Para entender por qué Francisco Villa se convirtió en el demonio sanguinario que

cabalgó hacia el sur en busca de venganza, primero tienes que saber quién [ __ ] era Petra Herrera. Y te lo voy a

decir clarito, compadre. Petra no era una soldadera común. No era de esas

mujeres que seguían al ejército cocinando frijoles y curando heridas.

No, Petra Herrera era una guerrera de verdad, una comandante, una estratega

militar que hacía que generales federales con 20 años de academia se

cagaran en los pantalones cuando escuchaban su nombre. Nació en 1887

en un rancho olvidado de Chihuahua, tan pobre que hasta las piedras tenían

hambre. Desde niña aprendió a montar a caballo mejor que la mayoría de los

hombres, a disparar con rifle de su padre cuando los coyotes amenazaban el

ganado flaco que tenían, a sobrevivir en el desierto con nada más que ingenio y

voluntad de hierro. Cuando estalló la revolución en 1910, Petra tenía 23 años

y un fuego en el pecho que no se podía apagar con nada. Vio como los federales

quemaban ranchos, cómo violaban mujeres, cómo mataban hombres por diversión. Vio

a su propio padre ser fusilado por un capitán federal borracho que quería sus

tierras, las pocas hectáreas secas que la familia había trabajado durante

generaciones. Y ahí fue donde Petra tomó la decisión que cambiaría su vida para

siempre. Se cortó el pelo bien corto, se vendó el pecho con trapos hasta quedar

plana como tabla, se puso ropa de hombre y se enlistó en las fuerzas

revolucionarias con el nombre de Pedro Herrera. Nadie sospechó. En medio del

caos de la guerra, con miles de hombres uniéndose cada semana, un chamaco flaco más no llamaba la atención. Pero Petra

no era un soldado más. En su primera batalla cerca de Casas Grandes, mientras

otros reclutas temblaban detrás de las rocas, Petra avanzó bajo fuego enemigo,

rescató a tres compañeros heridos y mató a cuatro federales con tiros tan

precisos que el capitán a cargo pensó que tenía a un tirador profesional en

sus filas. En la toma de Ciudad Juárez, Petra lideró una carga nocturna contra

las trincheras federales que parecía suicida, pero funcionó. Tomó la posición

con solo 12 hombres, capturó dos ametralladoras y abrió el flanco que

permitió que las fuerzas revolucionarias entraran a la ciudad.

Los corridos empezaron a hablar de Pedro Herrera, el chamaco que peleaba como

demonio. Los dorados de Villa comenzaron a fijarse en ese soldado delgado que nunca

se quitaba la camisa, que me escondido detrás de los matorrales, pero que disparaba como si tuviera pacto con el

[ __ ] Y entonces llegó el día que cambió todo. Fue en 1913 durante una

batalla brutal cerca de Torreón. Las fuerzas villistas estaban rodeadas,

superadas en número tres a un. Los federales tenían artillería pesada y los

estaban destrozando. Villa mismo estaba herido en el hombro, sangrando como

puerco en rastro, dando órdenes entre gritos de dolor. Petra vio que si

alguien no hacía algo rápido, el centauro del norte iba a morir ahí mismo y con él toda la esperanza de la

revolución en el norte. Así que hizo lo imposible. reunió a 20 hombres, los más

locos y valientes que encontró, y organizó un ataque por el flanco donde nadie esperaba, por un barranco tan

empinado que los federales ni siquiera lo vigilaban porque pensaban que era imposible escalar con armas y

municiones. Pero Petra lo hizo. Escaló ese barranco del infierno cargando su

mauser y dos cinturones de balas. llegó arriba con las manos sangrando, las

botas destrozadas, pero con fuego en los ojos. Y desde esa posición elevada, ella

y sus 20 suicidas comenzaron a disparar hacia abajo sobre las tropas federales,

creando el caos suficiente para que Villa y el resto pudieran retirarse a

posiciones seguras. Villa sobrevivió ese día porque Petra

arriesgó todo. Cuando finalmente llegaron de regreso al campamento, Villa

mandó llamar a Pedro Herrera a su tienda. Quería agradecerle personalmente

al chamaco que le había salvado la vida. Y ahí fue cuando Villa descubrió la

verdad. Petra estaba tan herida, tan exhausta, que cuando entró a la tienda del general se desmayó. Villa la atrapó

antes de que cayera al suelo y al hacerlo sintió algo raro. Le abrió la

camisa ensangrentada para revisar las heridas y encontró las vendas apretadas

alrededor del pecho. Los ojos de Villa se abrieron como platos. “Eres mujer”,

dijo en voz baja, “tan baja que casi parecía susurro”. Petra abrió los ojos

medio consciente y asintió. Esperaba ser expulsada. Esperaba ser rechazada como

tantas otras mujeres que habían intentado pelear y fueron mandadas de regreso a las cocinas, pero Villa no era

como otros generales. “¿Cómo te llamas de verdad?”, preguntó

Petra. Petra Herrera, mi general. Villa la miró fijo durante largo rato.

Afuera de la tienda, los dorados esperaban ansiosos. Dentro el silencio

pesaba como plomo derretido. Finalmente Villa habló. Petra Herrera, me salvaste

la vida hoy. Peleaste mejor que la mitad de mis oficiales y lo hiciste con el doble de huevos que todos ellos juntos.

Porque lo hiciste sabiendo que si te descubrían podías ser fusilada.

hizo una pausa, encendió un cigarro y exhaló el humo lentamente.

Desde hoy continuó, ya no eres Pedro, eres Petra y no te escondes más. Vas a

pelear con tu nombre verdadero, con tu cara descubierta y quien tenga problema

con eso va a tener que vérselas conmigo. ¿Entendido? Petra sintió lágrimas