Un muchacho pobre conoce a una muchacha rica. Se enamora como loco. Extrañamente

consigue trabajo en su casa para estar cerca. Al octavo día, cuando va a pedir

su mano, misteriosamente ella amanece con fiebre fulminante y

muere en horas. Ya sé, compadre, ya has escuchado ese corrido y tal vez sepas

todo esto. Pero, ¿y los detalles que no caben en una canción? 8 días contra 26

años. Esa es la matemática cruel detrás de la verdadera historia. Aquí te cuento

la tragedia que dio origen al corrido de Modesta Ayala.

Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos

estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.

Iguala, Guerrero. Domingo de mercado, 1903. El sol ya quemaba la plaza cuando

próspero Salgado Marchán llegó desde Teusisapan con su camisa de manta rallada y sus guaraches remendados.

Tenía 19 años y ni un centavo en la bolsa, pero llevaba algo que el dinero

no compra, ese talento para improvisar corridos que le había ganado el apelido de El Loco. La plaza bullía. Vendedores

gritaban precios, arrieros descargaban mulas, mujeres regateaban cebollas y

chile seco. Próspero caminaba entre los puestos buscando algún patrón que necesitara brazos cuando escuchó el

silvato del tren. No era común ver trenes en esos rumbos. La estación más

cercana estaba en Puente de Xla y solo la gente con dinero podía darse el lujo

de viajar así. Próspero se acercó por curiosidad y entonces la vio. Modesta,

la bajaba del vagón con un vestido de manta fina color crema, el pelo recogido

con un listón azul y esa postura tranquila de quien nunca ha pasado hambre. Tenía 17 años y la cara de las

muchachas que aparecen en los sueños de los hombres pobres, inalcanzables, imposibles, prohibidas. Pero algo en

ella era distinto. No miraba a los de abajo con desprecio. Sonreía al vendedor

de mangos. Saludaba con la mano a una vieja que vendía flores. Caminaba por las calles lucidas de iguala, como si el

mundo entero fuera su casa. Próspero la siguió. No sabía qué iba a decirle, pero

los pies se movían solos. La alcanzó cerca del mercado de frutas, donde ella

se había detenido a mirar unos tamarindos. Disculpe, señorita”, modesta, volteó, lo miró de arriba a

abajo, los guaraches rotos, la camisa desteñida, las manos callosas. Próspero

esperó el gesto de desdén que siempre venía, pero ella sonríó. “Sí, joven.

Vengo de lejos y no conozco bien Iguala. ¿Ustedes de por acá? No, vine a pasear

en un tren desde Tetecala.” La voz le salió con ese orgullo pequeño de quien

todavía se maravilla con las novedades. Tomar el tren era presunción en aquella

época y ella lo sabía. Própero, buscó las palabras. Tenía que decir algo

inteligente, algo que la hiciera recordarlo. Tetecala. Dicen que allá las

huertas de mango son las mejores de Morelos. Y es cierto. Modesta ladeó la

cabeza curiosa. Usted ha estado nunca. Pero tengo buena memoria para lo que me

cuentan. Ella rió. Era una risa clara, sin malicia. Próspero, sintió algo

moverse en el pecho. Caminaron juntos por la plaza. Próspero le habló de

Teusisapan, de su oficio de compositor, de los corridos que improvisaba en las

cantinas por un trago de mezcal. Modesta, escuchaba con atención real, no

fingida. le contó de Tetecala, de su padre comerciante, de la casa con el

barandal de acero que brillaba al sol. Las horas pasaron sin que lo notaran.

Cuando el sol empezó a caer, Modesta miró hacia la estación. Mañana me voy.

Mi padre me está esperando. Próspero sintió el peso de esas palabras. Mañana

un día. Después de eso, ella volvería a ser inalcanzable. Por las señas que te

voy a dar, Modesta lo miraba ahora con algo distinto en los ojos. A mi casa debes encontrarla. En el frente un

barandal de acero y un letrero con mi nombre Modesta Ayala. Me está invitando

a Tetecala. Te estoy diciendo dónde vivo. Lo que hagas con esa información

depende de ti. Se despidieron en la plaza. Modesta, subió al carro que la

llevaría de regreso a puente de Xla para tomar el tren. Próspero se quedó parado

viéndola partir con el corazón golpeándole las costillas. No durmió esa

noche se quedó en la plaza, sentado en una banca mirando las estrellas.

Macario, un músico viejo que lo conocía de las cantinas, se sentó a su lado. Te

vi con esa muchacha. No es para ti, chamaco. ¿Por qué no? Porque ella tiene

y tú no tienes. Así de simple. La vas a buscar, te va a romper el corazón y vas

a terminar peor de lo que estás. Próspero no contestó. Sabía que Macario

tenía razón, pero también sabía que no importaba. Cuando el sol empezó a asomar

por el cerro, Próspero se levantó de la banca, se ajustó los guaraches y echó a

caminar rumbo a Tetecala. eran leguas de distancia. El camino subía entre

mezquites y huizaches. Atravesaba pueblos pequeños donde los perros

ladraban a los forasteros. El sol de Morelos no perdona. En marzo para el

mediodía, próspero tenía los labios partidos y las piernas temblando, pero

siguió porque en su cabeza resonaba esa risa clara, ese depende de ti que era

más promesa que consejo. Llegó a Tetecala cuando el sol ya se ponía. El pueblo era más grande de lo que

esperaba. Casas de adobe bien cuidadas, huertas de mango y tamarindo, calles

limpias. Olía a tierra mojada y a fruta madura. encontró la casa sin dificultad.

El barandal de acero brillaba con los últimos rayos del sol. El letrero decía

en letras negras sobre fondo blanco, modesta aala. Próspero se detuvo en la