El sol del desierto de Chihuahua caía como plomo derretido sobre la tierra agrietada. Era el verano de 1914 y en un

pueblo que ni siquiera aparecía en los mapas, un hombre esperaba la muerte amarrado a un poste de madera carcomida

por el tiempo y las balas. tenía 22 años, las manos atadas a la espalda con

alambre de púas que le cortaba la carne. La camisa desgarrada mostraba las marcas

de los golpes que los federales le habían dado durante tres días seguidos.

Sangre seca le cubría la mitad del rostro, pero los ojos, compadre, los ojos de ese muchacho brillaban con algo

que ni el miedo ni la tortura habían podido apagar. Frente a él, el coronel

Esteban Murguía caminaba de un lado a otro con las botas relucientes

levantando polvo. Era un hombre corpulento, de bigote engominado y

uniforme federal impecable, a pesar del calor infernal. Llevaba un cinturón con

nevilla de plata pura, donde estaban grabadas sus iniciales. En la mano derecha sostenía un cigarro importado de

Cuba. En la izquierda una pistola colt con cachas de marfil. que nunca había

usado en combate real porque Murguía no era soldado, era carnicero con uniforme.

El coronel se detuvo frente al condenado y le sopló el humo del cigarro en la cara. Mañana al amanecer, chamaco

[ __ ] vas a conocer lo que les pasa a los que ayudan a ese bandolero asqueroso de Pancho Villa”, dijo con voz pastosa,

saboreando cada palabra como si fuera mezcal fino. “10 balas federales van a

atravesarte el pecho y tu cuerpo lo vamos a dejar colgado tres días para que

los zopilotes se lo coman y todos los [ __ ] del pueblo aprendan la lección.” El muchacho no respondió, solo

sostuvo la mirada del coronel con una intensidad que hizo que Murguía sintiera algo extraño en el estómago, algo

parecido al miedo, aunque jamás lo admitiría, porque ese joven amarrado al poste guardaba un secreto que el coronel

no conocía, un secreto que estaba a punto de convertirse en la pesadilla más brutal que los federales de Chihuahua

jamás habían vivido. 10 años atrás, cuando ese muchacho era apenas un niño

esclavo de 12 años que no tenía ni nombre propio, había salvado la vida del

mismísimo Pancho Villa. Lo escondió de una patrulla federal que lo perseguía

como perros rabiosos. Arriesgó todo, su vida, su futuro, todo. Y villa nunca

olvidaba. En algún lugar del desierto, a 200 km de distancia, el centauro del

norte acababa de recibir la noticia y había montado en su caballo siete

leguas, con los ojos encendidos de una furia tan helada que hasta Rodolfo

Fierro, su brazo derecho, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Lo que

estaba por suceder no sería solo un rescate padre, sería un ajuste de

cuentas tan violento, tan preciso, tan absolutamente justo, que el desierto

entero lo recordaría para siempre. Porque en el México de 1914,

cuando todavía existían hombres de verdad, una deuda de honor se pagaba de una sola manera, con sangre. Pero antes

de que te cuente cómo terminó este desmadre que sacudió todo el norte, necesito que hagas algo por mí,

compadre. Dale like a este video ahorita mismo. Suscríbete al canal porque estas

leyendas revolucionarias no se cuentan en ningún otro lado. Y comenta desde qué ciudad nos estás viendo, porque quiero

saber dónde están los hombres y mujeres que todavía valoran el honor y la

palabra de un verdadero revolucionario. Esta es la historia real de cómo un niño

esclavo salvó a Pancho Villa, de cómo ese niño creció en las sombras. y fue

traicionado por un asendado corrupto de cómo los federales lo condenaron a

muerte solo por tener corazón puro. Y de cómo el centauro del norte desató la

venganza más legendaria que el desierto de Chihuahua jamás presenció. Prepárate,

compadre, porque esta historia tiene sangre, tiene honor, tiene justicia

poética del tipo que ya no existe en este mundo corrupto, donde la palabra de un hombre vale menos que el papel con el

que se limpia el culo. a viajar al año 1904, cuando todo comenzó en una

hacienda del infierno, donde un niño sin nombre aprendió que en este mundo los

únicos héroes verdaderos son aquellos que arriesgan todo sin esperar nada a

cambio. En la hacienda de San Jerónimo, al norte de Chihuahua, había un lugar

donde el sol pegaba más fuerte que en cualquier otro rincón del desierto. No era casualidad, era el diseño deliberado

de don Abundio Escobedo, el ascendado más hijo de [ __ ] que había parido la tierra norteña. Ese lugar era el campo

de algodón donde trabajaban los peones desde que el sol apenas pintaba el

horizonte hasta que se escondía detrás de las montañas como animal herido

buscando dónde morir. 20 hectáreas de algodón sediento que chupaba el agua de

un pozo que los peones habían cavado con sus propias manos. Algodón que don

Abundio vendía a los gringos de Texas por tres veces su valor, mientras los

trabajadores comían frijoles aguados y tortillas duras como suela de guarache.

Entre esos peones había un niño, no tenía nombre propio. Todos lo llamaban

simplemente el chamaco o el hijo de la Petra, porque su madre, Petra Morales,

había muerto 3 años atrás de una fiebre que nunca fue tratada. Porque don Abundio decía que los médicos costaban

más que lo que valía una peona vieja. El niño tenía 12 años, pero parecía de

nueve. Los huesos se le marcaban en la espalda como las costillas de un perro

callejero. Las manos, pequeñas todavía, estaban cubiertas de callos y cicatrices

del alambre de púas y de las espinas del algodón. Usaba un sombrero de paja roto

que había sido de su padre antes de que ese hombre desapareciera una noche sin despedirse, perseguido por una deuda

inventada de donabundio. Los ojos del chamaco, compadre. Esos

ojos tenían algo especial, una luz que no se apagaba ni con el hambre ni con

los golpes del capataz Rutilio Sandoval, un cabrón gordo que usaba un chicote de