Mi madre tiene ese anillo”, dijo la mesera. Y lo que descubrió el jefe lo dejó paralizado.

La lluvia golpeaba las ventanas del restaurante La Esperanza, con ese ritmo monótono que tiene la Ciudad de México

en diciembre. Fernando Márquez observaba su reflejo distorsionado en el cristal empañado mientras giraba distraídamente

la taza de café entre sus dedos. Afuera, los coches pasaban salpicando agua sucia

sobre las banquetas, sus luces rojas difuminándose en la oscuridad como fantasmas apresurados.

53 años. Así se sentía Fernando esa noche, viejo, cansado, vacío. El traje

italiano que llevaba puesto costaba más de lo que muchas familias ganaban en un mes, pero no lograba llenar el hueco que

había en su pecho desde hacía 20 años. 20 años exactos. Dos décadas completas

desde aquella llamada que le destrozó la vida, levantó la mano izquierda y observó el anillo de oro blanco que

brillaba en su dedo meñique, dos palomas entrelazadas, grabadas con una delicadeza casi dolorosa. Y en el

centro, las iniciales F y M, tan pequeñas que había que acercarse para leerlas. Lo había mandado hacer en una

joyería de Coyoacán hacía 25 años, cuando todavía creía en finales felices.

Dos anillos idénticos, uno para él, otro para Mónica. Mónica, incluso después de

tanto tiempo, su nombre le dolía como una herida que nunca terminaba de cerrar. “Le sirvo más café, señor.” La

voz lo sacó de sus pensamientos. Fernando levantó la vista y vio a una joven mesera con el cabello oscuro

recogido en una cola de caballo. Tendría unos 25 años, tal vez menos. Sus ojos

color miel reflejaban ese cansancio que solo da el trabajar doble turno. El delantal estaba manchado de salsa y el

nombre bordado en el pecho decía Valentina. “Sí, por favor”, respondió

Fernando con la cortesía automática de quien ha olvidado cómo sostener una conversación real. Acababa de cerrar una

junta de negocios. Otra más. Su empresa hotelera seguía creciendo, expandiéndose

por todo el país como una enredadera sin control. El éxito, le habían dicho siempre, era la mejor venganza contra el

destino. Pero el destino se reía de él cada noche cuando regresaba a esa mansión enorme en Polanco, donde los

secos de sus pasos eran lo único que lo recibía. Valentina se acercó con la cafetera humeante. Fernando notó que sus

manos temblaban ligeramente al servir. Probablemente llevaba horas de pie, corriendo entre mesas, sonriendo a

clientes que nunca se molestaban en verla realmente. Fue entonces cuando sucedió, cuando Valentina inclinó la

cafetera, sus ojos se fijaron en la mano de Fernando. En el anillo, se quedó

paralizada. Tan quieta que por un momento Fernando pensó que se había convertido en estatua. La cafetera

comenzó a inclinarse peligrosamente a punto de derramar el café hirviendo. ¿Se

encuentra bien, señorita?, preguntó Fernando, alcanzando a sostener su propia taza antes de que se desbordara.

Valentina parpadeó como si despertara de un sueño. Colocó la cafetera sobre la

mesa con manos temblorosas y se llevó una mano al pecho, respirando agitadamente. Perdón, señor. Yo, Su

quebró. Ese anillo. Fernando frunció el ceño mirando su mano como si la viera

por primera vez. ¿Qué pasa con el anillo? Valentina tragó saliva. En sus

ojos había algo que Fernando no lograba descifrar. Miedo, asombro,

reconocimiento. “Mi mamá tiene ese anillo”, susurró. Y las palabras

salieron tan bajito que Fernando tuvo que inclinarse para escucharla. El mundo se detuvo. No es una metáfora barata de

telenovela, no. El mundo realmente se detuvo para Fernando en ese instante.

Los sonidos del restaurante, el tintineo de los cubiertos, las conversaciones

lejanas, la música de fondo, todo se volvió un zumbido distante. “Debe estar

confundida, señorita”, dijo Fernando, pero su voz sonó hueca, incluso para él

mismo. “Este anillo es único. Lo mandé hacer hace 25 años. Solo existen dos

piezas en el mundo. Valentina ya tenía su celular en la mano buscando frenéticamente entre sus fotos con dedos

torpes. Fernando sintió que algo en su interior comenzaba a desmoronarse, como

un edificio viejo que finalmente cede ante su propio peso. Aquí, Valentina le

mostró la pantalla con una urgencia casi desesperada. Aquí está. Fernando tomó el

teléfono con manos que de repente no le obedecían del todo. La imagen era borrosa, tomada desde lejos, pero era

suficiente. Una mujer mayor, delgada, con el cabello grisáceo cayendo sobre

sus hombros, estaba de pie junto a una ventana y la luz del sol hacía brillar

algo en su mano derecha. El anillo, dos palomas entrelazadas, las iniciales en

el centro. Idéntico, imposiblemente idéntico. La cafetera se estrelló contra

el suelo. El estruendo del vidrio rompiéndose resonó en todo el restaurante. El café caliente se

esparció por el suelo de mármol como sangre oscura. Varias personas voltearon a ver, molestas o curiosas, pero

Fernando no las escuchó. No escuchó nada, excepto el rugido de su propia sangre en los oídos, donde su voz se

quebró. carraspeó intentando recuperar el control. ¿Dónde consiguió su mamá ese

anillo? Valentina se había agachado instintivamente para recoger los pedazos de vidrio, pero se detuvo al escuchar la

pregunta. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban llenos de lágrimas. No lo

sé, señor. Mi mamá, ella nunca habla de su pasado. Dice que no recuerda nada de

antes de hace 20 años. Perdió la memoria en un accidente. 20 años. Un accidente,

pérdida de memoria. Las palabras cayeron sobre Fernando como piedras, una tras

otra, hundiéndolo en un abismo que creía haber dejado atrás hacía mucho tiempo.

20 años, repitió y apenas reconoció su propia voz. Valentina asintió

limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Unos pescadores la encontraron en la playa en San Lorenzo. Es un pueblo

en Veracruz. Estaba inconsciente, con golpes en la cabeza. No sabía quién era.

Nadie la buscó nunca. Fernando cerró los ojos. 20 años atrás. Mónica y su pequeña

Valeria, de apenas 5 años habían salido en autobús hacia Puebla para visitar a

la abuela. Nunca llegaron. El autobús volcó en la carretera y se incendió.

Encontraron cuerpos carbonizados, maletas destrozadas, pero nunca los de ellas. Después de meses de búsqueda

infructuosa las declararon muertas. Mónica tenía 38 años cuando desapareció.

Ahora tendría 58. La mujer de la foto podía ser ella o podía ser una

coincidencia cruel. El universo burlándose de un hombre que ya había sufrido suficiente. Cuando Fernando