Tengo mucha hambre, señor. Esor, ¿puedo comer las obras de comida, por favor?

Mi general, ¿puedo comer sus sobras? La voz era apenas un susurro, pero cortó

el aire del campamento como navaja. Pancho Villa dejó de mastigar y levantó

la vista. Frente a él, tembloroso como rama seca en ventarrón, estaba un niño

de quizás 8 años, tan flaco que parecía que el viento del norte se lo llevaría

volando. Pero no fue la delgadez lo que hizo que Villa sintiera un puño

apretarle las tripas. Fueron las marcas. Manchas blanquecinas de lepra en el

rostro. Sí, pero también otra cosa, algo peor, cicatrices,

rayas blancas que cruzaban los brazos extendidos como si alguien hubiera dibujado un mapa de dolor sobre piel de

niño. Una línea gruesa atravesaba su mejilla izquierda, todavía rosada,

reciente. Las manos que temblaban sosteniendo nada más que aire y esperanza, mostraban dedos ligeramente

deformados por la enfermedad, pero las muñecas llevaban marcas circulares

oscuras como de cuerdas apretadas demasiadas veces. Los dos guardias que

habían traído al escuincle dieron paso atrás al ver las manchas de lepra, la

mano derecha buscando el pañuelo para cubrirse la boca. Pero Villa no se movió, se quedó ahí. sentado en su

petate con el plato de frijoles y tortillas sobre las rodillas, mirando fijamente esos ojos hundidos que habían

visto demasiado para tan pocos años. No eran solo las manchas de la enfermedad,

era el conjunto completo, un niño marcado dos veces por la lepra y por la

crueldad humana. El niño tragó saliva y Villa vio que hasta ese simple gesto le

dolía como si tuviera la garganta llena de espinas. Lo que sobró de su plato, mi

general, solo eso. Yo yo como rápido, no molesto. Villa agarró su plato, se

levantó despacio y mientras los guardias retrocedían otro paso, él avanzó, se

agachó frente al niño y colocó el plato directamente en esas manos marcadas.

tocando la piel que todos evitaban como si fuera lumbre. Sus dedos rozaron las

cicatrices en las muñecas. Sintió las líneas elevadas del tejido que había

sanado mal. “Come, muchacho, y después me cuentas quién te hizo esto.” Señaló

las rayas en los brazos, la cicatriz en la cara. El niño lo miró como si Villa

fuera aparición de santo. Las lágrimas comenzaron a rodar por ese rostro

marcado mientras agarraba una tortilla con dedos que temblaban tanto que casi la deja caer. “Se llama Tomasito, mi

general”, dijo el tuerto, el dorado veterano que nunca retrocedía ante nada.

Lo encontramos hace dos horas vagando por el desierto. Venía caminando desde quién sabe dónde. Villa asintió sin

dejar de mirar al niño que devoraba los frijoles como si fueran su última comida

en la tierra. Y tal vez lo habían sido, pensó Villa. Tal vez este esquincle

había caminado esperando que el desierto se lo tragara antes de tener que pedir limosna de nuevo. ¿De dónde vienes,

Tomasito? El niño tragó. Se limpió la boca con el dorso de la mano y Villa vio

más marcas blancas subiendo por el brazo. De la hacienda San Miguel del

desierto, mi general, tres días caminando, hubo algo en como lo dijo, un

temblor que no venía del frío de la noche que caía sobre Chihuahua en ese

octubre de 1916. Era miedo, terror puro destilado en dos

palabras, San Miguel. ¿Y qué hacías tú en San Miguel? Preguntó Villa, aunque

algo en sus entrañas ya sabía que no le iba a gustar la respuesta. Tomasito bajó

la vista al plato vacío y cuando habló, su voz era tan baja que Villa tuvo que

inclinarse para escuchar. Trabajaba mi general. Todos trabajamos. Mi papá, mi

mamá, mi hermana Lupita, todos. Don Próspero Aguirre es el dueño. Dice que

le debemos dinero que nunca vamos a poder pagar. La mandíbula de Villa se tensó. Conocía ese nombre. Próspero

Aguirre, ascendado de la vieja escuela, de esos que pensaban que la revolución

era como polvareda, que el viento se llevaría y todo volvería a ser como

antes. De esos que creían que los peones eran menos que sus caballos. ¿Y por qué

te fuiste? Tomasito levantó la vista y en esos ojos Villa vio algo que había

visto en campos de batalla, en pueblos quemados, en mujeres violadas y niños

huérfanos. Vio la clase de oscuridad que ningún niño debería cargar. Porque don

Próspero, él la voz se lebró. Él nos pega a todos los niños, pero a mí, a mí

me pega más porque dice que soy leproso, que soy castigo de Dios, que merezco

sufrir. Las palabras salieron atropelladas ahora, como si el niño

llevara días guardándolas. Y finalmente encontró a alguien que tal vez, solo tal

vez, le creería. Nos encierra en un cuarto chiquito cuando nos portamos mal.

Una vez me dejó tres días sin comer porque me caí y rompí una jarra.

Facundo, el capataz, es quien nos amarra cuando don Próspero saca el chicote.

Tiene un chicote especial. Lo guarda en su cuarto. Dice que está trenzado con

tripas de víbora, pero yo creo que es cuero de vaca. Noás nos pega en las

piernas, en la espalda. A mí me pegó en la cara. Una vez se tocó una cicatriz

que cruzaba su mejilla izquierda, una línea blanca sobre piel manchada.

Lupita, mi hermana, tiene 10 años, también la pega a ella y a otros cinco

niños más. Dice que así aprendemos a respetar. Pero mi general Tomasito se

acercó más bajando la voz como si contara secreto que podría matarlo. Él

no pega para enseñar. pega porque le gusta, se ríe cuando lloramos. Una vez

escuché a Facundo decirle que ya era suficiente, que el niño ya había aprendido, pero don Próspero le dio