En un restaurante de Querétaro, una niña de 6 años camina hacia un hombre desconocido, un millonario que lleva

años con el corazón cerrado, y le dice algo que lo rompe por completo.

Señor, mi mamá también está solita. Esa frase, dicha con la inocencia que

solo un niño tiene, está a punto de cambiar tres vidas para siempre. Quédate

hasta el final y descubre como un encuentro fallido se convirtió en el inicio de algo que ninguno de ellos

imaginó posible. Renata empuja la puerta del restaurante con una mano temblorosa,

mientras con la otra sostiene firmemente la mano de Talía. Tiene 36 años y ha

aprendido a enfrentar el mundo sola, pero esta noche algo le dice que tal vez, solo tal vez la soledad podría

terminar. El aroma a mole y tortillas recién hechas llena el lugar y las luces

cálidas del restaurante contrastan con el frío que siente en el pecho. Talia,

con sus 6 años y sus ojos curiosos, mira a su alrededor fascinada por las mesas decoradas con papel picado y flores de

sempasuchil. Renata busca con la mirada al hombre que conoció por una aplicación. Ese tal Ricardo, que parecía

amable en los mensajes, lo encuentra sentado cerca de la ventana. vestido con

camisa clara y una sonrisa educada que se congela apenas las ve llegar juntas.

Renata respira hondo y camina hacia él con Talía a su lado, porque decidió hace tiempo que la honestidad era el único

camino posible. No va a esconder a su hija, no va a fingir ser alguien que no

es, aunque eso signifique enfrentar el rechazo una y otra vez. Ricardo se pone

de pie con cortesía cuando llegan a la mesa, pero sus ojos ya lo han dicho todo. Renata lo nota de inmediato, ese

brillo que se apaga, esa sonrisa que se vuelve más tensa, ese lenguaje corporal

que grita lo que sus labios aún no se atreven a decir. Alía, ajena a la

tensión, sonríe y saluda con la mano, su vestido moviéndose mientras hace una

pequeña reverencia que aprendió viendo caricaturas. El momento se estira incómodo y Renata

siente como el sueño de esta noche comienza a desmoronarse antes siquiera

de sentarse. Ricardo carraspea y mira su reloj con un gesto que pretende ser

casual, pero que resulta obvio. “Renata, qué gusto conocerte al fin”, dice con

una voz que suena hueca, vacía de la calidez que tenía en los mensajes de texto. Se agacha para quedar a la altura

de Talía y le sonríe, pero es una sonrisa profesional, distante, la misma

que usaría con la hija de un cliente. Y tú debes ser Talía. Tu mamá me contó de

ti”, agrega, “Aunque Renata sabe que eso es mentira, ella nunca mencionó a su

hija en las conversaciones previas porque quería esperar al momento adecuado.” Talia asiente con entusiasmo

y comienza a hablar sobre su muñeca favorita, pero Ricardo ya no está escuchando. Se incorpora rápidamente y

mira a Renata con una expresión que intenta ser comprensiva, pero que solo refleja incomodidad. Mira, Renata, acaba

de surgir algo, empieza a decir, y ella ya sabe lo que viene. Ha escuchado esta

misma frase en diferentes versiones demasiadas veces. Una emergencia

familiar. Mi hermana acaba de llamarme y necesito irme de inmediato. Continúa

sacando su cartera y dejando unos billetes sobre la mesa con prisa. Renata asiente en silencio. No hay lágrimas, no

hay reclamos, solo una aceptación cansada de una realidad que conoce demasiado bien. Ricardo se despide con

un Fue un gusto conocerte, que suena a despedida final y sale del restaurante

sin mirar atrás, sus pasos apresurados resonando contra el piso de cerámica.

Renata se sienta lentamente en la silla que él dejó vacía y ayuda a Talía a subirse a la silla de al lado. Talía

balancea sus piernas todavía sonriente y pregunta, “¿Ya se fue el señor mami?”

Renata traga el nudo que tiene en la garganta y asiente, acariciando el cabello oscuro de su hija con ternura.

“Sí, mi amor, tenía que irse.” Responde con una voz que intenta sonar normal,

aunque por dentro algo se rompe otra vez. Talía la mira con esos ojos enormes que

todo lo ven, que perciben más de lo que una niña de 6 años debería percibir.

“Fue por mi culpa, mami”, pregunta en voz baja. Y esas cinco palabras destrozan a Renata más que cualquier

rechazo. Se inclina hacia su hija y le toma las manos con firmeza, buscando sus

ojos para que vea la verdad. “Escúchame bien, Talía”, le dice con voz seria,

pero llena de amor. “Nada de esto es tu culpa. Nunca lo ha sido ni lo será.

Talia asiente, pero Renata ve la sombra de duda que permanece en su mirada, esa herida invisible que se forma cuando un

niño empieza a creer que es un obstáculo. El mesero se acerca con un menú y Renata ordena algo simple para

compartir, aunque sabe que ninguna de las dos tiene mucho apetito. Las voces de las otras mesas llenan el silencio

entre ellas, risas y conversaciones que contrastan con la quietud de su pequeña

mesa junto a la ventana. Renata mira hacia afuera, donde las luces de Querétaro brillan en la noche, y se

pregunta si algún día encontrará alguien que las vea como un paquete completo, no

como un problema a evitar. Talia saca un pequeño cuaderno de dibujo de la mochila

que siempre carga y empieza a trazar líneas con un crayón. Su forma de procesar el mundo cuando las palabras no

alcanzan. El restaurante está lleno para hacer un miércoles por la noche. Parejas

cenando, familias celebrando y Renata se siente como una intrusa en ese mundo de

conexiones que parecen funcionar para todos, menos para ella. Ha trabajado 12

horas diarias limpiando oficinas para darle a Talía una vida digna, para que

tenga ropa limpia y útiles escolares, para que nunca sienta que le falta algo material, aunque le falte un padre. dejó

la escuela cuando quedó embarazada a los 29 años. Cuando el hombre que juró amarla desapareció, apenas supo que

Talía venía en camino, 4 años sin saber nada de él, 4 años de ser mamá y papá al

mismo tiempo, de secar lágrimas y celebrar logros sola, de preguntarse si

algún día volvería a sentir mariposas en el estómago por alguien. Esta aplicación

de citas fue idea de su amiga Rocío, quien insistió en que Renata merecía una