Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando,

compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a erizar hasta

los huesos. Un mercenario gringo envenenaba pozos para robar tierras. Los

niños morían de sed mientras él sonreía contando monedas. Hasta que Pancho Villa

decidió que ese hombre debía probar su propia medicina en el desierto. Dicen

los viejos que cuando el polvo del camino se levanta sin viento, es porque alguien está llegando que no debería

haber llegado. Y así fue como apareció en el norte de México aquel hombre sin

nombre verdadero, un gringo de ojos claros y manos que no conocían el peso

del arado. Llegó a las ferias de Parral y Casas Grandes, con sonrisa de

comerciante y palabras bien ensayadas, prometiendo progreso a ascendados, que

ya tenían demasiado, y a políticos que siempre querían más. Traía en las

alforjas monedas extranjeras que brillaban como promesas y donde no

lograba convencer con palabras, dejaba atrás un silencio comprado con plata. El

hombre no venía solo, lo acompañaban carretas cargadas de barriles marcados

con letras que la gente no sabía leer, protegidas por federales que cobraban

por mirar para otro lado, y donde quiera que pasaba, los pozos empezaban a

cambiar. El agua, que antes era clara como el cielo de la mañana se volvía

turbia, amarga, traicionera. Pero el gringo tenía la solución. Agua limpia en

odres bien guardados, agua que vendía al precio del hambre y la desesperación.

Todo comenzó en un rancho cerca de Mapimí, donde vivía doña Tomasa, una

mujer de manos curtidas y corazón grande que vendía tortillas en el mercado del pueblo. Tenía una nieta llamada Luz, una

chamaquita de 8 años con ojos negros que brillaban como estrellas y risa que

parecía campana. La niña ayudaba a su abuela a amasar, a tender las tortillas

en el comal, a llevar el cántaro al pozo cada mañana. Era un pozo viejo de esos

que han dado agua a tres generaciones, bendecido por el cura cuando se abrió y

cuidado por todos como se cuida lo sagrado. Pero un día Luz volvió del pozo

con el agua que traía un sabor extraño. Doña Tomás lo probó con desconfianza,

arrugando la nariz, pero pensó que tal vez era cosa del barro de las lluvias.

Al día siguiente, la niña amaneció con fiebre. Al tercero, no podía levantarse.

Sus labios se pusieron secos como la tierra en agosto, y sus ojos perdieron

ese brillo que la abuela amaba más que a su propia vida. Doña Tomasa llamó a la

curandera Isidora, que llegó con su canasto de hierbas y su rosario bendecido. La vieja le tocó la frente a

la niña, le miró los ojos y luego fue al pozo. Llenó un jarro, lo olió, lo probó

apenas con la punta de la lengua. Su cara se transformó en una máscara de piedra. Este agua está Tomasa,

dijo la curandera escupiendo al suelo. No es cosa de Dios ni del es

cosa de hombres malos. Y no era solo en el rancho de Mapimí. En Santa Gertrudis,

tres ancianos cayeron postrados en sus petates, tosiendo como si el pecho se

les fuera a quebrar. En San Isidro, dos niños pequeños dejaron de comer. En cada

pueblo el patrón era el mismo. Primero el agua cambiaba, luego la gente

enfermaba y entonces aparecían las carretas del gringo con sus barriles de

agua purificada, custodiados por federales que no dejaban que nadie se

acercara sin pagar. El mercenario cobraba precios que sangraban los

bolsillos de los pobres. Una familia podía gastar en una semana

lo que tardaba un mes en ganar. Y si no tenían dinero, él aceptaba otras cosas.

Títulos de tierras, promesas firmadas, trabajo sin paga. La gente no tenía

opción. Dios aprieta, pero no ahorca, decían las abuelas. Pero este hombre

parecía dispuesto a hacer las dos cosas. La motivación del gringo era tan simple

como rastrera. Estaba abriendo camino para las compañías mineras que querían

las tierras del norte. Si los campesinos se resistían a vender, los pozos se

enfermaban. Si los rancheros no firmaban los papeles que les ponían enfrente, sus

familias sufrían la sed. Y cuando la desesperación apretaba lo suficiente,

las escrituras cambiaban de manos por casi nada, firmadas con manos temblorosas que solo querían ver a sus

hijos beber agua sin miedo. El gringo se reía en voz baja cuando veía a los

hombres del campo bajar la cabeza. Para él, cada moneda que recogía era una

prueba de su propia astucia, una confirmación de que este México de gente

sencilla podía ser vencido por quien entendiera el verdadero valor de la sed.

Pero hay cosas que el dinero no puede comprar y una de ellas es el silencio de

un pueblo que ha aprendido a sobrevivir compartiendo sus penas. Las noticias

viajan rápido cuando el sufrimiento es común. Un vaquero llamado Nicaso, hombre

de pocas palabras, pero de mucha memoria, había visto todo desde el principio. Vio las carretas llegar, vio

los barriles descargarse en la noche, vio al gringo contar su plata mientras

los niños lloraban de sed. Nio era de esos hombres que conocen cada vereda,

cada guaje, cada rancho desde Chihuahua hasta Durango. Sabía también que había

un hombre que escuchaba cuando otros solo fingían oír, un hombre que no dejaba pasar las injusticias, aunque

vinieran disfrazadas de negocios legales. Y ese hombre era Francisco

Villa. Una tarde seca, cuando el sol ya se ponía rojo sobre las montañas, como

una herida abierta en el cielo, Nicasio llegó al campamento de villa cerca del