Bienvenido a Cuentos del Tiempo. Antes de empezar este viaje, dime algo en los comentarios. ¿Desde qué ciudad y país

estás escuchando ahora mismo? Nos gusta saber desde qué rincón del mundo llega cada oído curioso. Ponte cómodo, respira

hondo y deja que el tiempo se detenga un momento. Aquí no hay prisa, solo relatos que despiertan la memoria, la rabia y el

corazón. Historias que el polvo quiso esconder y que hoy vuelven a la luz. Si no quieres perderte ningún caso que haga

temblar el alma, suscríbete ahora, activa la campanita campana y acompáñanos en cada historia que el

tiempo se negó a borrar. Abre bien los oídos porque en cuentos del tiempo compade todo o que vos está facendo

ahora escuta coma tensao porque ese causo na comeza con tiro na comeza con

perseguiza nem con faca relucindo no soldo certao coma como uma gargalada uma

gargalada fría ecoando naveira de un río escuro en cuanto uma muler honesta fundaba sem chance de voltar a grave

superficie en agua branca dos campos smargens dobo francisco, un prefeito

poderoso Acreditou que podía facer o que sempre fez mandar calar a pagar. Le

achou que bastaba una madrugada silenciosa, algúns jagunzos pagos e horríó como cúmplice. Achou que voy a

baar a cabeza de novo achou que ninguén vería achou errado. A veradora que l mandó submergir nao gritaba por socorro

en aquela noite. O que doía máis na era agua gelada entrando nos pulmóes era

saber que diser verdad de tina custado a propia vida. O cavalo do prefeito pisaba

firme na areia, o cigarro queimaba lento e o riso dele cortaba máis. Que fea para

ele e tudo acababa ali. Alguém viu alguém tremeu escondido no mato alguém levou esa historia por trilas que na

aparecen en mapaenom. Cuando esa verdade chegou aos ouvidos errados ou tal vez

certos demais o destino do prefeito com a mudar de forma que nenum dinero nenum

cargo enenuma reza podería impedir o que lampi fes depois na foi rápido na foi

limpo e na foi esquecido atem gente que evita falar dee castigo perto do río con

medo de vento repetir o que aconteceu agora me dis de d está indo esa historia

fica ato fin porque o que veio depois Do afogamento foi muito peor, esa parte

cuase ninguém tem corajem de contar inteira. Sebastián Albuquer, que no era solo el alcalde de agua branca dos

campos, era el tipo de hombre que se sentía dueño del polvo, del río y de las

personas. Blanco como leche agria, vientre pesado de tanto tragarse el dinero público, caminaba por él. pueblo

con la seguridad de quien jamás había sido desafiado. Durante años infló presupuestos, firmó obras que nunca

existieron, desvió fondos destinados a caminos, escuelas y salud, y nadie se

atrevió a levantar la voz, no porque no lo supieran, sino porque el miedo se había vuelto costumbre. En ese sertón,

el silencio era una forma de sobrevivir y Sebastián lo sabía usar como arma.

Todo siguió igual hasta que Mariana Lima cruzó su camino. Ella no venía de familia poderosa ni de apellido

respetado en cartorio. Venía del barro del trabajo duro, del brejo fundo, donde el sol castigaba sin piedad y la comida.

Se repartía con justicia. Cuando fue elegida concejala por el voto del pueblo, Sebastiáo la miró como quien

observa una molestia menor, algo que se aplasta con facilidad. Al principio intentó ignorarla, después intentó

comprarla. Cuando entendió que ella no se vendía, el odio empezó a crecer silencioso y venenoso. La sesión

decisiva ocurrió en una tarde sofocante, de esas en que el calor se mete bajo la ropa y no deja respirar. El techo de

zinc de la cámara municipal crujía como si fuera a derretirse y el olor a sudor y papel viejo llenaba el salón. Los

concejales abaniqueaban sus caras con documentos inútiles, deseando que todo terminara rápido. Sebastio estaba

sentado en su lugar habitual, traje arrugado, bigote mal cuidado, mirada, calculadora. Sobre la mesa, el proyecto

de la supuesta nueva ponte sobre el río Sao Francisco esperaba ser aprobado sin preguntas, como siempre había ocurrido.

Cuando Mariana se levantó, el murmullo cesó. No levantó la voz, no golpeó la mesa, no buscó aplausos. habló firme con

palabras claras como campana que no se puede ignorar. Dijo que ese proyecto era una mentira descarada, que no existía

obra alguna, que el dinero estaba siendo desviado directamente a la cuenta del alcalde. Dijo que no votaría a favor,

que no importaban las amenazas ni los hombres armados que él solía mandar para asustar. dijo que con ella no había

negociación cuando se trataba de robar al pueblo. El silencio que siguió fue más pesado que el calor. Algunos

concejales bajaron la mirada, otros fingieron revisar papeles que ya conocían de memoria. Había sudor frío en

las cienes, manos temblorosas escondidas bajo la mesa. Todos sabían que Mariana decía la verdad y todos sabían que

decirla en voz alta tenía precio. Sebastio levantó lentamente la cabeza y sonrió de lado, un gesto torcido que

nunca significaba nada bueno. Con tono aparentemente tranquilo, preguntó si

ella tenía pruebas como si la corrupción necesitara. recibo para existir.” Respondió que no acusaba, que

simplemente mostraba lo que todos veían y fingían no ver, que las carreteras prometidas no estaban allí, que el

puente solo existía en el papel que él dinero del pueblo había desaparecido. Sus palabras no eran grito, eran espejo,

y eso enfurecía más que cualquier insulto. Sin esperar respuesta, recogió sus cosas y salió del salón con la

cabeza erguida. El sonido de sus pasos sobre el piso de madera quedó marcado en la memoria de quienes permanecieron

sentados, incapaces de moverse. Sebastio la siguió con la mirada hasta que la

puerta se cerró. Por fuera mantuvo la compostura, pero por dentro hervía. No

soportaba ser desafiado, mucho menos por una mujer que no conocía su lugar, según él. En su mundo, el poder no se

discutía, se obedecía. Mientras la sesión continuaba de manera mecánica, su mente ya trabajaba en silencio

calculando castigos midiendo consecuencias. Para hombres como él, cuando el dinero no silenciaba, el miedo

hacía el resto. En las calles, la noticia corrió rápido. La gente comentaba en voz baja, con mezcla de

admiración y temor. Algunos decían que Mariana era valiente, otros que estaba firmando su sentencia. Ella, sin

embargo, caminaba como siempre, saludando a quien encontraba, consciente de que había cruzado una línea

invisible. Sabía que el sertón era duro con quienes enfrentaban a los poderosos, pero también sabía que callar era una

forma lenta de morir. Sentado en su casa amplia, escuchaba el sonido distante del río, imaginando cómo resolver lo que

consideraba un problema. No pensó en debate, ni en justicia ni en ley. Pensó en silencio definitivo. Para él, el San

Francisco no era solo agua, era herramienta tumba, aliado antiguo de hombres que querían borrar rastros.

recordó otros casos, otras historias que habían terminado sin preguntas ni culpables. El río se llevaba todo.