En los primeros 10 segundos algo se rompe sin hacer ruido.

No es un grito todavía, no es una caída, es apenas una pausa, una pausa mínima en

una sala llena de gente acostumbrada a fingir que todo está bajo control.

Santiago Ortega lo siente antes de entenderlo, como cuando el aire cambia justo antes de la lluvia. La mansión en

Lomas de Chapultepec brilla por dentro como si le hubieran puesto un filtro dorado encima. Las lámparas de cristal

tiran chispas diminutas sobre los vestidos, sobre las copas, sobre los

relojes que asoman discretos en muñecas que nunca han lavado un plato. Huele a

gardenias, demasiado perfecto, mezclado con el perfume caro de las mujeres y el

whisky suave de los hombres. Y detrás, como un secreto que nadie menciona,

secuela el olor limpio del cloro que viene de la cocina. La música es un

bolero bajito, guitarra y voz, de esos que no te piden permiso para tocarte la

memoria. Entre nota y nota, Santiago escucha el murmullo de 50 conversaciones

al mismo tiempo y el sonido tenue, constante, de su propia sonrisa

ensayada. Él está de pie donde debe estar. Traje negro, camisa blanca, moño

impecable. La corbata le aprieta apenas como un dedo insistente en la garganta.

Hoy todo sale bien, se repite sin emoción, como si fuera parte de un contrato. Si se mueve, si improvisa, si

se deja ir por un segundo, la noche se le cae encima. Eso le enseñaron. Eso lo

sostuvo desde que Isabel murió. Sostenerse en lo correcto, en lo presentable, en lo digno. Camila

Villaseñor se le pega al lado como una sombra elegante, alta, rubia, un vestido

que no se arruga ni cuando respira. Sonríe con la boca, con los ojos revisa

a quién le habló él. ¿Cuánto tardó? ¿Qué ángulo da mejor para la cámara? Camila

toca su antebrazo suave, pero no es una caricia, es una señal. En 5 minutos

hacemos el anuncio le dice, casi sin mover los labios. Santiago asiente. El

anillo en su bolsillo pesa más de lo que debería. La palabra futuro le queda

lejos como un hotel visto desde carretera. A unos metros, doña Teresa

Ortega, su madre, flota entre los invitados como si la casa fuera un

órgano más de su cuerpo. No alza la voz, no tiene que hacerlo. Su presencia es

suficiente para que los meseros caminen más recto, para que la gente se acomode el saco, para que alguien baje el tono

justo cuando ella pasa. Santiago la mira y se pregunta sin querer cuándo fue la

última vez que ella lo miró a él. De verdad. Del otro lado del salón, el niño

Nico, 2 años. Un traje miniatura que le queda adorable y absurdo al mismo

tiempo. Pelo rizado, oscuro, ojos color miel que a Santiago siempre le han

parecido demasiado grandes para una cara tan chiquita. Durante la tarde, Nico fue

un encanto frente a las fotos. Saludó, sonrió, palmoteó cuando le aplaudieron,

como si ya supiera el guion. Pero ahora, ahora no. Ahora Nico está callado,

demasiado callado. Santiago lo nota porque conoce ese silencio.

Es el mismo silencio que se instala cuando el niño se queda viendo un punto fijo, como si ahí hubiera una puerta que

los adultos no ven. El mismo silencio que llega justo antes de las pesadillas.

La niñera actual, una chica joven, impecable, sin rastro de cansancio, le

acomoda el moñito y lo sostiene de la mano. Nico no la mira.

No mira a nadie. Mira hacia la entrada de servicio, donde hay un pasillo que

conduce a la cocina. Santiago traga saliva. La garganta le duele sin razón.

Está bien, pregunta. Aunque nadie le escuchó preguntar nada en toda la noche,

la niñera asiente rápido, sonríe como se sonríe en estas casas. Sí, señor, está

bien, pero Nico no está bien. Santiago lo sabe porque él tampoco lo está, solo

que aprendió a esconderlo. Camila vuelve a hablar bajito, como si el murmullo

pudiera manchar el vestido. No lo cargues, ahorita. se le va a hacer costumbre. Santiago la escucha y por un

segundo siente algo incómodo, una resistencia breve, algo que no sabe

nombrar. Luego lo aplasta como aplasta todo. Un flash de cámara explota cerca.

Alguien brinda, ríen. Un hombre le da una palmada a Santiago y le dice,

“Felicidades, hermano.” Y Santiago responde con la misma sonrisa sin calor.

Entonces, la puerta de la cocina se abre. No es un gran movimiento. No se

escucha más que el golpe suave de la madera, el rose de una bisagra.

Pero la luz cambia. De la cocina sale una luz blanca fría que corta el dorado

del salón como un cuchillo y con la luz aparece una figura que no combina con el

cuadro, una muchacha con uniforme azul sencillo, delantal claro, el cabello

oscuro recogido con prisa y en las manos guantes de ule amarillos aún puestos

como si la hubieran sacado de un fregadero a medias. En la plaquita del pecho se lee Marisol Cruz. Santiago la

ve apenas, sin interés real. Un detalle, una parte del mecanismo que hace que la

casa funcione sin que él tenga que pensar en ello. Doña Teresa voltea de

inmediato. Su ceja apenas sube. Un gesto mínimo que en esa casa significa esto no

debía pasar. Camila también la ve. Sus ojos se vuelven dos líneas delgadas, no

por curiosidad, por molestia. Y Nico. Nico la ve como si la luz blanca hubiera

prendido algo dentro de él. Primero se queda quieto, congelado, y su boquita se

abre un poquito. Luego su cara se arruga, los ojos se le llenan y el

llanto sale de golpe, pesado, desesperado, como si el aire le doliera.

La niñera intenta calmarlo. Sh, mi amor. Sh, pero Nico no escucha. Nico estira