Era noviembre de 2014 cuando la vida de

Andrés Jiménez López comenzó a cambiar para siempre. Tenía apenas 12 años y las

manos curtidas de un hombre de 40. Cada mañana, antes de que el sol asomara

sobre la colonia Chalco, en el estado de México, Andrés ya estaba despierto

preparando su pequeña caja de madera con betún negro, cepillos desgastados y tres

trapos que alguna vez fueron blancos. Su madre, Lucía López, trabajaba 14 horas

diarias limpiando casas en Polanco. Su padre había desaparecido 3 años atrás,

dejando solo deudas y silencios. Andrés tenía dos hermanas menores, Sofía de 8

años y Valentina, de apenas cinco. Eran su responsabilidad cuando mamá no estaba

y mamá casi nunca estaba. La casa donde vivían era más un refugio que un hogar.

Cuatro paredes de block sin pintura, un techo de lámina que goteaba cuando llovía y un piso de tierra que se

convertía en lodo cada temporada de lluvias. El colchón que compartían los cuatro era tan delgado que podían sentir

el frío del suelo atravesándolo. Por las noches, el estómago de Valentina

rugía como trueno, y Andrés fingía no escucharlo mientras repartía las tres

tortillas que quedaban en dos porciones, una pequeña para él y dos más grandes

para sus hermanas. Ese día Andrés había salido de casa a las 5:30 de la mañana

con 25 pesos en el bolsillo. 25 pesos que había ganado el día anterior

lustrando zapatos en la estación del metro Pantitlán. Era todo lo que tenían.

Su madre no llegaría hasta las 9 de la noche y esos 25 pesos debían convertirse

en comida para tres niños hambrientos. El plan era simple pero desesperado.

Lustrar zapatos desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde, juntar al menos

50 pesos. Comprar 1 kg de frijoles, medio kil de arroz y seis tortillas. Con

eso podrían comer dos días, tal vez tres si eran cuidadosos.

Pero noviembre de 2014 fue un mes cruel. La crisis económica había golpeado

fuerte y la gente ya no se detenía a lustrar zapatos. Los que antes pagaban

10 pesos, ahora ofrecían cinco o simplemente pasaban de largo mirando sus

teléfonos como si el mundo se hubiera reducido a esa pantalla brillante.

A las 11 de la mañana, Andrés había solo tres pares de zapatos,

15 pesos. Sumados a los 25 que traía, tenía 40 pesos en total, suficiente para

medio kilo de frijoles y tortillas. Nada de arroz, nada extra. Estaba

sentado en la esquina de Avenida Juárez y eje central bajo el peso aplastante

del mediodía, cuando escuchó un sonido que conocía demasiado bien, el golpeteo

irregular de un bastón contra el pavimento. Un anciano ciego se acercaba

tanteando el camino con movimientos inseguros. Su ropa estaba rasgada en varios lugares, los zapatos atados con

cordones que alguna vez fueron blancos, pero ahora eran del color del abandono.

Su rostro estaba surcado por arrugas profundas y sus ojos cerrados parecían

guardar un cansancio más antiguo que el tiempo. El anciano se detuvo a pocos metros de Andrés, extendió una mano

temblorosa y dijo con voz quebrada, “Por favor, joven, no he comido en dos

días. Cualquier cosa que pueda darme, Dios se lo multiplique.” Andrés sintió

un nudo en la garganta. Conocía ese hambre. La había sentido despertarse en

su propio estómago, rugiendo en las madrugadas cuando el sueño no alcanzaba

para olvidarla. metió la mano en su bolsillo y apretó los 40 pesos. 40 pesos

que eran la diferencia entre que sus hermanas comieran o se durmieran con el estómago vacío otra vez. La lógica le

gritaba que guardara ese dinero, que ese anciano podía pedir en otro lado, que él

también era solo un niño, que sus hermanas lo necesitaban, que su responsabilidad era con ellas, no con

extraños. Pero algo más profundo que la lógica se movió en su pecho. Andrés sacó

una moneda de 5 pesos, su última moneda suelta, y la colocó en la mano del

anciano. El hombre cerró los dedos alrededor de ella con una fuerza

sorprendente y una lágrima rodó por su mejilla. Que Dios te bendiga, niño. Que nunca te

falte lo que hoy me diste. El anciano se alejó lentamente, desapareciendo entre

la multitud del centro histórico. Andrés se quedó mirando el lugar donde

había estado, sintiendo una mezcla extraña de paz y terror. Tenía 35 pesos,

menos de lo que necesitaba, pero algo en su corazón le decía que había hecho lo correcto. Lo que Andrés

no sabía era que ese acto aparentemente insignificante

había sido visto por ojos que no eran de este mundo. Las horas pasaron con la

lentitud cruel de los días sin esperanza. Andrés lustró dos pares más

de zapatos, pero solo le pagaron 5 pesos por cada uno. A las 3 de la tarde tenía

45 pesos en total, suficiente para frijoles y tortillas.

Nada más. Comenzó a recoger sus cosas guardando los cepillos en la caja de

madera cuando escuchó una voz detrás de él. ¿Cuánto cobras por lustrar estos

zapatos, hijo? Andrés se giró y se encontró con un hombre que no había visto acercarse. Era de altura promedio.

Vestía ropa sencilla pero limpia, pantalón de mezclilla y camisa blanca.

Sus zapatos estaban gastados, pero no sucios. Lo más extraño eran sus ojos,

eran profundos, del color de la madera oscura y brillaban con una luz que no

parecía reflejarse del sol, sino emanar de algún lugar interno. 10 pesos, señor,

respondió Andrés tratando de sonar profesional a pesar de su voz que aún

estaba cambiando. El hombre se sentó en el pequeño banco que Andrés usaba para