En el remoto pueblo de Río Rojo, unos
pistoleros sin alma cometieron el error más grande del viejo oeste, matar al
caballo del hombre [Música] equivocado. Lo que no sabían era que ese
corsel negro era lo último que ataba Elías Mcry a este mundo y que al
enterrarlo desenterraron algo mucho peor. La furia de una temible
leyenda, el regreso del implacable Mano de Hierro, un pistolero al que ni
siquiera la muerte quiso cargar. Hoy te cuento como la bala que derribó a un caballo desató una tormenta que barrió
con todo a su paso. Antes de continuar, si esta historia te sacude el alma,

suscríbete y dime desde qué rincón del mundo nos estás escuchando, porque la
próxima historia está bien recargada.
[Música]
El pueblo de Río Rojo seguía igual que cuando Elías Macrae lo dejó 10 años atrás. Las mismas calles cubiertas de
polvo, el mismo pórtico torcido del salón, el viejo molino de viento chirriando al borde del pueblo como el
suspiro de un moribundo. Nunca pensó en volver. Al menos no en serio. Pero el pasado
tiene esa manera retorcida de tirar de los hilos justo cuando uno cree haberlo dejado atrás. Elías
desmontó. El sonido de sus botas golpeando la tierra fue seco. Definitivo. A su lado, su corsel, negro
como la obsidiana, resopló con suavidad. Se llamaba sable. No era solo
un caballo, era su sombra, su hermano de sangre. Lo había acompañado durante años de
fuego, silencio y cicatrices. Y en ese mundo torcido era lo único que Elías aún podía considerar
suyo. Apenas llegaron al viejo terreno de los Macrae, una franja de tierra abandonada a una milla del pueblo, Elías
sintió que algo no iba bien. El polvo en el aire, el temblor sutil del
suelo, cinco jinetes, tal vez seis. atravesaban sus tierras como si fueran
suyas. Problemas. Elías podía olerlos antes de verlos porque había aprendido que el
peligro cuando es real no necesita anunciarse. Guardó a Sable en el
establo. Entró en la cabaña, ahora medio derrumbada por el tiempo. Ya era
tarde. Los jinetes llegaron al caer el sol. Elías estaba afuera recogiendo leña
cuando una bala le silvó junto al oído y se incrustó en el roble detrás de él. Se lanzó al suelo rodando con instinto puro
hacia el pozo. El revólver ya estaba en su mano antes de pensar. No le decían mano de hierro por
nada. Disparó una vez, luego otra. Después, silencio, un silencio extraño,
demasiado limpio. Se levantó con cautela, escudriñando la línea de
árboles y entonces lo escuchó. Un grito que no era
humano. Era un relincho seco partido por el dolor. Así es. Era su incondicional
amigo de cuatro patas, el poderoso semental llamado Sable. Elías corrió. El corazón rugiendo
dentro del pecho porque ya sabía lo que iba a encontrar y no se
equivocó. Sable yacía junto al corral. Las patas aún se agitaban. La sangre ya
formaba un charco oscuro. Un disparo le había atravesado el pecho. Otro más
certero, directo entre los ojos. Limpio, frío, como si fuera un
aviso. Elías cayó de rodillas. La mano le temblaba al tocar el hocico
del animal. El calor se iba rápido. “Lo siento chico”, murmuró. “No
merecías esto.” Los tiros habían sido una distracción. No venían por
Elías. Vinieron por lo único que lo anclaba a esta tierra, lo único que aún
le quedaba del alma. y lo habían conseguido. Cuando el sol despuntó sobre
las colinas, Sable ya descansaba enterrado detrás de la cabaña bajo una lápida improvisada que Elías talló con
sus propias manos. No lloró. Las lágrimas se le habían secado hacía años
cuando perdió a su esposa y a su hijo en un incendio que nunca provocó, pero que sí lo dejó marcado para siempre.
Lo que sintió ahora no era tristeza, era algo más frío, más
filoso propósito. Esa mañana Elías caminó hacia el pueblo a pie. Su silueta envuelta en
el largo abrigo polvoriento, la mirada endurecida como el acero. Al llegar
empujó la puerta de la oficina del ser y fi sin una palabra colocó una única bala sobre el escritorio.
¿Estás escuchando? Ok radio, narraciones que transportan.
¿Esto le pertenece a alguno de tus hombres? Preguntó con voz seca, como madera partida.
El Sherf Brandy lo miró, miró la bala y luego lo miró de
nuevo. Se veía más viejo de lo que Elías recordaba, más encorbado, más
blando. No, Elías, dijo finalmente. Créeme que recordaría haber
mandado un mensaje así. Entonces, tal vez recuerdes quién sí lo haría.
Branley suspiró, se quitó el sombrero y bajó la mirada como si el suelo fuera a darle respuestas que él no podía dar en
voz alta. “Hay una banda”, confesó al fin. Se hacen llamar los buitres huecos.
Llegaron hace unos 6 meses. Empezaron despacio, adueñándose del salón, los
establos, los negocios, todo menos la iglesia. No porque le teman a Dios, sino porque
ahí no hay dinero. Elías guardó la bala con calma. ¿Dónde estás
unido? Branley dudó. Tragó saliva. ¿Estás seguro de que
quieres? No te estoy pidiendo permiso. El silencio se volvió denso,
como antes de una tormenta. Finalmente, el serif señaló hacia el
este. Mina de plata abandonada. A mediodía de camino. No esperan que
nadie vaya a buscarlos. Elías se giró listo para marcharse. Te van a matar, dijo Branley
en voz baja. Elías se detuvo en el umbral sin mirar atrás. Ya lo
hicieron. Y con esas palabras, mano de hierro Macrae volvió a caminar entre las sombras del pueblo. Todos lo vieron
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