AH

Ah.
Ah.

Desde las grietas salían serpientes.
Por la noche, ratas.

Cuando apareció la luz por primera vez, vi los cuernos.

Pero antes de eso, solo existía la piedra.

Encadenado a una columna en lo profundo de la cueva, aprendí que el tiempo no avanza. Se queda. Te observa. Y muerde cuando bajas la guardia. Al principio grité hasta desgarrarme la voz. Después supliqué —no a los dioses, sino a la roca—. Al final, respiraba apenas lo justo para no morir.

Cada amanecer era una victoria miserable. Seguir vivo allí abajo era una provocación.

Desde las grietas descendían serpientes lentas, pacientes, atraídas por el olor seco de mi sangre. Se enroscaban en la columna, subían por mis piernas, esperando el día en que ya no pudiera apartarlas. Por la noche llegaban las ratas ciegas. Mordían donde la piel estaba más blanda. No para matarme. Para comprobar si aún luchaba.

Había sido rey. No nacido en el trono, elevado a él. Creí que gobernar sin crueldad bastaba. Fue precisamente eso lo que mi tío jamás perdonó.

El traidor no venía a caballo. Venía sobre su monstruo.

Antes de verlo, lo sentía. El suelo vibraba con un pulso lento, antinatural. El gigante emergía de la oscuridad arrastrando arena y piedra. Sobre su espalda cargaba una estructura de metal y madera oscura ajustada como un exoesqueleto ritual.

Un trono móvil.

Un altar.

Allí arriba iba mi tío, reclinado bajo telas bordadas que jamás tocaban el suelo. Bebía agua fresca con calma, como si la humedad de la cueva no pudiera alcanzarlo.

Yo bebía la humedad de la piedra.

El gigante apartaba la losa que sellaba la entrada como quien corre una cortina. La luz entraba. Y con ella, su presencia.

Mi tío nunca descendía. Desde lo alto me observaba con su único ojo vivo. El otro era blanco, muerto, lechoso. La cicatriz que cruzaba su rostro se la hice yo. Recuerdo el sonido del acero, su grito ahogado, el instante en que creí haber ganado.

Fue el último error de mi reinado.

—Mírate —decía con voz baja—. Siempre fuiste demasiado blando para gobernar y demasiado orgulloso para morir.

A veces hablaba del reino, ahora “próspero” bajo su orden sin compasión. A veces hablaba de mi hija. Decía que seguía viva. Que obedecía. Que aprendía rápido.

Nunca pregunté cómo.

Cuando se cansaba, hacía un gesto leve. La losa volvía a cerrarse. La luz desaparecía. El aire se hacía más espeso.

Y quedaba solo otra vez.

La noche en que dejé de rezar, una serpiente me mordió el tobillo. No fue hambre. Fue porque ya no me defendí. El veneno subió lento, ardiente.

Miré la grieta por donde se filtraban estrellas y comprendí algo con absoluta claridad: si los dioses existían, estaban de acuerdo con esto.

Así que dejé de hablarles.

Hablé al suelo. A la piedra. A lo que respiraba debajo.

No pedí salvación.

Pedí recordar.

Recordar los rostros. Las voces. Las risas que me habían arrancado.

La columna crujió. La roca gimió.

Y el mundo se abrió.

Caí durante lo que pareció una eternidad.

Cuando desperté, el aire era antiguo. La cueva no era una cueva. Era un laberinto tallado a mano, generación tras generación, por quienes sabían que jamás saldrían.

Escuché respiraciones profundas.

No humanas.

Cuando la luz tocó la penumbra, vi los cuernos.

Mujeres minotauro. Altas. Anchas de hombros. Cubiertas de cicatrices que no ocultaban.

Las Taurus.

No me atacaron. Me estudiaron.

La líder se acercó. Sus cuernos estaban astillados en las puntas.

—Los libres no llegan aquí —dijo—. Los arrojados, sí.

Rompieron mis cadenas sin ceremonia. El hierro cedió con un crujido seco. Mis brazos cayeron pesados.

Me arrojaron un arma. Un trozo de hierro torcido, mal equilibrado.

La oscuridad respiró.

Algo salió de ella.

Era enorme. Carne dura, marcada por cicatrices que jamás cerraron.

No corrió. No lo necesitaba.

El primer golpe me lanzó contra la roca. El segundo quebró mis costillas. Caí de rodillas.

Ahí entendí.

Si retrocedía, moriría.

Me lancé hacia adelante.

Dejé que me agarrara. Que creyera que ya estaba vencido.

Cuando cerró sus manos sobre mí, hundí el hierro bajo su brazo, donde el músculo no protege. No apuñalé. Arranqué. Giré el metal hacia arriba, buscando algo vital sin saber qué.

Gritó, sorprendido.

Caímos juntos.

Hundí el hierro en su cuello una y otra vez hasta que dejó de oponerse.

Quedé tendido sobre su pecho inmóvil.

Seguía respirando.

Las Taurus asintieron.

—No has ganado —dijo la líder—. Has sobrevivido.

Les conté quién fui. Sin orgullo. Con cansancio.

Les hablé del trono. Del ojo muerto. De mi hija.

No pedí ayuda.

Solo dije que no podía morir mientras ella respirara bajo su sombra.

El silencio fue más pesado que la prueba.

—No lucharemos por tu corona —dijo la líder—. Lucharemos por lo que nos fue arrancado.

Acepté.

Cada paso con ellas exigía dejar algo atrás. Un recuerdo. Un nombre.

Cuando llegamos al palacio, ya no era palacio. Era una herida sellada.

El gigante cruzó la sala del trono encorvado. Empujó la losa que ocultaba la catacumba.

Dudó.

Un instante.

Las Taurus no atacaron como depredadoras. Atacaron como arquitectas derribando un muro. Golpearon rodillas, tobillos, base de la columna.

El gigante cayó.

Yo avancé.

No fue honorable.

Fue necesario.

Hundí el arma donde el cuello encuentra el hombro.

El monstruo quedó inmóvil.

La losa cayó. La catacumba respiró.

Mi tío estaba allí.

De pie.

Por primera vez, pequeño.

—Yo te hice rey —dijo—. Y yo te deshice.

No respondí.

Ya no quedaban palabras.

Mi tío murió en la oscuridad que construyó.

Encontré a mi hija viva.

La abracé con una fuerza desesperada.

Y entonces sentí el vacío.

Miré su rostro. Hermoso. Familiar.

Busqué su nombre.

No estaba.

La líder Taurus no dijo nada.

No hacía falta.

Había recuperado el reino.

Había roto las cadenas.

Estaba libre.

Y hueco.

Tomé la mano de mi hija. Sabía que la amaba. Pero no recordaba por qué.

Aprendí entonces que hay victorias que te dejan de pie.

Pero te arrancan todo aquello que hacía que valiera la pena levantarse.

Ah.

Ah.