La casa de los Montemor, situada en un barrio elegante de Ciudad de México,

guardaba un silencio extraño esa mañana. Desde fuera parecía un palacio de

tranquilidad, con ventanales amplios, un jardín perfectamente cuidado y muros

altos que protegían la privacidad de la familia. Pero en su interior el ambiente

estaba lejos de sereno. Unos gritos desgarradores rompieron la calma desde

el segundo piso. “Ya no hagas berrinche, mocosa”, bramó una voz femenina cargada

de rabia y frustración. Tu papá va a llegar y va a ver qué clase

de niña insoportable eres. Los soyosos desesperados de una pequeña

resonaron tras la puerta cerrada de un cuarto. Acto seguido, un portazo fuerte

sacudió el pasillo. En ese preciso instante, Mariana, la nueva empleada

doméstica contratada hacía apenas unas horas, entraba por la puerta trasera. se

detuvo en seco, paralizada por lo que escuchaba. “¡Ay, Dios mío”, murmuró

llevándose la mano al pecho. A su lado, Carmen, la empleada mayor que le estaba

dando la bienvenida, negó con la cabeza con resignación. “Así es, muchacha. La

patrona otra vez perdió los estribos.” “¿La patrona?”, preguntó Mariana

confundida. “Doña Fernanda, la esposa del señor Esteban.” Bueno, su segunda esposa”, aclaró Carmen

en voz baja. La madrastra de la niña. Los soyosos de la pequeña continuaban

cada vez más ahogados, como si se hubiera cansado de llorar, pero no pudiera detenerse. “¿Y el padre?”

Preguntó Mariana con incredulidad. “Viajando, siempre viajando.” “Negocios,

dicen,”, respondió Carmen con amargura. Esa niña casi nunca ve a su papá.

Mariana apretó los labios. Sentía un nudo en el estómago. Apenas había

llegado y ya intuía que ese trabajo sería mucho más complicado de lo que imaginaba. “Mira, te aviso desde

ahorita”, añadió Carmen. “Este no es un empleo fácil. Si te quedas, prepárate

para aguantar.” Pero Mariana no podía quedarse inmóvil. Su instinto la impulsó

a subir las escaleras. siguiendo el eco del llanto. Cada paso que daba confirmaba lo que sospechaba. Aquella

niña estaba sola, encerrada en un mundo de dolor. Al llegar al pasillo, vio a

una mujer rubia, elegante y altiva salir de un cuarto azotando la puerta atrás de

sí. Era Fernanda. Su perfume caro contrastaba con la dureza de su mirada.

Al ver a Mariana, levantó una ceja con desdén. Tú debes ser la nueva empleada

doméstica, ¿verdad?”, dijo con un tono forzado, intentando parecer cordial.

“Sí, señora”, respondió Mariana bajando la mirada por respeto. Fernanda se

acomodó el cabello fingiendo tranquilidad. “¡Qué bueno que llegaste!

Necesito salir. La niña está haciendo un berrinche como siempre. Cuando se calme,

puedes empezar con tus labores. Mariana la observó sin poder evitar cierta indignación. ¿Está bien la niña?,

preguntó con cautela. Está bien, respondió Fernanda con rapidez.

Solo hace drama para llamar la atención. Siempre ha sido así. Sin esperar

respuesta, bajó las escaleras apresurada, tomó su bolso de diseñador y

salió de la casa, dejando tras de sí un aire de frialdad. El llanto seguía

viniendo del interior del cuarto. Mariana respiró hondo, se acercó a la

puerta y tocó suavemente. Hola, mi cielo. ¿Puedo entrar? Hubo un silencio

breve. El soy se redujo un poco, como si la niña dudara. No te voy a regañar, te

lo prometo, insistió Mariana con dulzura. giró la perilla y abrió

despacio. Allí estaba Lucía, una pequeña de cabello castaño, sentada en el suelo

con las piernas recogidas contra el pecho. Su rostro estaba empapado en

lágrimas, los ojos rojos e hinchados, la respiración entrecortada. “Hola,

corazón”, susurró Mariana agachándose a su altura. “¿Cómo te llamas?” La niña la

miró con desconfianza, pero respondió con voz baja. Lucía, qué nombre tan

bonito. Yo soy Mariana. Lucía se frotó la carita con las manos temblorosas.

¿Por qué estabas llorando, mi vida? La niña señaló su pancita. Me duele.

¿Tienes hambre? Preguntó Mariana conmovida. Lucía asintió lentamente. ¿A

qué hora comiste? No comí. Mariana miró su reloj. Eran la 1 de la

tarde, ni desayuno. Lucía negó con la cabeza, se olvidó,

susurró. Mariana sintió que el corazón se le encogía. ¿Cómo podía alguien

olvidar darle de comer a una niña? Ven, vamos a la cocina. Te prepararé algo

rico. Al principio, Lucía dudó, pero al ver la sonrisa sincera de Mariana,

estiró su manita y se dejó guiar. Bajaron juntas. Mariana abrió el

refrigerador y encontró pan, jamón, queso. Preparó una torta y un jugo. ¿Te

gusta? Me gusta, respondió Lucía con un hilo de voz. Mientras Mariana cocinaba,

observaba de reojo a la pequeña. Lucía se sentaba en un banquito, balanceando

sus piernitas, mirando cada movimiento con atención. “A ver, ¿cuántas rebanadas

corté?”, preguntó Mariana mostrando el pan. “Dos. contestó Lucía tímida. Eso,

qué lista eres, sonríó Mariana. El rostro de la niña se iluminó como si no

estuviera acostumbrada a recibir elogios. Cuando le sirvió la torta, Lucía la devoró con ansias, como si

hubiera pasado días sin probar alimento. “Tú eres buena”, dijo de pronto Fernanda

mala. Las palabras salieron con inocencia, pero cargadas de verdad. A

Mariana se le hizo un nudo en la garganta. No, Lucía, tú eres hermosa e

inteligente. Nunca creas lo contrario. La niña levantó la mirada y la observó

con intensidad. En ese instante nació entre ellas una chispa de confianza. ¿Te

vas a quedar?, preguntó Lucía. “Sí, voy a trabajar aquí todos los días”,

respondió Mariana acariciándole el cabello. Lucía sonrió por primera vez en