Miércoles por la tarde, 3:20, centro de ciudad, calle peatonal con

restaurantes, cafeterías, tiendas, gente caminando con bolsas de compras,

turistas tomando fotos, vida normal de tarde, de mitad de semana y entonces

aparece él, joven, 26 años, tal vez, 28. [música]

Difícil saber por qué cabello largo le cubre mitad de rostro. Cabello castaño,

[música] en marñado, sin cortar en meses, tal vez año. Cara delgada, muy delgada. Pómulos

marcados, ojos hundidos, ropa sucia. Pantalones rotos en rodillas. Camisa que

alguna vez fue blanca, ahora es gris con manchas. Zapatos deportivos sin

agujetas, suela gastada. Pero eso no es lo que llama atención. Lo que llama

atención es carrito de supermercado oxidado con rueda que rechina, que él

empuja despacio, muy despacio, por calle peatonal y dentro de carrito. No hay

compras, no hay bolsas, hay perros. Seis perros, pequeños, medianos, todos

flacos, todos con pelaje irregular, algunos con cicatrices visibles,

acostados sobre trapos viejos, sobre cartón, mirando a gente que pasa, sin

ladrar, solo mirando, como si hubieran aprendido que ladrar no sirve.

Joven empuja carrito hasta esquina, se detiene, saca botella de agua de

plástico, de esas de 2 L que alguien tiró, llena tazón de plástico roto, lo

pone en suelo, perros bajan de carrito, uno por uno, beben despacio, turnándose,

sin pelear, como rutina practicada. Gente que pasa, los mira, algunos con

curiosidad. Otros con disgusto, [música] otros cruzan calle para evitar, porque

huele, huele a perro mojado, a basura, a cuerpo que no se baña hace días,

semanas. Dueño de restaurante sale, hombre de 50 años, delantal blanco, cara

roja de irritación, grita que no puede estar ahí. Joven voltea, explica que

solo da agua 5 minutos. Dueño no escucha, dice que clientes se quejan,

que huele mal, que perros huelen mal, que se vaya ahora. Joven, suplica solo 5

minutos, luego se va. Dueño repite orden ahora. O llama a policía. Joven, recoge

tazón. Perros suben a carrito, él empuja. Rueda, rechina, camina lento,

muy lento, como si cada paso costara, como si cuerpo no tuviera energía. Dobla

esquina, desaparece. Dueño de restaurante regresa adentro satisfecho.

Problema resuelto. Clientes contentos. Negocio protegido, pero en mesa junto a

ventana. Mujer de 30 años observa Daniela, periodista freelance.

Tomando café mientras trabaja en laptop. Vio todo y algo en escena le molesta. No

puede ubicar qué exactamente, pero algo está mal. Algo más profundo que simple

expulsión de persona sin hogar. Si esta historia te está llegando, déjame tu

like y suscríbete. Cuéntame en los comentarios de qué país me ves. Ahora

sí, continuemos. Jueves por la mañana, 8:15, plaza municipal con bancas, fuente

en centro, árboles, lugar donde gente viene a descansar, a comer almuerzo, a

ver niños jugar. joven está ahí sentado en banca alejada, carrito junto a él,

perros en suelo acostados a sus pies en círculo, como si lo protegieran o como

si él los protegiera. Difícil saber cuál. Está revisando a uno de perros,

mestizo pequeño, café con blanco, levanta pata, examina con cuidado, con

gentileza, como si supiera lo que hace. Saca algo de bolsillo, vendaje usado,

pero limpio. Envuelve pata con precisión, con técnica. Perro no se

queja, solo mira con confianza. Guardia de seguridad se acerca uniformado,

joven. Veintitantos. Dice que no puede estar ahí. Joven levanta vista, pregunta

por qué no. Es plaza pública. Guardia explica que sí, pero no está

presentable. Y perros no están permitidos. Joven señala letrero. Plaza

dice, “Mascotas bienvenidas.” Lo vio, guardia aclara, mascotas con dueños

apropiados. No, esto señala carrito, señala perros, señala a joven. Como si

todo fuera problema, como si existencia misma fuera violación.

Joven insiste, son sus perros. es dueño apropiado. Guardia suspira, no quiere

problemas, pero ya hubo quejas. Dos, tres personas dicen que asusta niños,

que huele mal, que perros pueden tener enfermedades. Joven responde que perros

no tienen enfermedades, los revisa, los cuida. Guardia dice que no es doctor. No

puede verificar eso. Necesita irse. Si no llama policía. Joven mira a perros,

mira a guardia, suspira. Derrota enojos como si esta fuera décima vez. Vigésima,

centésima. Recoge cosas. Perros suben a carrito sin

que él diga nada. Saben rutina. Saben que siempre hay próximo lugar y siempre

serán expulsados de próximo lugar. También empuja carrito fuera de plaza,

rueda rechina, sonido que marca su paso, que anuncia su llegada, que garantiza su

rechazo. Daniela está ahí otra vez. No por casualidad siguió, porque curiosidad

se volvió algo más. Se volvió necesidad de entender, de ver patrón, de confirmar

sospecha que no puede articular todavía. Toma foto, discreta, con teléfono,

de joven empujando carrito, de perros mirando atrás, como si dijeran adiós a

plaza donde estuvieron 20 minutos, donde bebieron agua de fuente, donde

descansaron en sombra antes de ser expulsados. Otra vez viernes al

mediodía, área residencial, calle tranquila, con casas pequeñas, jardines

cuidados, carros estacionados, vecindario de clase media trabajadora,

joven está bajo árbol en acera, lejos de casas tratando de no molestar. carrito

junto a él, perros comiendo de tazones de plástico, comida que parece ser