Felipe detuvo el coche cuando vio a dos niños idénticos tocando música con

basura en la acera. Uno sostenía una guitarra vieja y el otro marcaba el

ritmo golpeando latas abolladas. Bajó del coche con su traje negro y se agachó

frente a ellos. Los niños lo miraron con desconfianza y Felipe se quedó allí

observando aquellas manos pequeñas que sostenían los instrumentos. Antes de

comenzar esta historia emocionante, comenta aquí abajo desde qué ciudad nos

estás viendo y deja tu like para seguir acompañándonos. Felipe permaneció allí

en cuclillas contemplando a aquellos dos niños idénticos que sostenían

instrumentos improvisados como si fueran prolongaciones naturales de sus propios

cuerpos. Había algo en ese instante que no lograba explicar, una presión antigua

en el pecho que no sentía desde hacía años. Tal vez era la manera delicada con

que uno sujetaba una guitarra vieja, a pesar de las manos manchadas de tierra y

grasa, o quizá el ritmo exacto que el otro arrancaba al golpear palos contra

latas abolladas. había pasado por esa calle cientos de veces durante los

últimos cinco años, siempre con prisa, siempre pensando en dinero y contratos,

y jamás había notado que allí existían niños haciendo música con aquello que los demás tiraban a la basura. Los dos

seguían inmóviles, mirándolo con esa mezcla de miedo y desconfianza que los

niños en situaciones duras aprenden demasiado pronto. Rafael apretó la guitarra contra el pecho en un gesto

protector mientras Gabriel escondía los palos detrás de la espalda como si

resguardara un tesoro. Sabían que la gente bien vestida solía traer problemas

o intentaba sacarlos de allí o llamaba a la policía diciendo que estorbaban al comercio. Felipe notó el gesto y sintió

una punzada incómoda en el estómago porque sabía que él mismo había hecho

eso antes. Había cruzado la calle para no pasar cerca de niños vulnerables y

había reclamado a los guardias por personas que pedían ayuda frente al edificio de su oficina. El sol de la

mañana caía con fuerza sobre la acera y Felipe veía las gotas de sudor correr

por las frentes de los chicos. Allí estaban, sentados en medio del calor,

aferrados a sus instrumentos, como si nada más importara en el mundo. Las

camisetas grises estaban tan sucias y rotas que era imposible adivinar su

color original. Las rodillas de los vaqueros tenían agujeros enormes por

donde asomaba la piel sucia y arañada, y en los pies llevaban chanclas

completamente distintas, como si cada pie hubiera encontrado la suya en un

lugar diferente. “¿Vivís por aquí cerca?”, preguntó Felipe, intentando

suavizar la voz, sin lograr ocultar del todo el tono autoritario de quien está

acostumbrado a dar órdenes. Rafael miró a Gabriel y ambos intercambiaron esa

mirada fugaz que solo los gemelos dominan, un lenguaje silencioso cargado

de significados. Tras unos segundos, Rafael respondió con una voz fina, pero

sorprendentemente firme. No estamos haciendo nada malo, señor. Mantuvo los

ojos fijos en el hombre del traje como evaluando cada movimiento. Solo tocamos

aquí porque a veces la gente se detiene a escuchar y deja unas monedas, pero no

pedimos nada, solo tocamos. Felipe negó con la cabeza porque eso no era lo que

quería saber. No había bajado del coche para echarlos de allí, ni para quejarse del ruido. Ni siquiera entendía bien por

qué había frenado en mitad de la calle, dejando atrás bocinazos furiosos. Había

algo en esos dos niños que removía algo dormido dentro de él. Quizá la forma en

que se protegían sin palabras o tal vez el simple hecho de que tuvieran un talento auténtico y estuvieran allí

haciendo música con basura mientras hijos de ricos pagaban fortunas en

clases y no lograban tocar ni la mitad de eso. No, no dijo alzando las manos en

señal de paz. No he venido a quejarme, solo me detuve porque me parece increíble como tocáis. ¿Quién os enseñó?

Gabriel dejó caer los palos y dio un paso al frente, colocándose junto a su

hermano. Los dos quedaron alineados como un solo ser dividido en dos cuerpos.

Rafael pasó la mano por la guitarra quitando parte del polvo acumulado en la madera agrietada antes de responder.

Miró el instrumento con el cariño de quien cuida algo precioso y luego alzó

la vista. Nadie nos enseñó, señor”, dijo con una mezcla de orgullo y nostalgia.

Encontramos esta guitarra en la basura detrás de una tienda de música hace como dos años. Estaba rota, pero la

arreglamos con pegamento y alambre. Al principio no sonaba bien, pero seguimos

probando hasta que funcionó. El pecho de Felipe se apretó aún más al comprender

que aquellos niños habían aprendido solos, sin maestro, sin escuela, sin

ningún adulto que los guiara, transformando un instrumento roto en algo que sonaba mejor que muchos músicos

con clases caras. Miró los tambores improvisados, las latas dispuestas

alrededor y entendió que cada objeto estaba allí por una razón. No era basura

al azar, era una batería construida con cuidado, donde cada pieza tenía su

sonido y su propósito. ¿Y tú?, preguntó mirando a Gabriel, que ya sostenía otra

vez los palos con firmeza. “También aprendiste solo.” Gabriel asintió y por

primera vez dibujó una sonrisa tímida. golpeó una lata y luego otra más

pequeña, creando un ritmo sencillo pero perfecto que revelaba que sabía exactamente lo que hacía. Felipe no

entendía de música, pero incluso él percibía que aquello no era casualidad,

era talento puro, trabajado con paciencia. “Venimos casi todos los

días”, dijo Gabriel. “Por fin tocamos temprano cuando la gente va a trabajar y

por la tarde cuando vuelve.” Algunos se paran, otros fingen que no existimos, pero da igual, nos gusta

tocar incluso cuando nadie escucha. Esa frase golpeó a Felipe como un puñetazo

invisible. Cuántas veces en su vida había hecho algo solo por placer, sin