Hay momentos en la vida de un hombre cuando lo único que quiere es desaparecer, cuando el ruido del mundo

se vuelve insoportable, cuando las balas ya no asustan porque la muerte parece un descanso, cuando los gritos de guerra se

mezclan con los gritos de los muertos que persiguen en las noches sin luna, Panchovilla había llegado a ese momento.

Era 1919. La revolución se había convertido en una

carnicería sin sentido. Los ideales de justicia y tierra para el pueblo se

habían podrido como cadáver bajo el sol de Chihuahua. Los mismos revolucionarios

por los que había peleado ahora lo perseguían. Los federales querían su cabeza. Carranza había puesto precio a

su vida 50,000es de oro por Francisco Villa. Vivo o muerto, mejor muerto.

Villa tenía 41 años, pero parecía de 60. Las canas le habían invadido el bigote,

las arrugas se le marcaban profundas alrededor de los ojos, de tanto

entrecerrarlos bajo el sol del desierto. Las manos le temblaban por las noches,

no de miedo, sino de puro agotamiento, de tanto matar, de tanto ver morir a sus

hombres, a sus amigos, a gente confiaba en él y que ahora descansaba en fosas

anónimas por todo el norte de México. Los dorados, su ejército invencible, se

habían dispersado, algunos muertos, otros escondidos, otros vendidos al

gobierno por un puñado de monedas y la promesa de no ser fusilados. Rodolfo

Fierro, su mano derecha, el carnicero de Villa, había muerto ahogado en arenas

movedizas dos años atrás. Villa todavía recordaba cómo le llegó la noticia, cómo

sintió que perdía un pedazo de sí mismo, porque Fierro era brutal, sanguinario,

despiadado, pero era leal. Y la lealtad en tiempos de traición vale más que todo

el oro del mundo. Ahora villa cabalgaba solo por los caminos polvorientos de Durango. Había dejado Chihuahua porque

cada piedra, cada árbol, cada pueblo le recordaba batallas, victorias que ya no

significaban nada, derrotas que pesaban como plomo en el alma. Llevaba tres días

sin comer bien, solo tortillas secas y agua turbia de charcos que compartía con

su caballo. Un alazán viejo que también parecía cansado de la vida, que caminaba

con la cabeza baja, como si entendiera que su jinete había perdido el fuego que

alguna vez lo hizo invencible. Vill no llevaba uniforme, no llevaba las cananas

cruzadas en el pecho, no llevaba el sombrero grande que lo hacía reconocible

a kilómetros de distancia. Llevaba ropa de campesino, camisa de manta sucia,

pantalones remendados, guaraches viejos, un sombrero de palma dechado que había

robado de un espantapájaros tres días atrás. Solo llevaba su pistola, la Colt

45, que nunca lo abandonaba, escondida bajo la camisa, y un cuchillo de monte

en la bota, nada más, ni dinero, ni comida, ni esperanza. El sol de agosto

pegaba como martillo de herrero, el tipo de calor que hace temblar el aire, que

seca la saliva en la boca, que convierte la piel en cuero viejo. Villa había

pasado por dos pueblos pequeños, pero no se atrevió a entrar. En el primero vio a

tres federales tomando cerveza en la cantina y tuvo que dar la vuelta cabalgando despacio para no levantar

sospechas. En el segundo reconoció a un antiguo enemigo, un terrateniente al que

le había quemado la hacienda 5 años atrás y supo que si lo veían, lo

entregarían antes de que pudiera pestañear. Así que siguió de largo buscando un lugar donde nadie lo

conociera, un lugar donde pudiera simplemente desaparecer, morir en paz

como animal viejo, que se aleja de la manada para exhalar su último aliento

bajo un árbol solitario. Fue al atardecer del tercer día cuando vio la

casa. Estaba a un lado del camino, alejada unos 200 m, medio escondida

detrás de un cerco de nopales gigantes y mequites retorcidos. Era pequeña de

adobe, con techo de vigas carcomidas y tejas rotas, las paredes agrietadas, la

puerta colgando de un solo gozne, las ventanas sin cristales, solo huecos

negros como cuencas vacías de calavera. Estaba abandonada, eso era obvio. Nadie

había vivido ahí en años, tal vez décadas. Villa detuvo el caballo y se

quedó mirando la casita. Había algo en ella que le habló, algo que le dijo, “Aquí, aquí puedes quedarte. Aquí nadie

te va a buscar. Aquí puedes descansar.” Se acercó despacio. El caballo resopló

nervioso, como siera algo que Villa no podía ver. “Fácil, muchacho.” Villa le

palmeó el cuello. “Es solo una casa vieja, nada más.” Desmontó con cuidado

porque las rodillas le dolían. Años de cabalgar, de dormir en el suelo, de caídas y golpes habían cobrado su

precio. Amarró al caballo a un mezquite donde había un poco de pasto seco y se

acercó a la casa caminando despacio, la mano derecha cerca de la pistola por

puro instinto, aunque no esperaba encontrar peligro. La puerta estaba medio abierta, empujó con el pie y

entró. El interior olía abandono, a polvo viejo, a tiempo detenido. Había

una sola habitación grande, el piso de tierra apisonada. En una esquina los

restos de lo que alguna vez fue un fogón. En otra esquina una mesa rota con

dos patas. Contra la pared un catre sin colchón. Solo los resortes oxidad. Las

paredes tenían manchas de humedad, telarañas en todas las esquinas. Y en el

techo se veía el cielo a través de varios agujeros donde faltaban las tejas, pero era un techo y cuatro

paredes, y eso era más de lo que Villa había tenido en meses. Se dejó caer contra la pared y se sentó en el suelo.

El cansancio le cayó encima como bulto de piedras. Cerró los ojos y por primera

vez en semanas sintió algo parecido a la paz. Aquí puedo quedarme, pensó. Aquí

puedo esperar a que la muerte venga por mí, porque Villa sabía que la muerte lo buscaba, la había visto en sueños. Una

figura oscura montada en caballo negro que lo seguía a distancia, pero que cada día se acercaba más. ya no tenía miedo.

Después de todo lo que había visto, todo lo que había hecho, la muerte era casi

una vieja amiga. Se quedó dormido ahí sentado, con la espalda contra la pared