El portón se abrió sin hacer ruido, ni un chirrido, ni un golpe, ni una
advertencia. Eso fue lo primero que María Salgado notó. En los primeros segundos, cuando
aún no había cruzado el umbral, entendió que aquella casa no quería ser escuchada. Todo en ella parecía diseñado

para no dejar huella. La luz de la mañana caía limpia sobre el mármol.
demasiado limpia. El reflejo del cielo en los ventanales era tan perfecto que
María se vio a sí misma duplicada, partida en dos. Una mujer de carne y
cansancio frente a una versión pulida, sin historia. Ajustó el asa de su bolso
de tela, el mismo de siempre, y dio un paso más. El aire adentro olía a cloro
reciente, a superficies desinfectadas con prisa. Debajo, apenas perceptible,
había café caliente, café fuerte, como si alguien necesitara mantenerse
despierto en una casa que nunca dormía del todo. María respiró hondo. No era la
primera casa grande que limpiaba, pero sí la primera que le dio la sensación de estar conteniendo algo. Como si las
paredes apretaran los dientes. Los pasos se escuchaban poco, no porque el suelo
fuera suave. sino porque nadie pisaba con peso. Una mujer apareció desde el
fondo del pasillo, delgado rostro, cabello recogido con exactitud, manos
inquietas. ¿Usted es la nueva?, preguntó en voz baja. María asintió. Soy María.
La mujer se presentó como doña Irma, ama de llaves. No sonró no por falta de
amabilidad, sino por cansancio. Mientras caminaban, doña Irma iba señalando
espacios con gestos mínimos, como si temiera que incluso el movimiento del dedo pudiera provocar algo. Aquí la
cocina, aquí el salón y arriba, preguntó María
sin mirar aún. Doña Irma se detuvo un segundo, solo un segundo. Arriba. Mejor
No explicó más. No hacía falta. Un ruido seco bajó desde el segundo piso.
No fue un golpe fuerte, fue peor. Un portazo contenido, cargado de intención.
Doña Irma dio dos pasos atrás, como si se hubiera acercado demasiado al fuego.
Hoy está difícil. susurró, “Mucho. María no preguntó quién.” Siguieron caminando.
El salón principal parecía una revista abierta en la página correcta. Los cojines alineados, las cortinas sin una
sola arruga, la mesa de centro despejada, salvo por un florero transparente con flores que aún no se
atrevían a marchitarse. Pero algo faltaba. María tardó unos segundos en entender
que no había fotografías recientes, ni dibujos infantiles en la nevera, ni
juguetes abandonados en una esquina. La casa no mostraba señales de infancia,
como si alguien hubiera borrado con cuidado cualquier rastro de vida pequeña. María pasó la mano por el
respaldo del sofá frío. La niña empezó a decir, doña Irma negó rápido, casi de
forma automática. No le gusta que hablen de ella. ¿Cuántos años tiene? 10. 10 años. María levantó
la vista hacia la escalera. Las barandillas brillaban demasiado pulidas
para unas manos infantiles. En ese momento, algo se movió arriba. Un
destello rápido, un cuerpo pequeño cruzando el pasillo. María apenas
alcanzó a verla, pero fue suficiente. Cabello oscuro, desordenado,
pies descalzos golpeando el suelo con urgencia, un cuaderno apretado contra el
pecho como si fuera un escudo. La niña no miró abajo, corrió directo a una
puerta, entró y cerró. Una vez, dos, tres, clic, clic, clic. El sonido no fue
fuerte, pero se quedó suspendido en el aire como una campanada. Doña Irma soltó
el aire lentamente. Siempre tres murmuró. Siempre igual.
María sintió algo raro en el estómago. No miedo, reconocimiento. A media tarde,
el sonido de un auto anunció la llegada del dueño. María lo vio entrar desde la
cocina. Don Julián Ortega tenía el cuerpo de alguien acostumbrado a mandar.
Espalda recta, pasos firmes, traje oscuro que no parecía conocer el
descanso, pero su rostro decía otra cosa. Ojeras profundas. La mandíbula
tensa, la mirada de quien vive persiguiendo el control sin alcanzarlo.
¿Cómo está hoy? Preguntó antes de dejar el maletín. Doña Irma apretó los labios.
Complicado, señor. Don Julián suspiró. Se aflojó la corbata como si eso pudiera
soltar algo más adentro. ¿Quién se fue ahora? La niñera, la número 12. Él
asintió sin sorpresa. Llame a la agencia que manden a otra persona. Señor, que la
casa funcione, Irma. Eso es todo. Que la casa funcione. María escuchó la frase
desde la cocina. Le sonó a maquinaria, a relojes, a algo que debía seguir girando
aunque chirriara por dentro. Un nuevo ruido bajó del segundo piso. Algo cayó.
Tal vez un libro, tal vez un marco. Don Julián dio un paso hacia la escalera. Se
detuvo. María lo vio dudar. Un hombre rodeado de decisiones que no sabía qué
hacer con un solo escalón. No deja entrar a nadie, dijo doña Irma. Ni para
la comida. Don Julián cerró los ojos un segundo. No dijo nada. El timbre sonó cuando el sol
ya se estaba escondiendo. María se secó las manos y fue hacia el recibidor. Al
abrir la puerta, el aire fresco entró como un alivio breve. “Buenas tardes”,
dijo ella con voz firme pero tranquila. Don Julián la miró de arriba a abajo.
“Rápido. ¿Sabe dónde se mete?”, preguntó sin dureza, pero sin rodeos. María
sostuvo la mirada. Sé que aquí vive una niña que sufre. No fue un desafío,
tampoco una súplica, fue una constatación. Don Julián parpadeó incómodo, no
respondió. Doña Irma tomó el bolso de María y comenzó a explicarle rutinas.
Mientras tanto, don Julián se alejó para contestar una llamada como si necesitara
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