Grita más fuerte, cabrón. Quiero que todos escuchen lo que les pasa a los que

desafían los dueños de la ley. Nosotros somos los hombres de verdad aquí y ustedes son unos bandiditos de

siguiendo órdenes de Pancho Villa. Él será el próximo en arder en las llamas

del infierno. Después de haber azotado hasta que la mano le quedara adormecida, el coronel

se acercó con la antorcha, listo para el gran final, sin imaginar lo que estaba a

punto de suceder. Pero lo que ese maldito coronel no sabía era que en el

desierto de México hay límites que ni siquiera los más poderosos pueden cruzar

sin despertar la venganza brutal de Pancho Villa. Tú estás escuchando el

canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like

al video y ahora sí, vamos a comenzar. El sol de Chihuahua ya estaba alto,

quemando la tierra reseca como brasas del infierno, pero no tanto como la

rabia que hervía en las venas del coronel federal. Había esperado tanto

ese momento. Había soñado tantas noches con tener a uno de los dorados de villa

en sus manos, que ahora saboreaba cada segundo como si fuera mezcal añejo. Sus

soldados formaban un círculo perfecto alrededor del espectáculo. 60 uniformes

grises sudorosos bajo el calor implacable, fusiles Mauser brillando

como promesas de muerte. Los peones de la hacienda habían sido obligados a

presenciar el castigo, 30 hombres de miradas bajas y sombreros raídos que no

se atrevían a levantar los ojos del suelo polvoriento. Fierro colgaba de las

muñecas atadas con cuerdas gruesas de maguei a una viga horizontal clavada

entre dos postes de mezquite. sangre le corría por la espalda en arroyuelos

rojos que se perdían en la pretina del pantalón desgarrado. Tenía la cabeza

caída hacia adelante, el cabello negro pegado a la frente por el sudor y la

sangre, pero aún respiraba con esa respiración entrecortada de quien se niega a quebrar. Cada vez que el látigo

caía, un gemido animal escapaba de su garganta. Pero no había súplicas, no

había llanto, solo ese sonido primitivo de dolor puro. ¿Sabes qué es lo que más

me gusta de todo esto, fierro? El coronel se acercó, encendió un cigarro

con parsimonia deliberada, dejando que el humo azul se mezclara con el olor a

sangre y sudor. Que cuando Villa se entere de lo que te estoy haciendo, va a venir corriendo como el perro fiel que

Y entonces lo voy a estar esperando con una sorpresita que nunca va a

olvidar. Los ojos de fierro se alzaron por primera vez en una hora, dos pozos

negros de odio concentrado que hicieron que el coronel diera un paso atrás instintivamente,

incluso colgando, incluso sangrando como un animal herido. Rodolfo Fierro seguía

siendo la criatura más peligrosa en 50 leguas a la redonda. El coronel había

oído las historias, sabía lo que ese hombre era capaz de hacer, pero verlo

ahí reducido a carne sangrante le daba una sensación de poder que lo embriagaba

más que cualquier victoria militar. En la mente fragmentada de fierro, entre

oleadas de dolor que le nublaban la visión, comenzó a formarse algo que no

había sentido en años. No era miedo. Nunca había conocido el miedo verdadero,

sino algo más extraño, más profundo, una necesidad urgente de hablar con alguien

que quizás estaba ahí arriba observando, Dios, si es que existes. El pensamiento

llegó quebrado, entrecortado por el dolor que le atravesaba la espalda como

cuchillos al rojo vivo. No sé si me escuchas. Nunca he sido de rezar.

Pero si estás ahí. El coronel ordenó un descanso, no por misericordia, sino por

estrategia. Quería que el prisionero recuperara fuerzas para que el espectáculo durara más tiempo. Se alejó

hacia la sombra del corredor de la casa grande, donde una mesa había sido preparada con agua fresca y frutas. Sus

oficiales lo rodearon como moscas, felicitándolo por la captura, haciendo

planes para la campaña que seguiría. Pero Rábago tenía los ojos fijos en

fierro. Estudiándolo como un científico, estudia un espécimen raro. La hacienda

San Patricio había sido construida como fortaleza, tanto como residencia. Muros

altos de adobe rojizo, torres de vigilancia en las esquinas, un solo portón de entrada flanqueado por garitas

con ametralladoras hochkis. El patio central, donde ahora colgaba fierro

había visto ejecuciones antes, pero nunca de un prisionero tan valioso. Las

habitaciones de la Casa Grande se alzaban en dos pisos alrededor del patio, balcones de hierro forjado desde

donde la familia del coronel podía observar el espectáculo sin mezclarse

con la soldadesca. Un niño de no más de 10 años, hijo de uno de los peones, se

escurrió entre las piernas de los adultos, atraído por una fascinación mórbida que no entendía. Sus ojos negros

se fijaron en el rostro de Fierro, en esa máscara de dolor y furia contenida,

y algo en ese momento se grabó para siempre en su memoria. El coronel lo

vio, sonríó con crueldad. Ven acá, chamaco. ¿Quieres ver de cerca a uno de

los famosos dorados de Villa? Mírale bien la cara para que sepas cómo terminan los que se creen muy valientes.

El niño se acercó temblando, pero no de miedo, sino de algo más profundo, más

primitivo. Fierro alzó los ojos y por un segundo, solo un segundo, sus miradas se

cruzaron. En los ojos del dorado no había súplica, sino una promesa silenciosa, un mensaje que el niño

entendió sin palabras. Esto no va a quedar así. El coronel volvió a su

posición. El látigo crujió en sus manos como una serpiente despertando. Bueno,

Fierro, ya descansaste lo suficiente porque esto apenas está empezando. Lo que viene ahora va a ser mucho, mucho