras no

salieran de una garganta humana. Si quisiera hacerte daño, ya estarías muerto. Mantuve el machete en alto.

Estaba sudando, no solo por el calor. Estaba calculando mis opciones. Correr.

Inútil. Si esa criatura me había encontrado en medio de esta selva, podía encontrarme otra vez.

Pelear tampoco era una opción. No contra eso. Solo me quedaba una cosa. Hablar,

diplomacia o lo más cercano que tuviera. ¿Quién eres? pregunté sin bajar del todo

el machete. ¿Qué eres? Ella dio un paso, un solo paso, pero se movía con una

elegancia depredadora. Cada movimiento medido, preciso. “Mi nombre es impronunciable en

tu limitado lenguaje”, respondió. Su voz era suave pero firme.

“Puedes llamarme Shala. Soy una si tray o como ustedes dirían una reina

serpiente. Reina serpiente. La frase me golpeó como un recuerdo. Las leyendas.

Durante la preparación para esta expedición leí sobre eso. Historias indígenas, seres reptilianos, ciudades

subterráneas, dioses escondidos bajo la selva. Pensé que eran solo mitos

murmuré. Y esta vez sí bajé el machete. Ella sonrió. Una sonrisa fría, pero no

hostil. y vi sus dientes blancos afilados. Los mitos, dijo, suelen ser

ecos de verdades olvidadas. Mi pueblo vivía bajo esta tierra mucho antes de que el tuyo aprendiera a usar el fuego.

Intenté procesarlo. Una civilización reptiliana, avanzada, escondida bajo la

selva amazónica. Sonaba a locura, pero ahí estaba ella, justo frente a mí,

real, viva. ¿Por qué te muestras ante mí ahora? Solté, aún

desconfiando. Shala avanzó otro paso. Ya estaba lo bastante cerca como para olerla. Y sí, tenía un aroma extraño,

como tierra mojada tras la lluvia, mezclado con algo exótico. No sabía qué

era, pero era embriagador. Te he estado observando, Marcus Web. dijo. Usó mi nombre

completo. Yo nunca se lo dije. Un escalofrío me recorrió la columna. Desde

que te separaste de tu grupo. Continuó. He visto cómo sobrevives, cómo te

adaptas. Tienes cualidades interesantes. ¿Cómo sabes mi nombre? Pregunté más

helado que antes. Sé muchas cosas sobre ti, respondió con calma. Sé que eres un

ex soldado, ahora biólogo. Sé que viniste buscando plantas medicinales y sé que tienes un propósito más grande

que una simple exploración científica. Mecé. Mi verdadera misión

era clasificada. Un programa secreto buscando compuestos naturales para combatir patógenos resistentes. ¿Cómo

demonios lo sabía? Necesito que vengas conmigo dijo. Entonces, mi ciudad está a

un día de viaje bajo tierra. Allí te explicaré por qué te he elegido. Y si me niego, pregunté. Su

rostro se endureció apenas, sin amenazas, pero sin dulzura. Entonces

seguirás tu camino, pero no saldrás de esta selva. Tus provisiones se agotarán en dos días y la temporada de lluvias

está por comenzar. Sin mi ayuda morirás aquí. Me quedé en silencio. Sabía que

decía la verdad. Cada día que pasaba, mis probabilidades de sobrevivir disminuían. Podía ser una trampa. Sí,

pero también era la oportunidad de mi vida. De acuerdo. Dije, “por fin te

seguiré, pero me quedo con el machete.” Shala asintió y por un segundo parecía

satisfecha. Una decisión sabia a Marcus Web. “Sígueme y no te separes. El camino

a Cibalba no es para los débiles.” “Chibalba?”, pregunté recordando de pronto mis estudios sobre los mayas. El