El chorro de agua helada golpeó la piel desnuda de Catalina como mil agujas de hielo. Sus gritos desgarraron el

silencio del patio cubierto de nieve, mientras su cuerpo, de 6 meses de embarazo, temblaba violentamente bajo el

cruel castigo. Desde la ventana del segundo piso, Marcos observaba con los

brazos cruzados y una copa de whisky en la mano, indiferente a los sollozos de

su esposa. Lo que ninguno de ellos sabía era que otro par de ojos presenciaba

aquella tortura. Desde el Mercedes negro estacionado frente a la mansión, Eduardo Santa

María, el hombre más rico de Cataluña, acababa de llegar para visitar a su hija

por sorpresa y lo que vio a través de la verja de hierro forjado, heló su sangre

más que el viento invernal de Barcelona. Por favor, Marcos, el bebé, gritaba

Catalina, intentando cubrirse con sus brazos mientras el agua congelada seguía

cayendo sobre ella. Te dije que si no tenías la cena lista a tiempo, esto

sería tu castigo, respondió Marcos desde la ventana. Su voz, tan fría como el

agua que torturaba a su esposa. Deberías agradecer que solo sean 10 minutos.

Catalina había conocido a Marcos Villarreal tres años atrás en una gala benéfica. Él era el heredero de una

cadena hotelera, guapo, encantador, con el tipo de sonrisa que hacía que las

mujeres perdieran el aliento. Eduardo nunca confíó en él. Había algo en su

mirada, algo calculador que le erizaba la piel. Pero Catalina estaba enamorada

y Eduardo cometió el error que muchos padres cometen. Pensó que el amor de su

hija era suficiente razón para dar su bendición. Qué equivocado estaba. Los

primeros 6 meses de matrimonio fueron una actuación perfecta. Marcos

interpretaba al esposo devoto cuando Eduardo visitaba. Tomaba la mano de

Catalina en público, le compraba flores cada viernes, pero las paredes de

aquella casa en Pedralves guardaban secretos que ninguna flor podía perfumar. Todo comenzó con comentarios

sutiles. Ese vestido te hace ver gorda. Mi madre

cocina mejor que tú. Para esto dejé mi vida de soltero.

Catalina intentaba complacerlo pensando que si era mejor esposa, si era más

delgada, si cocinaba mejor, él volvería a ser el hombre del que se enamoró. Pero

ese hombre nunca existió. Era solo una máscara que Marcos usaba para atrapar lo

que realmente quería, el apellido Santa María y la conexión con el imperio de

Eduardo. Cuando Catalina quedó embarazada, creyó que sería un nuevo

comienzo. Se equivocó. El embarazo solo desató la verdadera bestia que habitaba

dentro de Marcos. “Estás arruinando mi vida”, le gritó una noche cuando ella

vomitaba por las náuseas. tutinas. Mírate, eres un desastre. No puedes ni

mantener la comida dentro. Los insultos se convirtieron en empujones.

Los empujones en bofetadas. Las bofetadas en esta pesadilla helada en el

patio trasero. Eduardo bajó del Mercedes, su corazón latiendo con una

furia que no sentía desde hace décadas. A sus 65 años había construido un

imperio desde cero. Había enfrentado a corporaciones despiadadas.

Había sobrevivido a la crisis económica y a competidores sin escrúpulos. Pero

nada, absolutamente nada. Lo había preparado para ver a su única hija

siendo torturada por el hombre que había jurado amarla y protegerla.

Caminó hacia la verja. Sus manos, que habían firmado contratos de millones de

euros, temblaban mientras marcaba el código de entrada que Catalina le había

dado meses atrás, cuando todavía confiaba en que su padre siempre sería

bienvenido en su hogar. El portón se abrió con un clic electrónico. Eduardo entró al jardín

cubierto de nieve, sus zapatos italianos hundiéndose en el manto blanco. Cada

paso hacia el patio trasero era un paso hacia una verdad que había ignorado por

demasiado tiempo. Las llamadas de Catalina, que duraban cada vez menos,

las excusas para no visitarlo, los moretones que ella explicaba con

torpeza. Me caí en las escaleras, choqué con la puerta del armario. Dios, había sido tan

ciego. Cuando llegó al patio trasero, la escena ante él era aún peor de lo que

había visto desde la calle. Catalina estaba en el suelo, acurrucada en

posición fetal, su cuerpo desnudo azulado por el frío. El agua seguía

cayendo de la manguera que Marcos había fijado en un soporte de jardín

programada para continuar su castigo. “Marcos”, rugió Eduardo con una voz que

hizo temblar las ventanas. Marcos se giró desde su posición en la ventana del

segundo piso. Su rostro pasó del shock al miedo. En un segundo dejó caer la

copa de whisky que se estrelló contra el suelo. Eduardo corrió hacia su hija

quitándose su abrigo de cachemira para cubrirla. Catalina temblaba tan violentamente que apenas podía hablar.

Papapá”, susurró entre dientes castañeantes. No, no debiste venir. Sh, mi amor, estoy

aquí. Eduardo la envolvió en su abrigo, su traje de 3,000 € empapándose con el

agua helada mientras la sostenía. “Te tengo. Ya pasó.” cerró la llave de

agua con un movimiento brusco. La manguera cayó al suelo con un ruido

sordo. Eduardo, ¿puedo explicarlo? La voz de Marcos llegó desde la puerta

trasera. Había bajado corriendo su rostro intentando componer una expresión

de sorpresa inocente. No es lo que parece. Ella estaba. Cierra

tu boca. Eduardo se puso de pie, dejando a Catalina envuelta en su abrigo sobre el