
millonario, llega más temprano a casa con huerta y casi se desmaya con lo que
Alejandro dejó caer su costoso maletín de cuero sobre la grava del camino y el sonido seco retumbó como un
disparo en el silencio de la tarde. No podía respirar. Sus ojos, acostumbrados
a revisar contratos millonarios y detectar el más mínimo error en sus empresas, no lograban procesar la escena
surrealista que tenía frente a él. Allí, en su inmaculado jardín de hierbas
aromáticas, el lugar que él exigía que estuviera siempre perfecto y geométricamente alineado estaba Lucía,
pero no era la Lucía eficiente y silenciosa que le servía el café por las mañanas. Esta mujer estaba de rodillas
en la tierra húmeda, con el uniforme azul manchado de barro y sudor,
arrancando malas hierbas con una mano, mientras con la otra sostenía el precario equilibrio de dos vultos que
llevaba atados al cuerpo. Alejandro dio un paso adelante, sintiendo como la
sangre le subía a la cabeza. No eran bultos, eran bebés. Lucía llevaba a uno
de los niños atado al pecho con una tela gris desgastada. y al otro increíblemente
lo cargaba en una especie de mochila improvisada a la espalda, balanceando el peso mientras trabajaba agachada bajo el
sol inclemente. Los pequeños reían ajenos al peligro y al esfuerzo sobrehumano de su madre,
intentando atrapar las mariposas que volaban cerca de las tomateras. “¿Qué demonios significa esto?” El grito de
Alejandro desgarró la paz del jardín. Lucía dio un salto tan brusco que casi
pierde el equilibrio. Al girarse, el terror puro deformó su rostro joven. Sus
ojos se abrieron desmesuradamente al ver a su jefe, el imponente Alejandro de la
Vega, parado en la entrada del huerto tres días antes de lo previsto. Estaba
pálida, temblando como una hoja, y el movimiento repentino asustó a los bebés.
La risa de los niños se cortó en seco, reemplazada por un silencio tenso de un
segundo antes de estallar en un llanto unísono y ensordecedor.
“Señor, señor de la Vega”, balbuceó Lucía soltando la pala y tratando
instintivamente de cubrir las cabezas de sus hijos con sus manos sucias de tierra, como si pudiera protegerlos de
la furia del hombre. Yo no sabía. Usted no debía volver hasta el viernes.
Alejandro avanzó ignorando el llanto de los bebés que le taladraba los oídos.
Odiaba el desorden, odiaba las mentiras y, sobre todo, odiaba que su santuario
personal fuera invadido. Te pago para mantener esta casa impecable, no para
que montes una guardería clandestina en mi propiedad. bramó él señalando a los
niños con un dedo acusador. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? ¿Cuántas
veces has traído a estos niños aquí sin mi permiso? Lucía se puso de pie con
dificultad, el peso doble de los mellizos tirando de su espalda cansada.
Las lágrimas comenzaron a trazar surcos limpios en sus mejillas polvorientas.
Es la primera vez, se lo juro. Soyozó ella con la voz quebrada por la
angustia. Por favor, déjeme explicarle. No tenía opción, señor, hoy no tenía
opción. Alejandro se pasó una mano por el cabello, frustrado, mirando con
incredulidad como uno de los bebés, con los ojos llenos de lágrimas estiraba una
manita regordeta hacia él como pidiendo auxilio. Aquel gesto lo descolocó por
una fracción de segundo, pero su rigidez volvió de inmediato. Suscríbete ahora si
quieres saber qué secreto oculta Lucía y por qué este momento cambiará el destino
de ambos para siempre. El llanto de los bebés aumentaba, un sonido agudo que
crispaba los nervios de Alejandro. Él dio un paso atrás como si los niños
fueran contagiosos. Haz que se callen,” ordenó con voz
gélida, y sácalos de mi jardín inmediatamente. Estás despedida, Lucía. Quiero que
recojas tus cosas y te largues ahora mismo. La sentencia cayó sobre Lucía,
más pesada que cualquier carga física. se llevó las manos a la boca para ahogar
un grito mientras los bebés, sintiendo el pánico de su madre, lloraban con más
fuerza, aferrándose a su ropa como náufragos. No, por favor, señor de la Vega, se lo
suplico. Lucía se arrojó al suelo de nuevo, ignorando el dolor en sus rodillas al
golpear la grava, abrazando a sus hijos contra su pecho en un gesto de protección desesperada.
No me despida. Haré lo que sea, trabajaré el doble. No me pagué este mes si quiere, pero no me eche. Alejandro
miró la escena desde su altura, manteniendo su postura rígida e implacable. La imagen era patética y
desgarradora. Una madre joven, sola, humillándose en el suelo mientras dos
criaturas idénticas lloraban sin consuelo. Pero Alejandro había
construido su imperio cerrando su corazón a las emociones baratas. Para él
era una violación de contrato, un riesgo de seguridad, una mentira. Levántate”,
dijo él con un tono bajo y peligroso. “Deja de hacer un espectáculo. No voy a
permitir niños en esta casa. Hay herramientas peligrosas, hay productos
químicos, hay”. Se detuvo incapaz de admitir que lo que más le molestaba era
la intrusión en su soledad controlada. Es una irresponsabilidad absoluta
traerlos aquí mientras trabajas. ¿Qué clase de madre eres? Esas palabras
golpearon a Lucía más fuerte que una bofetada. Levantó la vista y por un
momento el miedo en sus ojos dio paso a un destello de dignidad herida. Soy la
clase de madre que hace lo que sea para que sus hijos no duerman en la calle, Señor”, respondió ella con voz
temblorosa pero firme, mientras acunaba la cabeza de uno de los bebés que ipaba
contra su cuello. “Me echaron de la pensión esta mañana. La dueña dijo que los bebés lloraban mucho. Me puso las
maletas en la cera a las 5 de la mañana. No tengo a nadie, señor. No tengo
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