La mamá del jefe se quedó paralizada al ver el anillo de su hija perdida en la mano de la joven granjera.

La luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas de la hacienda Torres, iluminando el polvo dorado que flotaba

en el aire como pequeñas estrellas perdidas. Elena Torres caminaba despacio por el salón principal, sus 52 años

pesándole más en el alma que en el cuerpo. Iba revisando unos papeles cuando escuchó pasos acercándose. Doña

Elena, buenas tardes. Levantó la vista. Frente a ella estaba Camila Ruiz, la

nueva administradora de los campos. Una joven de 28 años, delgada, con la piel

morena por el sol y esos ojos oscuros que parecían guardar historias que nunca había contado. Traía unos documentos en

la mano. “Aquí están los reportes de la cosecha que me pidió”, dijo Camila extendiendo los papeles. Elena alargó la

mano para tomarlos, pero entonces lo vio y su corazón simplemente se detuvo. Un

anillo pequeño de plata brillaba en el dedo de Camila. Dos corazones entrelazados con una piedra verde

esmeralda en el centro. Elena conocía cada detalle de ese anillo, la pequeña

rajadura en el metal, la forma exacta en que los corazones se tocaban, hasta la inscripción invisible que solo una madre

reconocería. Los papeles cayeron de sus manos. El mundo se volvió borroso.

“Señora, ¿se encuentra bien?”, preguntó Camila preocupada. Elena no podía

apartar la vista del anillo. Sus labios temblaron, las palabras salieron quebradas, apenas un susurro. ¿Dónde?

¿Dónde conseguiste ese anillo? Camila miró su propia mano confundida. Este,

pues lo he tenido desde que tengo memoria, señora. Me lo dio alguien que

me cuidó cuando era niña. Elena cerró los ojos. El salón daba vueltas. 28 años

atrás había dado a luz gemelos, Sebastián y Sofía, dos bebés idénticos

en alma, separados apenas por minutos de nacimiento. Cuando cumplieron 8 años,

Elena mandó hacer dos anillos iguales, uno para cada uno, para que siempre recuerden que están unidos, aunque la

vida los separe”, les había dicho mientras los colocaba en sus manitas. Pero 20 años atrás, Sofía desapareció.

Fue un día normal. Elena estaba en el mercado con los niños. Sebastián corrió

detrás de una pelota. Elena lo siguió con la mirada apenas un segundo. Cuando volteó, Sofía ya no estaba. Gritó su

nombre hasta quedarse sin voz. La policía buscó durante meses. No hubo rastro, solo silencio, solo dolor, solo

culpa. Sebastián, ahora un hombre de 28 años, heredó la hacienda y los negocios

familiares. Se volvió frío, distante, eficiente como una máquina. Nunca habló

de su hermana, nunca se quitó el anillo de la mano. Elena, por su parte, se

marchitó en vida. Dejó de sonreír, dejó de dormir. Cada cara de niña en la calle

le recordaba a Sofía. Cada cumpleaños era una tortura silenciosa y ahora,

frente a ella estaba ese anillo en la mano de una desconocida. ¿Quién te lo

dio?, insistió Elena con lágrimas acumulándose en sus ojos. Por favor,

necesito saber. Camila tragó saliva, incómoda ante la intensidad de la pregunta. No lo sé con certeza, doña

Elena. Crecí en un orfanato. Me dijeron que me dejaron ahí cuando tenía 8 años.

Con este anillo ya puesto en el dedo, nunca supe quién era mi familia. Las piernas de Elena fallaron. Se aferró al

respaldo de una silla para no caer. 8 años. La edad exacta en que Sofía desapareció. Un orfanato. Repitió Elena,

la voz apenas audible. ¿Cuál? El de San Miguel de Allende, señora. Estuve ahí

hasta los 18. Luego me vine para acá buscando trabajo. Elena la miraba como

si estuviera viendo un fantasma. Camila era delgada, de estatura media, con el

cabello largo y oscuro recogido en una trenza simple. Trabajaba como administradora temporal en las tierras

de la hacienda Torres. Había llegado de un pueblo lejano, recomendada por su honestidad y conocimiento en cultivos.

Era callada, trabajadora, con una tristeza antigua en los ojos. Vivía sola

en una casita de adobe al borde de los campos. No tenía familia, no tenía pasado claro, solo trabajaba callada y

firme. “¿Te puedo preguntar algo más?”, dijo Elena con voz temblorosa. Camila

asintió, aunque cada vez se veía más desconcertada. “¿Tienes alguna cicatriz?

¿Algo que hayas tenido desde niña?” Camila dudó un momento, pero luego se subió levemente la manga de la camisa.

En su antebrazo derecho había una cicatriz pequeña como de una caída antigua. Esta no sé cómo me la hice. La

tengo desde siempre. Elena ahogó un soyoso. Sofía tenía una cicatriz idéntica. Se había caído de un columpio

a los 7 años. “Señora, ¿qué pasa?”, preguntó Camila, realmente preocupada.

“Ahora hice algo malo.” Elena negó con la cabeza, las lágrimas rodando

libremente por sus mejillas. No, hijita, no hiciste nada malo. Es solo que ese

anillo no pudo terminar la frase. El nudo en su garganta era demasiado

grande. Camila se acercó con cuidado, como quien se acerca a un animal herido.

¿Conoce este anillo, doña Elena? Elena asintió lentamente. Yo yo lo mandé hacer

hace 20 años. Era para mi hija. El silencio que siguió fue tan pesado que parecía tener peso físico. Camila miró

su anillo, luego a Elena, luego otra vez el anillo. Su hija! Susurró. Elena tomó

aire intentando calmarse. Mi hija Sofía desapareció cuando tenía 8 años. Ese día

llevaba puesto un anillo exactamente igual al tuyo. Camila palideció. Sus

piernas también flaquearon y tuvo que sentarse en la silla más cercana. No puede ser. murmuró. Es imposible. ¿Me

dejarías ver el anillo más de cerca? Pidió Elena con manos temblorosas. Camila se quitó el anillo y lo colocó en

la palma de Elena. Esta lo giró despacio bajo la luz. Ahí estaba. La pequeña

rajadura que se hizo cuando Sofía lo golpeó accidentalmente contra una mesa, los dos corazones perfectamente

entrelazados y cuando lo volteó pudo ver con los dedos lo que sus ojos ya no alcanzaban a leer, las iniciales st

grabadas en el interior. Sofía Torres. Elena cerró el puño alrededor del anillo

y lloró como no lloraba en años. 20 años de dolor, de búsqueda inútil, de noches

en vela, de culpa que la consumía por dentro. Todo salió en ese llanto. Camila

la observaba sin saber qué hacer, con lágrimas también rodando por su rostro,