
Los viejos de Jiménez, Chihuahua, todavía cuentan la historia de cuando un cabrón se atrevió a levantarle la mano a
la madre de Dios y cómo todo el desierto tembló de rabia aquel día de octubre de
Hay pecados que ni la tierra perdona y
hay blasfemias que ni el sol más chingón puede secar del suelo. Lo que pasó en
ese pueblito olvidado en medio del chaparral fue de esas cosas que marcan
el alma de la raza para siempre, que hacen que hasta los hombres más valientes bajen la cabeza y se santigüen
no más de acordarse. Jiménez era uno de esos ranchos que Dios parecía haber
olvidado de bendecir con lluvia. La tierra rajada se extendía hasta donde
alcanzaba la vista y las casas de adobe se amontonaban alrededor de la iglesia
como pollitos alrededor de la gallina. La iglesia de Nuestra Señora del Refugio
era el único edificio de mampostería del pueblo, sus paredes encaladas reluciendo
bajo el sol que caía como hierro al rojo vivo sobre el desierto. Dentro de ella,
sobre el altar principal, estaba la imagen de la Santa Patrona, una
escultura de madera tallada hacía más de 100 años por un artesano, con ojos de
vidrio que parecían llorar de adeveras cuando la luz de las velas les pegaba de
cierto modo. La gente de Jiménez era raza simple, pero gente de fe. Todos los
domingos la iglesia se llenaba. Hombres de un lado, mujeres del otro, como
mandaba la tradición. Las beatas rezaban el rosario toda la tarde y cuando la
campana tocaba el ángelus, hasta los hombres más brutos paraban lo que
estaban haciendo para echarse una oración rapidita. Nuestra Señora del Refugio era más que una santa para esa
gente. Era madre, era consuelo, era lo único que quedaba cuando la sequía
mataba las siembras. Y el ganado moría de sedos resecos. Pero había un cabrón en Jiménez
que no respetaba nada ni a nadie. Emiliano Rangel era su nombre, un matón
grandote y brutote que trabajaba para don Remigio Montes, dueño de la mitad de
las tierras alrededor del pueblo. Rangel tenía cara de pocos amigos, la nariz
rota de tanta pelea y una cicatriz que le cruzaba la cara desde el ojo izquierdo hasta la barbilla. Decían que
había matado a 12 hombres, pero nadie sabía a ciencia cierta porque nadie tenía el valor de preguntar. andaba
siempre con un rifle cruzado en la espalda y un facón de mango de cuerno
amarrado a la cintura, cuando pasaba por las calles, la gente desviaba la mirada
y se hacía como que no lo veía. El problema de Emiliano Rangel no era la
violencia, era la pura maldad, esa hazaña gratuita que algunas personas
cargan dentro del pecho como si fuera un animal queriendo salir. Le gustaba
humillar a los demás, hacer que la raza pasara vergüenza no más para sentirse
importante. robaba las gallinas de las viudas, les pegaba a los viejos que no
se quitaban el sombrero cuando él pasaba y tenía un modo de ver a las muchachas
que hacía que las madres encerraran a sus hijas en casa cuando lo veían acercarse. Pero lo que Rangel hizo en
aquel octubre de 1916 fue una cosa que rebasó todos los
límites. Fue un viernes, día en que la gente se estaba preparando para la
fiesta de Nuestra Señora del Refugio que iba a ser el domingo.
El padre Anselmo, un viejito de 80 años que apenas podía subir los escalones del
altar, estaba en la iglesia acomodando las flores que las beatas habían traído desde la mañanita. Flores del desierto,
esas rositas que se aferraban a nacer, aún con la sequía, adornaban el altar en
jarrones de barro. Emiliano Rangel entró a la iglesia tambaleándose, apestando a
tequila desde tres leguas de distancia. El sol de la tarde entraba por las
ventanas estrechas y dibujaba rayas de luz en el suelo de ladrillo apisonado.
El padre Anselmo levantó los ojos y vio al matón acercarse. Pero antes de que
pudiera decir algo, Rangel escupió en el suelo, justo en medio de la nave de la
iglesia. El viejo padre sintió que el corazón se le oprimía en el pecho. Mi
hijo, por favor, este es un lugar sagrado. Si quiere hablar conmigo, podemos platicar allá afuera. Rangel
soltó una risa ronca. Lugar sagrado. ¿Qué onda con eso, viejo? Esto de aquí
es no más un montón de piedras y madera vieja. Y esa santa de ahí
apuntó al altar con el dedo sucio de tierra. Esa santa de ahí no es más que un pedazo de palo tallado. No vale nada.
Órale, compa. Si te está gustando esta historia del mero general Villa,
suscríbete para que no te pierdas lo que viene. Esto apenas empieza y se va a poner bien chingón. El padre Anselmo
sintió que las piernas le flaqueaban. Había visto muchas cosas en esos 80 años
de vida, pero nunca, nunca había oído a nadie hablar de esa forma dentro de la
casa de Dios. Mi hijo, por el amor de Dios, no diga esas cosas. La señora
patrona, la señora patrona no es nada. Rangel gritó y su voz hizo eco por las
paredes de la iglesia como un trueno. Ustedes se la pasan ahí rezando, pidiendo, arrodillándose. ¿Y qué hace
esa santa por ustedes? ¿Dónde está la lluvia? ¿Dónde está la abundancia? Pura
mentira, viejo, pura engañifa. El matón subió los escalones del altar
tambaleándose, tirando los jarrones de flores en el camino. Las flores del
desierto se esparcieron por el suelo, pétalos rosados mezclados con pedazos de
barro. El padre Anselmo intentó subir tras él, pero las piernas viejas no le
obedecían. No, mi hijo, no haga eso por el amor de Dios. Pero Emiliano Rangel ya
había alcanzado la imagen de Nuestra Señora del Refugio. Agarró a la santa por los brazos y la arrancó del nicho
con tanta fuerza que la madera del altar se rajó. La imagen tenía casi 1 metro de
altura, pesada, pero el matón la sostuvo como si fuera una muñeca de trapo.
¿Ustedes creen que este palo viejo tiene poder? Él balanceaba la imagen de un
lado a otro. Les voy a enseñar lo que vale esta santa. Y entonces, delante de los ojos
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