bien la puerta? Bueno, imagínate ver eso

nueve veces seguidas. Nueve personas
diferentes huyendo de tu casa como si
hubieran visto un fantasma. Eso es
exactamente lo que le pasó a Roberto
Harson y lo que vino después. Nadie se
lo esperaba. Roberto tenía 42 años,
cabello oscuro, con algunas canas que
empezaban a aparecer y trabajaba como
banquero de inversiones. Por fuera todo
se veía perfecto en casa elegante,
trabajo exitoso, trajes caros, pero por
dentro su vida era un caos total. Hace 3
años había perdido a su esposa Isabel
por culpa del cáncer y desde entonces
criar solo a sus gemelos de 7 años se
había convertido en su batalla más
difícil, una batalla que ni todo su
dinero ni su experiencia en los negocios
podían ganar. Ahora te preguntarás por
qué nueve personas renunciaron. ¿Qué tan
terribles podían ser esos niños? La
verdad es que Mateo y Carlos no eran
niños crueles. No rompían cosas a
propósito ni lastimaban a nadie, pero
eran como dos huracanes sin control.
Cababan túneles enormes en el jardín,
convertían la tina del baño en un océano
para sus barquitos de juguete y hacían
pistas de obstáculos que atravesaban
toda la casa. Las niñeras los llamaban
imposibles de manejar. Roberto los
llamaba perdidos porque en el fondo él
sabía la verdad. Esos niños no estaban
portándose mal, simplemente no sabían
cómo lidiar con el dolor de haber
perdido a su mamá. Era un martes, por la
tarde. Roberto estaba parado frente a la
ventana de su sala, viendo como la
novena niñera se subía a su coche y se
iba a toda velocidad. Las llantas
levantaban grava del camino. Detrás de
él podía escuchar las risas de sus hijos
desde algún lugar de la casa. Eran
apenas las 2 de la tarde y él tenía tres
videollamadas importantes programadas.
¿Y ahora quién iba a cuidar a los niños?
Se frotó los ojos cansados. An estaba
agotado física y emocionalmente agotado.
An. Entonces, una voz suave lo
interrumpió. Señor Harrison. Roberto
volteó. Era Graciela Morrison, su
empleada doméstica. Graciela tenía como
cincuent y tantos años, piel morena y
cálida, y unos ojos amables que se
arrugaban en las esquinas cuando
sonreía. Llevaba su uniforme naranja con
blanco y todavía traía puestos sus
guantes amarillos de limpieza. Ella
había trabajado en esa casa durante 5
años, limpiando, cocinando, manteniendo
todo en orden, pero siempre en silencio.
An, casi invisible. Vi que la señorita
Peterson se fue, dijo Graciela con voz
tranquila. Roberto suspiró profundo. Es
la novena, Graciela. Ya no sé qué hacer.
Los niños son buenos chavos, lo sean,
pero nadie puede con ellos y yo no puedo
seguir faltando al trabajo. La empresa
me necesita. Angraciela se quedó callada
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