Millonario se detiene en la calle de noche y no puede creer lo que ve. El

chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado rompió el silencio sepulcral de la noche suburbana. El

imponente sedán negro, una bestia de ingeniería alemana blindada y diseñada

para intimidar, se detuvo con una violencia que habría hecho temblar a cualquier pasajero. Pero Lisandro

Valderrama ni siquiera parpadeó. Sus manos, grandes y marcadas por venas que

delataban una fuerza física cultivada durante décadas, apretaron el volante forrado en cuero hasta que los nudillos

se tornaron blancos. No le importaba el daño a la suspensión ni el riesgo de

detenerse en un barrio que sus asesores de seguridad habrían calificado como una

zona roja. Sus ojos, de un gris tormentoso bajo unas cejas pobladas y

blancas estaban fijos en un único punto iluminado por los faros halógenos, una

pequeña figura solitaria en la acera desierta. Lisandro apagó el motor. El

silencio regresó, solo interrumpido por el rítmico golpeteo de la lluvia fina sobre el metal del capó. Cualquier otro

hombre de su posición, un magnate del acero conocido por su frialdad en los negocios y su incapacidad para perdonar

errores, habría llamado a la policía desde la seguridad de su fortaleza con ruedas. Lisandro no. Una intuición

visceral. Ese sexto sentido que le había permitido construir un imperio desde la

nada y aplastar a sus competidores sin piedad, le gritaba que saliera. No era

compasión. Lisandro se decía a sí mismo que había matado su compasión hacía 10

años, la noche en que su apellido se rompió en dos. Era algo más primitivo,

una atracción magnética hacia esa niña, que no debería estar allí, sola bajo la

llovisna helada. Abrió la puerta y el aire frío de la noche lo golpeó en el rostro, humedeciendo instantáneamente su

impecable barba blanca, perfectamente recortada y estilizada. Lisandro era un

hombre vanidoso a sus 60 años. Su cuerpo musculoso llenaba a la perfección un

traje de color carbón hecho a medida que costaba más que todas las casas de esa cuadra juntas. Pero en ese momento la

lluvia que manchaba la tela italiana era irrelevante. Bajó al asfalto brillante y

húmedo, sus zapatos de cuero crujiendo sobre la gravilla suelta. La calle estaba vacía, salvo por un coche borroso

que se alejaba a toda velocidad en la distancia. Dejando un rastro de luces rojas que

parecían ojos malignos desapareciendo en la oscuridad. La niña no corrió. Eso fue

lo primero que desconcertó a Alisandro. Caminó hacia ella con pasos largos y decididos, su figura proyectando una

sombra alargada bajo la luz amarillenta y parpade de las farolas callejeras. Ella estaba allí de pie junto a una

cerca de madera despintada como una aparición sacada de un cuento olvidado.

Llevaba un vestido rosa que había visto días mejores y una chaqueta beige abotonada hasta el cuello. Una prenda

demasiado fina para el clima cortante de esa noche. Sus trenzas rubias caían

sobre sus hombros, húmedas y pesadas, pero su rostro estaba extrañamente limpio, iluminado por una inocencia que

contrastaba brutalmente con la suciedad del entorno urbano. Lisandro se detuvo a

un metro de ella. Su presencia era intimidante por naturaleza. Era un

hombre acostumbrado a que la gente bajara la mirada ante él, a que sus empleados temblaran y sus rivales

retrocedieran. Pero la niña alzó la vista. Sus ojos grandes y curiosos se encontraron con la

mirada de acero del millonario y entonces hizo lo impensable. Sonríó. No

era una sonrisa de miedo ni una mueca nerviosa. Era una sonrisa genuina,

cálida, como si hubiera estado esperando a un viejo amigo en medio de la nada.

Lisandro sintió un nudo en el estómago, una sensación de vértigo que no experimentaba desde hacía años.

Sus piernas, entrenadas para soportar pesos inmensos en el gimnasio, flaquearon por un instante. Ignorando el

agua sucia que se acumulaba en los baches, Lisandro flexionó las rodillas y se agachó. Quedó a la altura de la niña,

en una posición de cuclillas que tensó la tela de su pantalón gris. Ahora estaban cara a cara. El gigante de la

industria y la pequeña náufraga urbana. ¿Estás perdida, pequeña?, preguntó

Lisandro. Su voz, habitualmente un trueno grave acostumbrado a dar órdenes, salió ronca,

casi suave. La niña no respondió de inmediato. Mantuvo esa sonrisa serena,

como si supiera un secreto que el hombre más poderoso de la ciudad ignoraba. con un movimiento lento y deliberado,

despegó sus pequeñas manos del pecho, donde las había mantenido protegidas del frío. Fue entonces cuando el mundo de

Lisandro Valderrama se detuvo. El sonido de la lluvia desapareció.

El frío se esfumó. Todo su universo se redujo a lo que la niña sostenía entre sus dedos pequeños y pálidos. No era un

juguete, no era un teléfono, era un reloj de bolsillo de oro macizo antiguo,

con la tapa desgastada por el roce constante de un pulgar nervioso. El metal brillaba intensamente bajo la luz

artificial de la calle, casi burlándose de la oscuridad circundante. Pero no fue el oro lo que hizo que el

corazón de Lisandro dejara de latir por un segundo completo. Fue el grabado en la tapa. Un escudo

familiar complejo, dos leones rampantes sosteniendo un yunque, el escudo de los

Valderrama. Lisandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Conocía cada

rasguño de ese reloj. Conocía el peso exacto, el sonido preciso de su

mecanismo suizo al abrirse. Era una pieza única encargada por su propio

padre hace 70 años. una reliquia que debía pasar de generación en generación

como símbolo de poder y continuidad. Pero ese reloj no estaba en su caja fuerte, ese reloj no estaba en su

muñeca. Ese reloj había salido de su vida hacía exactamente una década,

arrojado con furia a las manos de la única persona a la que juró no volver a ver jamás. Su mente, tan ágil para los

números y las estrategias, colapsó ante la imposibilidad de la imagen, el reloj

de su dinastía. sostenido por una niña desconocida con trenzas rubias en una calle olvidada por Dios. La niña

extendió la mano hacia él, ofreciéndole el objeto sagrado como si fuera la llave de una puerta que Lisandro había cerrado

con candado y tirado al fondo del mar. El millonario tragó saliva sintiendo un