Millonario se detiene en la calle Nevada y no puede creer lo que ve. Los frenos
del automóvil de lujo chirriaron violentamente contra el asfalto congelado, rompiendo el silencio
sepulcral de la noche madrileña. Don Rogelio no esperó a que el vehículo se

detuviera por completo. Abrió la puerta trasera y salió tambaleándose hacia la nieve con el corazón latiéndole en la
garganta como un martillo de guerra. No le importó que sus zapatos de cuero italiano, que costaban más de lo que una
familia promedio ganaba en un mes, se hundieran en el barro helado. No le
importó que el viento cortante desordenara su cabello blanco inmaculado. Sus ojos estaban fijos en un
solo punto, allá adelante, bajo la luz mortesina de una farola parpadeante.
“¡Ey!”, gritó con la voz quebrada por una mezcla de terror y autoridad. Niñas,
no se muevan. Allí estaban dos figuras diminutas, apenas visibles contra la
blancura de la tormenta. Dos niñas idénticas, no mayores de 4 años, paradas
en medio de la cera desierta del barrio de Salamanca. El viento aullaba entre
los edificios señoriales, pero ellas no lloraban. Estaban tomadas de la mano,
inmóviles como dos estatuas de porcelana abandonadas a su suerte. Lo que eló la
sangre de Rogelio no fue la temperatura bajo cero, sino ver cómo vestían.
Llevaban vestidos idénticos de lana color burdeos con cuellos de bebé, medias finas y botitas marrones que
claramente ya no eran de su talla. No tenían abrigos, no tenían gorros, solo
se tenían la una a la otra. Suscríbete ahora a nuestro canal para descubrir por
qué este encuentro en la nieve estaba destinado a cambiar el destino de una dinastía entera. No querrás perderte lo
que don Rogelio está a punto de encontrar. Rogelio llegó hasta ellas y se dejó caer de rodillas. El impacto de
sus rodillas contra el suelo duro fue doloroso, pero él ni siquiera parpadeó.
Quedó a la altura de sus ojos. Las niñas retrocedieron medio paso, apretándose
más la una contra la otra. Sus caritas estaban rojas por el frío, los labios
tenían un tono azulado que hizo que a Rogelio se le revolviera el estómago de pura angustia. Tranquilas, tranquilas”,
susurró Rogelio, quitándose frenéticamente su pesado abrigo de lana gris marengo. “No les haré daño, soy soy
un amigo.” Extendió el abrigo con manos temblorosas y lo envolvió alrededor de
los dos cuerpos pequeños. Al mismo tiempo, al tocarlas, sintió el hielo en
sus pieles. Estaban congeladas. Una de ellas, la que tenía un pequeño
lunar cerca de la barbilla, levantó la vista. Y entonces el tiempo se detuvo para el
magnate. Esos ojos eran de un color gris tormenta con motas verdes alrededor de
la pupila. Eran ojos que él veía cada mañana en el espejo mientras se afeitaba. Eran los ojos de su madre,
fallecida hacía décadas, y más dolorosamente eran los ojos de Camila,
su única hija. La hija a la que había desterrado de su vida hacía 5 años en un
ataque de orgullo y soberbia imperdonable. “Mami, preguntó la niña del lunar con un
hilo de voz que apenas salió de su garganta entumecida. Rogelio sintió que el aire le faltaba. Las lágrimas
calientes y repentinas brotaron de sus ojos, nublando su visión. “No, pequeña,
no soy mami”, dijo con voz ronca, ajustando el abrigo gigante sobre sus hombros frágiles. “Pero vamos a
buscarla. ¿Dónde está mamá?” La segunda niña, que hasta ese momento había permanecido en silencio observando
con desconfianza, señaló con un dedo enguantado en lana raída hacia una mochila verde desgastada quecía medio
enterrada en la nieve a pocos metros de ellas. Era una mochila infantil sucia,
con una de las correas rota. Rogelio se estiró y agarró la mochila. Pesaba muy
poco, demasiado poco para contener la vida de dos niñas. Con dedos torpes por
el frío y los nervios, abrió el cierre principal. No había comida, no había
agua, solo había un par de calcetines sucios, un juguete de plástico roto y un
sobre de papel manila doblado por la mitad y debajo del sobre una fotografía.
Sacó la foto. La imagen estaba arrugada y tenía marcas de haber sido tocada
miles de veces. Rogelio tuvo que acercarla a sus ojos para enfocar bajo la luz de la calle. Era una foto de
hacía 20 años. En ella, un Rogelio mucho más joven, con el cabello aún negro y
una sonrisa arrogante, sostenía en brazos a una niña rubia de 5 años frente
a un árbol de Navidad gigante. El reconocimiento fue un golpe físico, como un puñetazo en el pecho. Esa foto había
estado en el escritorio de su despacho hasta el día en que echó a Camila de casa. Ella se la había llevado. Era lo
único que se había llevado. Abuelo! Susurró la segunda niña mirando la foto
que él sostenía. Rogelio levantó la vista bruscamente. La niña no leía la
foto. Lo miraba a él. Lo había reconocido, no por quién era ahora, sino
por la imagen que su madre les había mostrado una y otra vez. Sí. La palabra
salió como un soyozo ahogado. Sí, soy yo. Soy el abuelo. El chófer de Rogelio,
un hombre robusto llamado Manuel, que llevaba 20 años a su servicio, llegó corriendo en ese momento con un paraguas
negro abierto que casi sale volando por el viento. “Don Rogelio se va a enfermar. ¿Qué hace en el suelo?”,
gritó Manuel horrorizado al ver a su jefe, el hombre más temido de las finanzas de España, arrodillado en la
nieve sucia, abrazando a dos niñas vagabundas. “Al con mi salud,
Manuel”, rugió Rogelio, poniéndose de pie y levantando a las dos niñas en brazos al mismo tiempo. Eran tan ligeras
que el hecho le rompió el corazón una vez más. Abre el auto, sube la calefacción al
máximo. Ahora las niñas se aferraron a su camisa de seda blanca, manchándola de
nieve y mugre. Rogelio las apretó contra su pecho, sintiendo sus cuerpecitos
temblar violentamente. “Nunca más”, pensó con una furia repentina hacia sí mismo y hacia el
mundo. “Nunca más pasarán frío.” Pero la pregunta martillaba su cerebro mientras
corría hacia el auto blindado. ¿Por qué estaban solas? ¿Dónde estaba Camila?
¿Por qué sus nietas estaban en la calle en medio de la peor tormenta del año? El
interior de la limusina Mercedes era un santuario de calidez y cuero oloroso, un
contraste brutal con el infierno blanco que rugía afuera. Rogelio depositó a las
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