Papá, por favor, no me dejes aquí, papá. Los gritos desesperados de la niña

rebotaban contra las paredes de piedra de la estrecha calle del barrio gótico,

pero el hombre ya había desaparecido entre las sombras. Sofía, de apenas 7

años, extendía sus pequeñas manos hacia la nada, sus ojos ciegos, buscando

inútilmente una luz que jamás vería. Las lágrimas rodaban por sus mejillas

sucias mientras el frío de la madrugada barcelonesa le calaba hasta los huesos.

Nadie se detuvo. Decenas de personas pasaron junto a ella durante las

siguientes horas. Algunos desviaban la mirada incómodos. Otros aceleraban el

paso como si la miseria fuera contagiosa. Una mujer incluso cambió de

acera al verla. Para todos, Sofía era invisible. Peor aún, era un problema que

preferían ignorar. “Mamá dijo que soy una carga”, susurraba la niña para sí

misma, abrazando sus rodillas contra el pecho. Dijo que no pueden alimentar una

boca más, menos una, que no sirve para nada. Las palabras de su madre resonaban

en su memoria como cristales rotos. “Eres ciega, Sofía. ¿Qué vamos a hacer

contigo? No puedes trabajar, no puedes ayudar, solo comes y comes. Tu hermano

sí tiene futuro, pero tú la había dejado ahí en medio de las ramblas con la

promesa de que volvería. Eso fue hace tres días. Sofía había intentado

moverse, explorar, pero cada paso sin guía era un terror. Había chocado contra

paredes, se había caído dos veces y una vez casi fue atropellada por una moto.

Ahora simplemente se quedaba quieta esperando. No sabía qué. El hambre le

dolía, pero más le dolía el abandono. Era cerca de las 11 de la noche cuando

un Mercedes negro se detuvo bruscamente frente a ella. El chirrido de las llantas hizo que Sofía se encogiera de

miedo. ¿Qué demonios? La voz del hombre era grave, llena de

incredulidad. Rodrigo Santander acababa de salir de una cena de negocios en uno de los

restaurantes más exclusivos del Paseo de Gracia. Vestía un traje italiano de

5,000 € Llevaba un reloj que costaba más que un apartamento y su nombre aparecía

regularmente en las listas de los hombres más ricos de España. Había construido un imperio tecnológico desde

cero y ahora, a sus 42 años lo tenía todo. Todo, excepto lo que acababa de

ver. Señor, deberíamos irnos”, sugirió su chóer nervioso. Esta zona no es segura a

estas horas, pero Rodrigo ya había salido del vehículo. Se acercó lentamente a la pequeña figura

acurrucada contra la pared. La niña temblaba, no sabía si de frío o de

miedo. Su ropa estaba rasgada, su rostro cubierto de mugre y sus pies descalzos

sangraban. Hola”, dijo Rodrigo arrodillándose con cuidado. “¿Estás

bien?” Sofía se encogió más, escondiendo el rostro entre sus brazos. “No te voy a

hacer daño”, continuó él suavizando la voz. “¿Cómo te llamas?” “Silencio.

¿Dónde están tus padres?” “Más silencio, pero esta vez acompañado de un soyozo

ahogado.” Rodrigo miró alrededor. La calle estaba prácticamente vacía.

¿Cuánto tiempo llevaba esta niña aquí? ¿Dónde estaba todo el mundo? De pronto

sintió una furia ardiente contra la indiferencia humana, contra una sociedad que podía pasar junto a una criatura

indefensa como si no existiera. “Escúchame”, dijo esta vez con más

firmeza, pero sin perder la calidez. “Hace mucho frío aquí. Tengo un auto muy

cálido. ¿Quieres venir conmigo? Prometo que estarás a salvo. No puedo ver,

murmuró finalmente Sofía con una voz tan pequeña que Rodrigo apenas la escuchó.

¿Qué dijiste? Que no puedo ver. Soy ciega. Por eso mis papás me dejaron. No

sirvo para nada. Las palabras golpearon a Rodrigo como un puñetazo en el

estómago. Durante un momento no pudo hablar. Había escuchado historias, había

visto documentales, había incluso donado millones a organizaciones benéficas,

pero nunca, nunca había estado tan cerca del verdadero rostro de la crueldad

humana. Eso no es cierto, dijo finalmente, y algo en su voz hizo que

Sofía levantara ligeramente la cabeza. No eres una carga y definitivamente no

eres inútil. Me permites ayudarte. Extendió su mano, aunque sabía que la

niña no podía verla. ¿Por qué? Preguntó Sofía desconfiada.

Todos pasan de largo. Nadie se detiene. Una señora me gritó que me fuera, que

estaba ensuciando la calle. Porque no soy como ellos, respondió Rodrigo. Y en ese momento, sin saberlo

aún, estaba tomando la decisión que cambiaría ambas vidas para siempre.

Y porque creo que tú y yo estábamos destinados a encontrarnos esta noche.

Lentamente, con una timidez desgarradora, Sofía extendió su mano.

Cuando sus dedos tocaron los de Rodrigo, algo extraordinario sucedió. El empresario sintió una conexión que no

podía explicar, como si el universo mismo le estuviera diciendo, “Esta es tu

responsabilidad ahora. Esta es tu propósito. La levantó con cuidado,

sorprendido de lo poco que pesaba. La niña estaba desnutrida, eso era evidente. Su chóer abrió la puerta

trasera del Mercedes, mirando a su jefe con una mezcla de sorpresa y admiración.

al hospital San Joan de Deu, ordenó Rodrigo. Ahora, mientras el auto

arrancaba, Sofía se acurrucó en el asiento de cuero, experimentando por

primera vez en días algo parecido a la seguridad. El calor del auto, el suave

ronroneo del motor y, extrañamente, la presencia de este hombre desconocido la

hacían sentir protegida. “¿Cómo te llamas?”, preguntó nuevamente Rodrigo.