su hija mayor, la que él había criado, la que llevó al altar, la que juró que

siempre estaría ahí, acababa de confirmar lo que temía. Ni ella ni su

hermano Marcos vendrían a la cena de Nochebuena. Era 23 de diciembre. La

nevada más brutal en décadas azotaba a Barcelona y ellos a sus 74 años

quedarían solos. Claudia, por favor, suplicó Vicente, su voz quebrándose. Es

solo una noche. Tu madre ha estado cocinando desde hace tres días.

Papá, tengo compromisos. La familia de Roberto también existe, ¿sabes? No todo

gira alrededor de vosotros. Clic. La llamada terminó. Vicente dejó caer el

teléfono sobre la mesa de la cocina. Detrás de él, Aurora, su esposa de 50

años, permanecía inmóvil junto al horno, con las manos aún eninadas, de preparar

los tradicionales turrones caseros. Sus ojos azules, antes tan brillantes, ahora

solo reflejaban una tristeza infinita. Tampoco vienen, preguntó Aurora, aunque

ya conocía la respuesta. Vicente negó con la cabeza. No confiaba en su voz

para responder. Afuera, la nieve caía sin piedad. El telediario había

advertido, “Tormenta histórica, nivel de alerta roja, permanezcan en sus

hogares.” Pero Vicente y Aurora no habían prestado atención. Habían estado

demasiado ocupados preparando la cena perfecta. decorando el pequeño árbol con las

mismas esferas que sus hijos habían colgado cuando eran niños, envolviendo

regalos que probablemente nadie abriría. “Los llamé hace dos semanas”, murmuró

Aurora limpiándose las lágrimas con el delantal. “Dos semanas, Vicente,

confirmaron que vendrían. Claudia me dijo que traería a los nietos, que sería

una Navidad especial. Lo sé, cariño, lo sé. Pero Aurora no

había terminado. Algo se rompió dentro de ella. 50 años de matrimonio le habían

enseñado a leer a su esposo y lo que vio en sus ojos la destrozó. Resignación.

Como si ya hubiera aceptado que sus hijos los habían abandonado. No, no voy

a permitirlo. Aurora se quitó el delantal de un tirón. Voy a ir a buscarlos. Iré a casa de

Claudia. Y Aurora, hay una ventisca ahí fuera. Los meteorólogos dijeron que me

importa un bledo lo que dijeron. Son nuestros hijos. Vicente intentó detenerla, pero Aurora

ya había agarrado su abrigo del perchero. La determinación en su rostro

era la misma que él había visto décadas atrás, cuando ella insistió en adoptar a

un perro callejero pese a que él se oponía o cuando vendió sus joyas para

pagar la Universidad de Marcos. Aurora era testaruda, siempre lo fue. Entonces

voy contigo dijo Vicente resignado. Salieron al infierno blanco a las 7 de

la tarde. La temperatura había caído a -10 gr. El viento ahullaba entre los

edificios del barrio de Gracia como un animal herido. La nieve ya cubría medio

metro las aceras y seguía cayendo. Su viejo Seat del 98 apenas arrancó.

Vicente conducía con los nudillos blancos sobre el volante. La visibilidad

era prácticamente nula. Aurora, a su lado, marcaba una y otra vez el número

de Claudia. Ninguna respuesta. Debe estar cenando ya con la familia de Roberto”, murmuró Aurora con amargura.

Llevaban 20 minutos en la carretera cuando sucedió. Un camión perdió el

control en la rotonda de la travesera de Gracia. Vicente giró el volante bruscamente para evitarlo. El Seat

patinó, dio una vuelta completa y se estrelló contra una barrera de contención.

El impacto no fue violento, pero suficiente. El motor tosió dos veces y

murió. El silencio que siguió fue ensordecedor. ¿Estás bien? Jadeó Vicente

revisando a Aurora. Sí, creo que sí. Vicente intentó encender el coche. Nada.

Probó otra vez. Nada. Una tercera vez. El motor ni siquiera tosió.

Masculló. Sacó su móvil sin señal. La tormenta había derribado las antenas.

Aurora comprobó el suyo. Igual estaban atrapados. La realidad cayó sobre ellos

como la nieve, sobre el parabrisas. Estaban en medio de una ventisca histórica, sin calefacción, sin

comunicación, en un coche averiado. Y nadie sabía dónde estaban.

Vicente. La voz de Aurora temblaba ahora, no de ira, sino de miedo. ¿Qué

vamos a hacer? Él quiso responder con confianza, pero las palabras no

llegaron. A través de la ventanilla vio como la nieve comenzaba a acumularse

contra las puertas del coche. Si no hacían algo pronto, quedarían enterrados.

Tenemos que salir”, dijo finalmente buscar refugio.

Salir, Vicente. Moriremos ahí fuera o moriremos aquí dentro. Aurora lo miró a

los ojos. Vio la verdad. Asintió. Salieron al vendabal. El frío les golpeó

como puñetazos. Aurora gritó, pero el viento se tragó su voz. Vicente la tomó

de la mano. Esa mano que había sostenido en el altar, en el nacimiento de sus

hijos, en los funerales de sus padres, y comenzaron a caminar. No sabían hacia

dónde, solo caminaban. Los minutos se convirtieron en eternidad. Vicente ya no

sentía los pies. Aurora temblaba incontrolablemente contra él. Las luces

de la ciudad habían desaparecido, devoradas por el manto blanco. Estaban

perdidos en su propia ciudad. “No puedo más”, murmuró Aurora. Sus labios estaban

azules. Solo un poco más, amor. Solo fue

entonces cuando Vicente la vio. Una pequeña estructura apenas visible entre

la nieve. Una parada de autobús abandonada. No era mucho, pero era algo.