La lluvia golpeaba tan fuerte que Camila apenas podía ver a 3 m de distancia. Su

ropa estaba empapada, sus zapatos hacían ruido de agua con cada paso. Manchas

maullaba dentro de su chamarra, temblando contra su pecho. Ya sé, ya sé.

Tenemos que encontrar dónde dormir. Camila caminaba por las calles de las

afueras de Morelia, lejos del centro donde los policías la corrían cada noche. Aquí las casas eran grandes, pero

muchas estaban abandonadas. Entonces la vio. Al final de una calle

sin pavimentar, medio oculta por árboles salvajes y enredaderas que habían

crecido sin control. Se alzaba una mansión, no era como las casas normales,

era enorme, de dos pisos con estilo colonial. Las paredes, alguna vez

blancas, ahora estaban grises y manchadas, las ventanas rotas, el jardín

era una jungla, pero tenía techo y eso era lo único que importaba en este

momento. Camila corrió hacia la entrada. La puerta principal estaba cerrada con

cadenas oxidadas, pero encontró una ventana lateral lo suficientemente baja.

El vidrio estaba roto hace mucho tiempo. Se impulsó y trepó, cuidando de no

cortarse con los pedazos que quedaban. Cayó sobre un piso de baldosas frías. El

interior olía a humedad y abandono, oscuro, silencioso, excepto por el

tamborileo de la lluvia en el techo. Camila sacó su celular. Tenía 5% de

batería, pero la luz de la pantalla era suficiente para ver un poco. Estaba en

lo que parecía haber sido una sala elegante. Muebles cubiertos con sábanas

blancas como fantasmas, un candelabro enorme colgando del techo. Cuadros en

las paredes, algunos torcidos, todos cubiertos de polvo. “¿Qué es este

lugar?”, susurró. Manchas, saltó de su chamarra y comenzó a explorar olfateando

todo. Camila la siguió alumbrando con su teléfono. Pasó por una sala, luego otra.

un comedor con una mesa larga para 20 personas, una cocina antigua con una

estufa de hierro que parecía de museo. Y entonces, en la esquina de la sala principal vio algo que la hizo

detenerse, una fotografía familiar en un marco dorado.

A pesar del polvo, podía ver claramente las caras, un hombre y una mujer

elegantes, dos niños pequeños y una adolescente, tal vez de su edad, con un

vestido blanco y una sonrisa radiante. Debajo del marco, una placa de metal

decía: “Familia Mendoza, 1998.” Camila sintió un escalofrío que no tenía

nada que ver con su ropa mojada. Esta mansión había sido un hogar. Una familia

había vivido aquí y ahora estaba vacía, olvidada, muriendo lentamente como ella.

8 meses antes, Camila tenía una vida diferente, no lujosa. Nunca había sido

lujosa, pero tenía a su mamá. Vivían en un departamento pequeño en la colonia

Villas del Pedregal. Su madre, Daniela, trabajaba como enfermera en el hospital

general. Ganaban lo suficiente para vivir. No sobraba, pero tampoco faltaba.

Entonces el cáncer llegó. Cáncer de páncreas, etapa cuatro. Los doctores

dijeron que no había mucho que hacer. 6 meses de vida, tal vez menos. Fueron 4

meses. 4 meses de ver a su madre consumirse, de faltar a la escuela para

cuidarla. de gastar todos sus ahorros en medicinas que solo alargaban el

sufrimiento. Su madre murió un martes de enero con Camila sosteniendo su mano. No

había familia extendida. El padre de Camila se había ido cuando ella tenía 3 años. Su madre había sido hija única.

Sus abuelos habían muerto años atrás. Estaba sola en el mundo a los 16 años.

Los del hospital fueron amables, le dieron información sobre refugios, sobre

el dife, sobre opciones. Pero Camila había escuchado historias de

esos lugares. Niñas que desaparecían, abusos, separaciones forzadas.

Decidió enfrentar la calle antes que el sistema. vendió todo lo que tenía en el

departamento junto a apenas 8000 pesos. Pagó el funeral más barato posible. Con

lo que sobró, compró una mochila resistente, ropa abrigadora y empezó su

nueva vida. Encontró a Manchas tres semanas después. La gatita estaba en una

caja de cartón junto a un contenedor de basura tan pequeña que cabía en su mano.

Camila no podía cuidar de sí misma. mucho menos de un animal. Pero cuando la

gatita la miró con esos ojos verdes enormes, no pudo dejarla. Desde entonces

eran dos contra el mundo. Camila pasó esa primera noche en la mansión

acurrucada en un sofá polvoriento en la sala principal. Se quitó la ropa mojada

y se envolvió en una de las sábanas que cubrían los muebles. No era cómodo, pero

era seco. Y por primera vez en semanas no tenía miedo de que alguien la atacara

mientras dormía. Manchas se acurrucó contra su estómago ronroneando

suavemente. Cuando despertó, el sol entraba por las ventanas rotas, creando columnas de luz

llenas de polvo flotante. La luz del día, la mansión se veía menos aterradora

y más triste, como una gran dama caída en desgracia. Camila exploró

metódicamente cada habitación del primer piso. La cocina tenía platos todavía en

los estantes, cubiertos en los cajones, todo cubierto de polvo y telarañas, pero

intacto, como si la familia simplemente hubiera salido un día y nunca regresado.

En el comedor la mesa estaba puesta, platos de porcelana fina con diseños

dorados, copas de cristal, servilletas de tela dobladas elegantemente,

25 años de polvo sobre todo. Pero la escena estaba preparada como si