Obligada por su madrastra a casarse con un mendigo discapacitado (quien, sin saberlo, era un rico hombre de negocios disfrazado), su destino cambió a partir de ese momento.

La historia (Ambientada en México)

“Si no firmas, lárgate de aquí.”

La voz de la Sra. Rosa resonó en la pequeña sala de estar a las afueras de Guadalajara. El aire estaba cargado con el olor a velas quemadas e incienso que quedaba del altar familiar bajo una fotografía del padre de Lucía Morales.

Lucía estaba de pie frente a la vieja mesa de madera, con las manos agarrando el dobladillo de su vestido.

Sobre la mesa había un formulario casi completo.

Un registro de matrimonio civil.

Su nombre estaba escrito con claridad:

Lucía Morales, nacida en 2002.

Junto a él, un nombre que solo había oído hacía dos días:

Diego Álvarez.

Nunca lo había conocido.

Nunca había hablado con él.

Ni siquiera le había visto la cara.

“Yo… yo no lo conozco”, dijo Lucía en voz baja.

La Sra. Rosa dejó caer su taza de café sobre la mesa de golpe.

“No hace falta que nos veamos. Es una suerte que siquiera esté dispuesto a casarse contigo.”

En un rincón de la habitación, su hermanastra Mariana tecleaba en su teléfono y sonreía con suficiencia.

“¿Crees que todavía vales tanto? Es una suerte que siquiera esté dispuesto a casarse contigo.”

Lucía miró el papel.

La letra negra era tan clara que la mareó.

Afuera, una moto se detuvo.

Entró un hombre con la camisa arrugada y un montón de carpetas en la mano.

“Señora Rosa”, dijo.

La Sra. Rosa se levantó de inmediato.

“Señor Torres, pase. Ya casi está.”

El Sr. Torres miró a Lucía de arriba abajo con una mirada fría.

“¿Ya te decidiste?”

La Sra. Rosa la miró.

“Ya firmó.”

Lucía se estremeció.

“No he…”

La Sra. Rosa se volvió hacia ella, con voz baja pero afilada como un cuchillo.

“Firma. Ahora mismo.”

Lucía la miró a los ojos.

Había visto esa mirada en sus ojos durante los últimos tres años.

Desde el día en que murió su padre.

Ya no era gentil.

Solo calculadora.

“No quiero casarme con alguien que no conozco”, dijo con voz temblorosa.

La Sra. Rosa esbozó una leve sonrisa.

“Si no quieres, entonces múdate. Ya no te voy a mantener.”

Esas tres palabras dejaron a Lucía sin palabras.

Salir de la casa.

En esta ciudad, eso era casi sinónimo de vivir en la calle.

Esta casa llevaba mucho tiempo a nombre de la Sra. Rosa.

Desde la muerte de su padre, todo lo había decidido ella.

Mariana levantó la vista.

“Sal y trata de vivir allá. La renta en Guadalajara no es barata.”

Lucía apretó los puños.

Sabía que no tenía opción.

El Sr. Torres abrió el expediente y dejó el bolígrafo sobre la mesa.

“Fírmalo. Mañana iremos al Registro Civil para hacer el papeleo rápido.”

Lucía miró el bolígrafo.

Era tan ligero que podría simplemente cogerlo y hacerlo.

Pero su mano no podía levantarlo.

De repente recordó a su padre.

Cuando vivía, siempre decía:

“Mi hija no necesita ser rica. Simplemente vive una vida decente, nadie puede obligarte.”

Lucía sintió que le picaban los ojos.

Solo habían pasado tres años desde que falleció su padre.

Y ya la estaban presionando de esta manera.

“¿Puedo conocerlo primero?”, preguntó.

La Sra. Rosa suspiró irritada.

“¿Crees que aún tienes opción?”

El Sr. Torres intervino.

“Es amable. Arregla electricidad. Tuvo un accidente y tiene la pierna débil. No bebe ni juega. ¿Qué más quieres?”

Lucía levantó la vista.

“¿Tiene… una discapacidad en la pierna?”

Mariana se echó a reír.

“Exacto. Solo una lesión leve. Te viene bien.”

A Lucía le zumbaban los oídos.

No sabía cuántos años tenía el hombre.

No sabía cómo vivía.

Solo sabía que si firmaba…

Su vida daría un giro inesperado.

La Sra. Rosa le acercó el bolígrafo.

“Fírmalo. Tengo otras cosas que hacer.”

Lucía se miró la mano.

Temblaba.

Lentamente cogió el bolígrafo.

La habitación quedó en silencio.

El bolígrafo tocó el papel.

Lucía cerró los ojos.

Y firmó.

La firma tembló, desviándose de la línea.

Pero seguía siendo una firma.

La Sra. Rosa respiró aliviada.

“Bien.”

El Sr. Torres asintió.

“Mañana a las 8 a.m., vaya al Registro Civil. Ambas partes deben estar presentes.”

Lucía dejó el bolígrafo.

Sintió como si acabara de perder una parte de su vida.

Al día siguiente

La Plaza del Registro Civil estaba abarrotada.

Algunas personas estaban sacando actas de nacimiento.

Algunas estaban solicitando documentos.

Algunas estaban registrando sus matrimonios.

Lucía estaba afuera de la puerta.

Su corazón latía con fuerza.

Todavía no sabía cómo era su futuro esposo.

Después de un rato…

Una vieja motocicleta se detuvo.

Un hombre se bajó.

Una camisa gris.

Pantalones oscuros.
Un casco en la mano. Mientras caminaba, Lucía notó:

Cojeaba un poco.

Su pierna izquierda estaba más débil.

Se detuvo frente a la puerta.

Miró a su alrededor.

Entonces sus ojos se encontraron con los de ella.

Se miraron por primera vez.

Sin emoción.

Sin romance.

Solo dos desconocidos.

Se acercó.

“Hola”.

Su voz era baja y tranquila.

Lucía asintió levemente.

“Hola”.

La Sra. Rosa se acercó.

“Soy Lucía”.

Se giró hacia ella.

“Soy Diego”.

Eso fue todo.

Sin sonrisa.

Sin molestia.

Solo calma.

No como alguien a punto de casarse con un desconocido.

En la oficina, el oficial preguntó:

“¿Están registrando voluntariamente su matrimonio?”

Una pregunta normal.

Pero para Lucía, fue como un puñal.

Permaneció en silencio.

A sus espaldas, la señora Rosa la observaba fijamente.

Mariana se cruzó de brazos y sonrió con suficiencia.

Diego se giró para mirar a Lucía.

Su mirada no era insistente.

Solo esperaba.

Lucía sintió un nudo en la garganta.

Si decía que no…

No tendría hogar.

Ningún lugar adónde ir.

Respiró hondo.

“Shhh.”

El funcionario asintió.

Clic.

El sello fue estampado.

Un pequeño sonido.

Pero suficiente para acabar con su antigua vida.

Al salir del edificio, la señora Rosa dijo de inmediato:

“Se acabó. A partir de hoy, cuídate.”

Lucía se quedó quieta.

Se giró hacia el hombre que acababa de convertirse en su esposo.

Diego también la miró.

Habló en voz baja, lo suficientemente alto para que ambos lo oyeran.

“Si quieres… aún no es tarde.”

Lucía lo miró.