Millonario conoce a una niña mendiga que está muy enferma. Ella le revela su gran sueño. Señor, quiero casarme antes de

partir. Lo que él hace deja a todos sin reacción. Carmen se levantó antes de que

el sol saliera. Su espalda dolía por haber dormido en el colchón del suelo, pero no tenía tiempo de quejarse. Tenía

que preparar algo de comer antes de salir a trabajar. miró a su hija Valeria, de 6 años, que dormía

profundamente, su pequeño cuerpo envuelto en una cobija vieja, pero limpia. Su cabeza calva resaltaba en la

penumbra de la habitación. La vida nunca había sido fácil para Carmen, pero desde

que Valeria enfermó, todo se volvió una lucha constante. Antes trabajaba como

empleada doméstica en varias casas, pero con tantas visitas al hospital, las

patronas dejaron de llamarla. Ahora limpiaba oficinas cuando podía y vendía dulces en los semáforos, pero el dinero

apenas alcanzaba para la renta del pequeño cuarto en la vecindad. Se acercó a su hija y acarició su mejilla. Sentía

impotencia al verla tan frágil. Quería darle una vida mejor. Pero, ¿cómo?

Suspiró poniéndose de pie. No podía permitirse pensar en eso ahora. A kilómetros de distancia, en una torre de

cristal con vista panorámica de la ciudad, Alejandro Montero tomaba su café

matutino en su oficina de lujo. Su asistente repasaba su agenda del día mientras él miraba su reflejo en la

ventana. Traje impecable, reloj costoso, rostro serio. Todo en su vida era orden

y perfección. era dueño de una de las empresas más poderosas del país.

Acostumbrado a firmar contratos millonarios y tomar decisiones que afectaban a miles de personas, Alejandro

no se permitía distracciones ni sentimentalismos. Había aprendido desde joven que la

debilidad no tenía cabida en los negocios. Creció rodeado de lujos, pero

nunca conoció el amor. Sus padres murieron cuando era niño y sus tíos, más

interesados en la herencia que en él, lo criaron con frialdad. Con el tiempo,

Alejandro se convirtió en un hombre imponente, respetado y temido. Pero en

lo más profundo de su ser había un vacío que ni todo el dinero del mundo podía llenar. El sol ya estaba alto cuando

Carmen y Valeria caminaron juntas hasta la avenida principal. La niña se sostenía de la mano de su madre con

pasos inseguros. La quimioterapia la debilitaba cada día más, pero aún sonreía. “Mami, ¿soy podemos comer

tamales?”, preguntó con voz esperanzada. Carmen sintió un nudo en la garganta.

Solo tenían unas monedas y tenían que usarlas para lo básico. Hoy no, mi amor,

pero pronto te lo prometo. Valeria asintió sin insistir. Ese día, mientras

Carmen vendía dulces en el semáforo, Valeria se sentó en un banquito viejo cerca de la plaza. Observó a la gente

pasar imaginando historias sobre ellos. Entonces vio a un hombre alto, elegante,

caminando sin rumbo. Tenía un rostro serio, pero sus ojos reflejaban

tristeza. Algo en Insix. Él llamó su atención. “Parece un príncipe”, murmuró para sí

misma sin pensarlo demasiado. Se puso de pie y caminó tambaleándose hacia él.

Valeria caminó con pasos inseguros hasta el hombre de traje elegante. Su corazón latía rápido, no de miedo, sino de

emoción. Había visto príncipes en los cuentos que su mamá le leía antes de dormir, y aquel hombre se parecía a

ellos, pero sin corona. Alejandro, perdido en sus pensamientos, no notó la

pequeña figura acercándose hasta que sintió un leve tirón en su saco. Bajo la

mirada y encontró a una niña frágil, de grandes ojos oscuros y una sonrisa

tímida. No tenía cabello y su ropa estaba gastada, pero algo en ella lo

hizo detenerse. “Señor”, dijo Valeria con voz suave. Alejandro frunció el

ceño. No estaba acostumbrado a que extraños se le acercaran. mucho menos una niña en la calle. Sí. ¿Quieres

casarte conmigo? El empresario parpadeó sorprendido. Por un instante pensó que había

escuchado mal. A su alrededor la ciudad seguía su curso, los autos pasando, la

gente caminando, pero él solo podía enfocarse en aquella niña que lo miraba con total seriedad.

casarme”, repitió sin saber qué responder. Valeria asintió con entusiasmo. “Sí, quiero ser una princesa

antes de irme al cielo. El aire se volvió más pesado.” Alejandro sintió un nudo en el estómago. No era un hombre de

sentimientos, pero la forma en que la niña lo dijo como si hablara de algo inevitable, algo que ya había aceptado.

Antes de que pudiera responder, una mujer apareció corriendo y tomó a la niña de la mano. “Valeria”, exclamó

Carmen con el rostro lleno de angustia. Luego alzó la vista y vio a Alejandro.

Su corazón se detuvo un segundo. “Señor, lo siento mucho.

Mi hija” Carmen tragó saliva incómoda. No quise que lo molestara. Alejandro miró a la

mujer. Su ropa era sencilla. Su rostro mostraba cansancio, pero sus ojos tenían

la misma mirada fuerte que la niña. No me molestó, dijo al fin volviendo la

vista a Valeria. ¿Por qué quieres ser una princesa? Valeria sonrió. Porque las

princesas son felices y yo quiero ser feliz aunque sea un ratito. Alejandro

sintió un escalofrío en la nuca. Algo en esa respuesta lo llevó de vuelta a un

recuerdo enterrado. Un niño pequeño, solo en un enorme comedor vacío. Un

plato de comida servido por empleados que nunca le dirigían la palabra. Nadie

le preguntaba cómo estaba. Nadie le contaba cuentos antes de dormir. Su

pecho se contrajo. Tal vez en otro tiempo él también había querido ser feliz. Solo por un ratito tragó saliva.

Las princesas siempre deben sonreír, dijo en voz baja, sin saber por qué.

Valeria asintió. Entonces yo voy a seguir sonriendo. Ya la molestamos

suficiente, dijo Carmen intentando alejar a su hija. Disculpe de nuevo.

Espera. Carmen se detuvo. Alejandro suspiró sintiendo algo en su pecho que

hacía mucho no sentía. ¿Está enferma?”, preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Carmen bajó la mirada y asintió. Tiene leucemia. Hacemos lo que podemos. Pero

se interrumpió, incapaz de decirlo en voz alta. Alejandro volvió a mirar a