Los gritos ahogados detrás de la cinta adhesiva sonaban como el aullido de un animal herido. Mark Vilanova, CEO de una

de las empresas tecnológicas más poderosas de Barcelona, llevaba casi 12

horas amarrado a ese árbol en medio del bosque de Colerola. Sus muñecas

sangraban por la cuerda que las apretaba contra la corteza áspera, sus labios

partidos bajo la mordaza plateada. Sus ojos inyectados en sangre, mirando

fijamente la oscuridad que lo rodeaba. No podía creer que Elena, su esposa de 8

años, la madre de sus hijos, lo hubiera traicionado así. Que su propio chófer,

Damián, el hombre en quien confiaba ciegamente, fuera el amante que ahora

planeaba su muerte. El plan había sido meticuloso. Elena lo

había convencido de salir a caminar por el bosque esa tarde, diciéndole que

necesitaban hablar lejos de las cámaras, lejos de los empleados, lejos de todo.

Necesitamos reconectar Mark como antes. Sus palabras habían sonado tan sinceras,

tan desesperadamente reales. Y él, el idiota, había caído. había dejado su

teléfono en casa. Había subido al coche sin decirle a nadie a dónde iba. Damián

conducía mientras Elena le acariciaba la mano. Todo parecía perfecto hasta que el

coche se detuvo en medio de la nada. Dos golpes. Eso fue todo lo que necesitaron

para dejarlo inconsciente. Cuando despertó, estaba amarrado al árbol con

Elena y Damián parados frente a él, besándose con una pasión que jamás había

visto en su esposa. “Lo siento cariño”, había dicho ella con una sonrisa fría

mientras Damián le ponía la cinta en la boca. “Pero 60 millones de euros son 60

millones de euros. Y tú, tú ya no me haces feliz. Ahora,

mientras el sol comenzaba a ocultarse nuevamente, marcando el inicio de su segunda noche, Mark sentía como la

desesperación se convertía en resignación. Nadie vendría.

Elena había sido inteligente. Le había dicho a todos que Mark había decidido

tomarse unos días en una cabaña remota, sin señal, sin interrupciones.

Necesita desconectar del estrés, les había explicado a sus socios. Ya saben

cómo es. Y todos habían asentido comprensivamente, porque sí, así era Mark, el adicto al

trabajo que necesitaba desaparecer de vez en cuando. Los músculos de sus piernas habían dejado de responderle

hacía horas. La sed era insoportable. Había intentado gritar hasta que su

garganta se desgarró, pero el bosque estaba demasiado alejado de cualquier sendero principal. Solo los animales

nocturnos escuchaban sus súplicas ahogadas. Solo los búos y los jabalíes eran

testigos de su agonía. Fue entonces cuando escuchó las ramas quebrarse.

Pasos pequeños vacilantes. Mark intentó gritar de nuevo usando cada gramo de

energía que le quedaba para producir algún sonido que pudiera atravesar la mordaza. Sus ojos se abrieron

desesperadamente, buscando en la penumbra del atardecer, y lo vio. Un niño no podía tener más de 10

años, delgado hasta el punto de la fragilidad, con ropa sucia y rasgada, el

cabello oscuro, enmarañado, cayendo sobre sus ojos marrones enormes. Llevaba

una mochila vieja en la espalda y se había detenido en seco al ver a Mark. Su

rostro, una máscara de terror y confusión. Por un segundo, Mark pensó

que el niño huiría, que daría media vuelta. y desaparecería entre los árboles como un ciervo asustado. Pero el

niño no huyó. Se quedó ahí mirándolo fijamente, procesando la escena

imposible frente a él. Señor, la voz del niño era apenas un susurro. Hablaba

español con un acento que Markudo identificar. Quizás rumano, quizás

árabe. Señor, ¿está bien? Mark sacudió la cabeza violentamente,

sus ojos suplicando, lágrimas rodando por sus mejillas sucias. El niño se

acercó lentamente, como quien se aproxima a un animal herido que podría atacar. Sus manos pequeñas temblaban

cuando tocó la cinta adhesiva que cubría la boca de Mark. “Voy, voy a quitarla”,

dijo el niño con voz quebrada. “Va a doler.” Y dolió. Cuando la cinta se

despegó de sus labios partidos, Mark sintió como si le arrancaran la piel,

pero el dolor era insignificante comparado con el alivio de poder respirar libremente, de poder hablar.

Agua fue lo primero que dijo, su voz apenas reconocible, rasposa y rota. Por

favor, agua. El niño no dudó. Se quitó la mochila, sacó una botella de plástico

medio llena y la acercó a los labios de Mark. El agua estaba tibia y sabía a

plástico viejo, pero para Mark era ambrosía. Bebió con desesperación

mientras el niño sostenía la botella con cuidado. Las cuerdas, jadeó Mark cuando

terminó de beber. Desátame rápido. Pero el niño retrocedió, sus ojos reflejando

miedo súbitamente. ¿Por qué está amarrado? ¿Qué hizo? La pregunta golpeó

a Mark como un puñetazo. Por supuesto, un hombre de traje caro amarrado a un

árbol en medio del bosque. ¿Qué conclusión sacaría cualquier niño? ¿Que

era un criminal? ¿Que alguien lo había castigado por algo terrible?

No hice nada malo”, dijo Mark rápidamente, tratando de mantener su voz calmada a pesar del pánico que sentía.

“Mi esposa, ella y su amante me trajeron aquí. Quieren matarme, quieren robar mi

dinero. Por favor, tienes que creerme, tienes que ayudarme.” El niño lo estudió

con esos ojos demasiado viejos para su edad. Ojos que habían visto cosas que

ningún niño debería ver. ¿Cómo sé que no miente? Mi nombre es

Mark Vilanova, dijo Mark desesperadamente. Googléame, búscame. Soy soy el CEO de

Tech Vision. Salgo en las noticias. Hay fotos mías por todas partes. Por favor,