Mi suegra me odiaba desde que me casé con su hijo hace 3 años, diciéndome en cada reunión familiar que yo solo quería

su dinero. Cuando ella murió, dejó una carta donde exigía que mi esposo se divorciara de mí o perdería su herencia
de 2 millones de pesos. Él firmó los papeles sin dudarlo, pero entonces el abogado me llamó en privado y me mostró
algo que descubrió. Mi suegra había estado robándome 60,000 pesos mensuales de mi propia cuenta durante años. Me
llamo Valeria, tengo 28 años y soy arquitecta en Querétaro. Conocí a David en la universidad, nos enamoramos y 3
años. Después nos casamos. Él venía de una familia adinerada. Su madre, Dolores, era dueña de tres farmacias y
varias propiedades. Su padre murió cuando David tenía 15 años, dejándole todo a ella. Dolores controlaba cada
aspecto de la vida de David, incluyendo su dinero. Desde el primer día, dolores.
Dejó claro que yo no era suficiente para su hijo en nuestra boda durante el brindis, dijo frente a 150 invitados.
Espero que mi hijo haya tomado la decisión correcta. No dijo felicidades. No dijo que nos deseaba lo mejor, solo
eso. David se rió nervioso y le restó importancia. Así es. Ella no lo toma
personal, pero empeoró. En cada cena familiar, Dolores hacía comentarios sobre mi ropa, mi trabajo, mi familia.
Tu esposa se viste muy informal para alguien que dice ser arquitecta profesional. Tus padres siguen rentando.
Qué lástima, nunca pudieron comprarse algo propio. David nunca me defendió. Siempre decía, “Mamá está pasando por
una mala racha. Dale tiempo. El primer año de matrimonio, David y yo compramos
un departamento con un crédito bancario. Yo puse el enganche de 200,000 pesos que llevaba años ahorrando. Dolores vino a
visitarnos y revisó cada rincón con cara de asco. Esto es todo lo que pudieron
conseguir con el salario de los dos. Yo pensé que mi hijo merecía algo mejor. Salió sin despedirse. Dos semanas
después, David llegó nervioso a casa. Mamá quiere darnos dinero para la hipoteca. ¿Por qué dice que le da pena
que su hijo viva en un lugar tan pequeño? Eso me dolió. David, este
departamento lo elegimos juntos. Es perfecto para nosotros. Lo sé, pero si mamá quiere ayudar, ¿por qué no aceptar?
Porque siempre viene con condiciones. Tenía razón. Dolores empezó a aparecer sin avisar, usando la copia de llaves
que mi David le había dado sin consultarme. Entraba cuando yo estaba trabajando desde casa y criticaba todo.
La decoración era fea, los muebles baratos, la comida que yo preparaba no era nutritiva. “Mi hijo está perdiendo
peso por tu culpa”, me acusó un día. Lo que más odiaba era su obsesión con el dinero. En cada reunión familiar me
preguntaba cuánto ganaba, cuánto gastábamos, si yo estaba ahorrando. Es que necesito saber si estás
aprovechándote de mi hijo. Decía como si fuera lo más normal del mundo. David nunca la detenía. El segundo año empecé
a notar algo raro en mi cuenta bancaria. Yo ganaba 40,000 pesos al mes. Después
de pagar mi mitad de gastos me quedaban como 25,000 para ahorrar. Pero mi saldo
nunca subía como debería. Revisé mis estados de cuenta y encontré transferencias automáticas que no
reconocía, 60,000 pesos mensuales. Saliendo de mi cuenta hacia una cuenta
que no identifiqué inmediatamente. Le mostré a David. Son transferencias automáticas que tú misma programaste.
Dijo sin mirar bien. David, “Yo nunca programé esto. Tal vez las hiciste y lo olvidaste. Has estado estresada con el
trabajo. Me traté como si estuviera loca. Llamé al banco, pero me dijeron que necesitaba presentarme en su cursal
con identificación para investigar. Tardé dos semanas en poder ir por mi horario. Cuando finalmente fui, la
ejecutiva revisó mi cuenta. Señora, estas transferencias se programaron hace dos años desde una sucursal en el centro
de Querétaro. Usted estuvo ahí ese día. Revisé la fecha. Era el día de nuestra
boda. No, estaba casándome ese día. Entonces, alguien más hizo estas transferencias usando sus datos. ¿A qué
cuenta van? Revisó y palideció. No puedo darle esa información aquí. Necesita
levantar una denuncia. Esa noche confronté a David. Alguien está robando de mi cuenta y necesito saber si fuiste
tú. Se indignó. ¿Cómo puedes acusarme de eso? Entonces, ¿necesitas ayudarme a
descubrir quién fue. Estás paranoica, Valeria. Nadie te está robando. Probablemente son cargos legítimos que
no recuerdas. No me creyó. E no me ayudó. Me dejó sola con el problema.
Tres meses después, Dolores se enfermó. Cáncer de hígado avanzado. David cayó en
depresión. Pasaba todo su tiempo libre en casa de su madre. Yo iba también
tratando de ser la nuera considerada. A pesar de todo, Dolores aprovechaba cada momento para atacarme. Seguro estás
feliz de que me esté muriendo. Así te quedas con mi hijo y mi dinero. David salía de la habitación cuando ella decía
esas cosas. Nunca me defendió. Dolores murió un martes por la mañana. David lloró como niño. Yo lo abracé a pesar de
todo lo que ella me había hecho. El funeral fue dos. Días después, Dolores había dejado instrucciones específicas
para todo, incluyendo un sobre sellado que el abogado debía leer después del entierro. Nos reunimos en la Casa de
Dolores. El abogado, un hombre de 60 años llamado licenciado Herrera, abrió
el sobre. Primero leyó el testamento normal, las tres farmacias para David,
las propiedades para David, las cuentas bancarias para David. Todo sumaba alrededor de 2 millones de pesos. Pero
entonces sacó una segunda carta. Dolores dejó esta carta para leer en voz alta.
Anunció. Empezó a leer. David, mi único hijo, te dejo todo con una condición.
Debes divorciarte de Valeria dentro de 30 días. Si no lo haces, toda mi herencia irá a la fundación de Caridad
San Vicente. Valeria solo quiere tu dinero. Lleva años manipulándote. Eres
mi hijo y mereces alguien mejor. Sentí que el mundo se detenía. Miré a
David esperando que dijera algo que defendiera nuestro matrimonio. Él miraba al piso. David, susurré, no me volteó a
ver. Necesito pensar, dijo el abogado. Carraspeó incómodo. Tienen 30 días para
decidir. Salí de esa casa destrozada. Durante una semana, David durmió en casa
de su madre. No contestaba mis llamadas. No respondí a mensajes. El día 10 me
mandó un texto. Lo siento, no puedo perder la herencia de mi mamá. Ella trabajó toda su vida por esto. El día 15
llegaron los papeles de divorcio por mensajería. El día 20 David apareció con un abogado para que yo firmara. Así de
fácil, le pregunté. 3 años de matrimonio valen menos que 2 millones de pesos. No
es personal, Valeria. Es que mamá tenía razón. Tú nunca entendiste lo importante que es el dinero para nuestra familia,
firmé. No porque quisiera, sino porque ya no tenía caso pelear por alguien que nunca me valoró. El día 25, el
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