Humillación: El taquero invisible
El vapor del comal se mezclaba con las lágrimas de humillación que Ramón Mejía trataba de ocultar mientras limpiaba por

tercera vez esa noche el escupitajo que un grupo de jóvenes universitarios había
dejado en la barra de su puesto de tacos. 30 años de levantarse a las 4 de la
madrugada, 30 años de manos quemadas y rodillas destrozadas para terminar
siendo tratado como basura por gente que podía pagar 10 tacos sin pestañar, pero
que se negaba a verlo a los ojos. “Oye, taquero, ¿no tienes limones más frescos?
Estos están secos”, dijo uno de ellos arrojando el limón directo a su pecho.
“Sí, joven, disculpe, ahora mismo le traigo”, respondió Ramón con la cabeza
agachada. sintiendo como el orgullo que le quedaba se desmoronaba un poco más.
Ramón Mejía tenía 62 años, aunque su espalda encorvada y sus manos curtidas
por la grasa hirviendo le daban el aspecto de alguien de 80. Había pasado 40 años trabajando en su pequeño puesto
de tacos, el buen pastor en la colonia San Felipe de Jesús, Gustavo Amadero, en
la Ciudad de México, un lugar donde la violencia y la pobreza se respiraban en
cada esquina, pero donde Ramón había criado a sus tres hijos con dignidad.
Pero esa noche de octubre de 2019, mientras la lluvia comenzaba a golpear el toldo rasgado de su puesto, Ramón
sentía que había llegado al límite. Las cuentas se apilaban sobre la mesa de su casa. 4,500 pesos de renta atrasada,
800 pesos de la luz que amenazaban con cortar y lo peor de todo los 3200 pesos
que necesitaba para las medicinas de su esposa Guadalupe, quien llevaba dos años
luchando contra la diabetes sin control. “Solo tengo 230 pesos en la caja. Dios
mío, ¿qué voy a hacer?”, susurró mientras contaba las monedas mojadas que los clientes habían dejado esa noche. El
olor a carne asada que antes le llenaba de orgullo, ahora le recordaba que cada tortilla, cada pedazo de carne, cada
limón que regalaba generosamente a clientes ingratos salía de la boca de su familia.
Nunca pensó que llegaría el día en que tendría que elegir entre comprar cilantro para el negocio o frijoles para
la cena. Pero ahí estaba a las 11 de la noche bajo una lluvia que se colaba por
los agujeros de su toldo, calculando si le alcanzaría para ambas cosas. Recordaba cuando su puesto era próspero,
cuando llegó de Puebla en 1995, recién casado con Guadalupe, con 28 años
y sueños del tamaño del zócalo. Su puesto era famoso en tres colonias.
Gente hacía fila para probar sus tacos de pastor preparados con la receta que su abuelo le había enseñado. En sus
mejores tiempos llegó a ganar hasta 5,000 pesos en un solo día. Pero la vida
tiene forma de recordarte que nada es permanente. Primero fue la crisis económica de 2008 que redujo a la mitad
sus clientes. Luego la llegada de las grandes cadenas de taquerías que ofrecían promociones imposibles de
igualar. Después, los cobros de protección que grupos delictivos le exigían cada semana, 500 pesos que
salían directo de las medicinas de Guadalupe y finalmente su propia salud
deteriorándose, artritis severa en las manos que hacía que cada movimiento fuera una agonía. “Papá, ¿oy sí va a
haber algo de cena?”, le había preguntado esa mañana su nieto menor, Pedrito, de 6 años, quien vivía con
ellos desde que su hija María había emigrado a Estados Unidos. buscando una vida mejor. La pregunta le había partido
el alma. Claro, mi hijo, esta noche cenamos como reyes. Había mentido,
sabiendo que solo quedaban seis tortillas y un poco de frijoles refritos del día anterior. Sus manos temblaban
mientras preparaba el último pedido de la noche. No era solo el frío de octubre, ni la lluvia que había empapado
su ropa. Era el cansancio de 40 años cargando cilindros de gas, de cortar
cebolla. hasta que los ojos ardieran como fuego, de sonreír a clientes que lo
trataban como si fuera invisible. El estómago le rugía como trueno. No había
comido nada desde las 7 de la mañana, guardando cada taco para vender, cada
tortilla para convertir en los pesos que necesitaba desesperadamente. “Señor, ¿me
da una servilleta extra?”, preguntó una chica sin levantar la vista de su celular. Sí, señorita, con gusto,
respondió automáticamente, aunque por dentro una voz gritaba. ¿Podrías al menos mirarme? Decir gracias, recordar
que soy un ser humano? A las 11:30 de la noche cerró su puesto con el corazón más
pesado que el cilindro de gas que arrastraba cada mañana. Había ganado solamente 370 pesos en todo el día.
Después de descontar los 200 pesos de ingredientes para el día siguiente, solo le quedaban 170 pesos. Guadalupe lo
esperaba en su casa de lámina y cartón, a 10 cuadras del puesto. La artritis
hacía que cada paso fuera una tortura, pero el verdadero dolor estaba en el alma. Cuando llegó a casa, encontró a
Guadalupe sentada en la única silla que no estaba rota, con Pedrito dormido en su regazo. “¿Cómo te fue, amor?”,
preguntó ella con esa sonrisa valiente que había mantenido durante 44 años de
matrimonio. Bien, bien, mintió otra vez, besando su frente arrugada. Mañana será
mejor. Pero esa noche, cuando Guadalupe y Pedrito ya dormían, Ramón se arrodilló
junto a su cama y oró con una desesperación que nunca antes había sentido.
Dios mío, sé que no soy nadie para pedirte nada. Soy solo un taquero viejo
y cansado. He cometido errores, he sido orgulloso. No he ido a misa tanto como
debería. Pero, Señor, esto no es por mí. Es por Lupita. Está enferma y no tengo
para sus medicinas. Es por Pedrito que tiene hambre y yo le miento diciéndole que todo está bien. Dame una señal, una
oportunidad, lo que sea. Si quieres castigarme a mí, hazlo. Pero a ellos no. Ellos son inocentes. Por favor, Jesús,
ayúdame. El silencio de la noche fue su única respuesta. Se quedó dormido con
las rodillas sobre el piso de cemento frío, sin saber que en menos de 24 horas
su vida cambiaría de una forma que jamás podría imaginar. Si esta historia ya te está tocando el
corazón, suscríbete al canal Jesús en mi historia y activa la campanita para
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