Estaba sola con cinco bocas que alimentar y el orgullo hecho pedazos. Le

ofreció su mano a un desconocido a cambio de un plato de comida. Pero ese hombre, al que todos rechazaban por su

origen, le devolvió algo que ningún pueblo le había dado jamás. En el verano

de 1887, en un pueblo polvoriento del sur de Chihuahua, que la gente llamaba Piedra

Blanca, vivía una mujer llamada Renata Sosa. Tenía 32 años, pero cualquiera que

la mirara le habría dado 50. No por falta de belleza, sino por el peso que

le cargaba los hombros y le hundía las ojeras. Renata tenía cinco hijos. El

mayor, Gaspar, acababa de cumplir nueve. Le seguían las gemelas Inés y Lucía de

siete. Después venía Braulio, de cuatro, un niño callado que se chupaba el dedo y

miraba el mundo con unos ojos enormes que parecían entenderlo todo sin decir nada. Y por último estaba la pequeña

Amara, que todavía no cumplía el año y dormía en los brazos de su madre, como

si ese fuera el único lugar seguro que existía en el mundo. El esposo de Renata, Jacinto Sosa, había sido un

carpintero honesto que olía a madera de pino y que llegaba cada noche a casa con aserrín en el pelo y una sonrisa

cansada. Pero Jacinto se debilitó profundamente un invierno y no se recuperó. se fue apagando como una

lámpara a la que se le acaba el aceite despacio, sin ruido, hasta que una mañana simplemente su luz se apagó.

Renata despertó con un vacío inmenso, con el frío del amanecer pegado a la piel y la certeza de que a partir de ese

momento cada bocado de pan, cada gota de leche, cada trapo para vestir a sus

hijos dependía exclusivamente de ella. Y ella no tenía nada, ni tierra, ni

oficio, ni familia que la respaldara, solo sus manos, sus hijos y una fe que a

veces se tambaleaba como una vela en medio de una tormenta. Los primeros meses, Renata sobrevivió lavando ropa

para las familias acomodadas del pueblo. Pero en Piedra Blanca las familias acomodadas eran tres y las mujeres

dispuestas a lavar eran 20. La paga era miserable, unas cuantas monedas que

apenas alcanzaban para frijoles y tortillas. Los niños empezaron a adelgazar.

Gaspar, el mayor, dejó de jugar con los otros niños porque no tenía fuerzas. Las

gemelas se sentaban en el pórtico de la casa con la mirada perdida, esperando algo que no sabían nombrar. Y Braulio,

el callado, empezó a recoger migajas del suelo de la panadería cuando el dueño no

lo veía. escondiéndolas en los bolsillos de su pantalón remendado para llevárselas a sus hermanas. La casa de

Renata era la última del pueblo. Una construcción de madera con el techo parcheado y las paredes que dejaban

entrar el viento por las noches. Estaba en la orilla de Piedra Blanca, justo

donde terminaban las calles y empezaba el campo abierto, como si el pueblo mismo la hubiera empujado hacia el

borde, diciéndole sin palabras que ahí era donde pertenecía. en el margen, en

el límite, donde nadie tiene que verla ni hacerse cargo de lo que le pasa. Los

vecinos la saludaban con la cabeza, pero nadie le ofrecía un plato de comida. Las

señoras del pueblo la miraban con una mezcla de lástima y distancia, como quien mira un perro flaco al borde del

camino y apura el paso para no sentirse obligado a hacer algo. El único que se

detenía a hablarle era don Emeterio Bravo, el dueño de la tienda de abarrotes, un hombre gordo con las

patillas canosas y los ojos pequeños que brillaban con un cálculo permanente. Don

Emeterio le fiaba los frijoles y el maíz, pero no por bondad. Cada semana que Renata no podía pagar, don Emeterio

anotaba la deuda en una libreta mugrienta y le recordaba, con una sonrisa que helaba la sangre, que las

deudas en piedra blanca se cobraban de una forma u otra. Renata asentía con la mandíbula apretada, tragándose la

humillación como se traga un bocado seco que no quiere bajar. Sabía que don Emeterio disfrutaba esa situación. sabía

que para él ella no era una persona, sino una cuenta pendiente que podía manipular a su antojo. Fue en una tarde

de agosto con el calor aplastando el pueblo como una mano de hierro. Cuando

Renata escuchó hablar por primera vez de Tayoa, estaba en la fuente del pueblo llenando un cántaro de agua mientras las

gemelas se sentaban a la sombra de un álamo cuando dos mujeres pasaron conversando en voz baja. Hablaban de un

hombre que habían visto en el camino norte, un indígena alto, de pelo largo y

vestimenta de cuero, que había bajado de las sierras y se había instalado en una parcela abandonada a media legua del

pueblo. Decían que era apache, decían que vivía solo, que no hablaba con

nadie, que había construido un refugio con sus propias manos en cuestión de días. “Hay que tener cuidado”, dijo una

de las mujeres bajando la voz como si el hombre pudiera escucharla desde la distancia. “Esa gente es distinta.”

Renata no dijo nada, solo siguió llenando su cántaro, pero el nombre se le quedó grabado en la memoria como una

marca en la madera fresca. Los días siguientes fueron los más difíciles. La

pequeña Amara empezó a decaer. Su pequeño cuerpo ardía, una fiebre baja

que no cedía y Renata no tenía dinero para el boticario. Gaspar, el mayor,

intentó trabajar cargando costales en el granero de don Fermín, pero el hombre lo mandó de vuelta diciendo que no

necesitaba niños flacos que se le desmayaran en el camino. Las gemelas tosían por las noches. Braulio dejó de

hablar por completo, como si las palabras también fueran algo que no podía permitirse gastar. Renata sentía

que el suelo se abría debajo de sus pies, que cada día era un escalón más

hacia un fondo que no tenía final. Una noche, mientras sus hijos dormían

amontonados en el único colchón de la casa, Renata se sentó en el pórtico y

miró las estrellas con los ojos secos, porque ya no le quedaban lágrimas. Pensó

en Jacinto, pensó en las promesas que se hicieron frente al altar de la iglesia de Piedra Blanca, cuando el mundo

parecía un lugar donde el esfuerzo y la honradez bastaban para vivir con dignidad, pensó en sus hijos, en esas

cinco vidas que dependían de ella y que se estaban marchitando como flores sin

agua. Y en medio de esa oscuridad tomó una decisión que le quemó el orgullo

como un fuego ardiente, pero que le nació de lo más hondo de las entrañas. de ese lugar donde una madre deja de ser

persona para convertirse en fuerza pura. Iría a buscar al hombre de la sierra, a