Me desperté con arena en la boca.

Arena negra.

Cuando abrí los ojos, conté siete lanzas apuntándome al rostro. Las sostenían mujeres.

No. No eran mujeres normales.

Piel verde cubierta de escamas. Ojos sin párpados. Armaduras negras ajustadas a torsos musculosos. Y donde deberían haber piernas… colas de serpiente, gruesas y poderosas, que se enroscaban sobre la arena volcánica.

—No te muevas.

La que habló llevaba una corona de espinas negras que parecía crecer directamente de su cráneo.

Intenté incorporarme.

Tres lanzas se clavaron en la arena junto a mi cabeza.

—Dije que no te movieras.

Me quedé quieto.

La playa era un desierto de ceniza. Acantilados oscuros se alzaban como cuchillas. No había aves. No había viento. Solo el sonido pesado de las olas.

—Arriba. Camina.

Me levanté. Las rocas me cortaban los pies mientras me obligaban a subir por un sendero tallado en el acantilado.

Entonces la vi.

Una ciudad esculpida en roca negra. Torres afiladas. Puentes de hueso que conectaban estructuras imposibles. En el centro, un palacio que parecía crecer directamente del volcán.

Me llevaron al salón del trono.

Las columnas eran cráneos humanos apilados. Todos masculinos. Algunos aún conservaban carne seca adherida.

—Arrodíllate.

Una lanza golpeó la parte posterior de mis rodillas. Caí.

El trono se movió.

No era un trono.

Era una cola de serpiente gigantesca, blanca como marfil, que se desenroscó lentamente. Entonces la vi: piel blanca sin escamas visibles, cabello platino, corona de cuernos curvos, ojos azules sin pupila.

Su lengua bífida rozó el aire frente a mi rostro.

—Hueles a gasolina… a mundo exterior. ¿Sabes dónde estás?

Negué.

—Isla Serpens. No existe en sus mapas. Aquí los hombres vienen a morir.

Señaló las columnas de cráneos.

—Todos llegaron como tú. Náufragos. El mar los trae. El mar no los devuelve.

—¿Qué quieren?

—Nada. Eres un accidente. Pero tenemos tradiciones. Mañana comienzan las pruebas. Siete días. Siete pruebas. Si sobrevives… eliges cómo morir. Si no, serás alimento.

Me encerraron en una celda bajo el palacio.

Allí había otro hombre.

Flaco. Un solo ojo.

—Soy Thomas —susurró—. Llevo cincuenta y tres días aquí… tal vez cincuenta y cuatro.

—Marcus —dije.

—¿Cómo llegaste?

—Naufragio.

Asintió.

—Como todos.

—¿Hay forma de escapar?

Rió sin humor.

—Estamos en una isla que no existe, rodeados de mujeres serpiente que comen humanos. No.

Esa noche no dormí. Escuché siseos en los pasillos. Algo goteaba. No parecía agua.


Primera prueba.

Una arena tallada en la montaña. Cientos de ellas observando desde las gradas. La reina desde lo alto.

—Sobrevive hasta que el sol toque ese pico.

Me lanzaron una espada oxidada. Se abrió una compuerta.

Entraron tres.

Escamas rotas. Ojos rojos. Babeaban veneno negro.

—Las rabiosas —murmuró una voz en mi mente—. No comen hace seis lunas.

La primera atacó. Me agaché. La segunda me golpeó con la cola. Sentí costillas romperse. La espada se partió al bloquear.

Me quedé con un fragmento de metal.

Una abrió la boca para morder.

Le clavé el hierro en el paladar.

Chilló.

Vi antorchas. Derribé un poste. El fuego las hizo retroceder.

Mantuve la llama entre ellas y yo mientras el sol se movía como si se burlara.

Cuando tocó el pico, yo sangraba por siete heridas.

—Suficiente. Sobreviviste.


Segunda prueba.

Un pantano de agua negra. Niebla tóxica.

—Trae el tótem de obsidiana antes del mediodía.

El agua me arrastraba. Cazadoras acechaban bajo la superficie. Una me hundió; le hundí los dedos en los ojos.

En un islote vi el tótem… custodiado por una matriarca del tamaño de una anaconda prehistórica.

—Ven por él, mamífero.

Corrí.

La cola me golpeó. Más huesos rotos.

Pero tomé el tótem.

Salí justo cuando el sol alcanzó el cenit.

La reina me observaba.

—Interesante.


Thomas murió en la cuarta prueba.

Lo escuché gritar mientras yo sobrevivía en otra arena.

En la quinta, me llevaron ante la reina.

—Tu ancestro mató diecisiete de nosotras en 1823. Capitán William Pierce.

No sabía nada de eso.

—Esta isla existe por venganza. El mar atrae a los descendientes.

Me rodeó con su cola.

—Confiesa los crímenes de tu linaje.

Hablé durante horas. De cosas que no sabía. De sangre heredada.

Terminé llorando.

—Quinta prueba superada.


Séptimo día.

La cima del volcán.

—Salta. En el fondo hay una perla.

Salté a la caldera de agua negra.

La presión me aplastaba. Vi un altar de huesos. Sobre él, una perla luminosa.

La tomé.

Miles de manos esqueléticas me agarraron.

Pateé. Golpeé.

Emergí.

Pero en mi mano no había perla.

Había un huevo negro con vetas doradas.

Se quebró.

Una serpiente pequeña, de escamas iridiscentes, se enrolló en mi muñeca.

La reina sonrió.

—La profecía. Un hombre superará las pruebas, despertará a la Primera Madre y se convertirá en el padre de la nueva era.

Sentí veneno en mis venas.

No dolía.

Se sentía… correcto.

—¿Tengo opción?

—Acepta… o alimenta a los tiburones.

Miré el mar.

Miré a la reina.

Tomé su mano.

—Acepto.

Las serpientes gritaron. El volcán tembló.


Tres meses después, mi piel comenzó a cubrirse de escamas. Mis ojos cambiaron. Podía ver en la oscuridad. Respirar bajo el agua.

La pequeña serpiente creció. Me hablaba directamente en la mente.

Pronto.

Nuestros hijos nacieron por cientos. Mitad humanos. Mitad serpiente. Crecían en semanas.

Capturamos barcos.

A los hombres los llevábamos a las celdas.

A las mujeres… la ley de la isla era clara.

Un año después éramos cien mil.

Algunos podían adoptar forma humana por horas.

Infiltrarse.

Aprender.

Esperar.

El ritual final llegó en luna nueva.

Me sumergieron en la caldera.

Sentí mis huesos romperse y rehacerse. Mi columna alargarse. Mi piel desprenderse.

Cuando emergí, tenía una cola de cinco metros. Escamas negras con bordes dorados.

Mi lengua era bífida.

Mi voz, un siseo.

La pequeña serpiente se fusionó con mi columna.

Ya no soy Marcus.

Soy el Padre Serpiente.

Hemos tomado siete islas.

Los barcos del Pacífico Norte desaparecen.

Los gobiernos sospechan, pero no pueden admitir lo que no entienden.

Mañana atacamos la primera ciudad costera.

Desde el mar.

Nadie espera que el océano se levante contra ellos.

Enviamos a un hombre de regreso, sin lengua.

Con un mensaje.

“Viene el Padre Serpiente. El mar ya no les pertenece.”

No le creerán.

Hasta que sea demasiado tarde.