El 18 de noviembre de 1945, cuando el sol de la tarde comenzaba a

teñir de oro las cumbres del valle de México, un rumor recorrió las calles de

la capital como un viento antiguo. No era el murmullo habitual del comercio

o la algaravía cotidiana de los mercados. Era algo distinto, algo que

vibraba en el aire con la densidad de las cosas largamente esperadas. México

entero contenía el aliento. Sus hijos regresaban de la guerra. Habían pasado

apenas tres meses desde que las bombas atómicas devastaron Hiroshima y

Nagasaki, desde que el emperador japonés pronunció por radio palabras que

millones jamás creyeron escuchar. La guerra más sangrienta de la historia

humana había terminado, dejando tras de sí un mundo partido en dos, ciudades

reducidas a escombros y millones de fantasmas que jamás volverían a casa.

Pero en México 300 hombres sí regresarían. 300 pilotos, mecánicos,

técnicos y soldados que habían cruzado el Pacífico para escribir con fuego y acero una página olvidada de la historia

nacional. El escuadrón 2011, el Águilas Aztecas volvía a casa. La decisión de

enviar una fuerza aérea mexicana a combatir junto a los aliados había sido

tan controvertida como necesaria. Desde mayo de 1942,

cuando submarinos alemanes hundieron los petroleros potrero del llano y faja de

oro en aguas del Golfo de México, la neutralidad oficial se volvió

insostenible. El presidente Manuel Ávila Camacho, militar de carrera formado en los campos

de batalla de la revolución, entendía el peso simbólico y estratégico de ese

momento. México no podía permanecer al margen mientras el fascismo amenazaba

con ahogar al mundo, pero también sabía que la decisión dividiría al país. En

julio de 1944, tras meses de entrenamiento intensivo en bases estadounidenses, el escuadrón 2011

partió hacia el frente del Pacífico. Eran jóvenes en su mayoría, algunos

apenas veinteañeros, con rostros morenos curtidos por el sol de sus tierras natales. Venían de Jalisco, Veracruz,

Ciudad de México, Puebla, Sonora. Hablaban español entre ellos mientras

dominaban los controles de los Republic P47 Thunderbolt, esos casabombarderos

masivos que pesaban casi 5co toneladas y rugían como bestias metálicas. En las

Filipinas, en Luzón, en Formosa, dejaron caer sus bombas sobre posiciones

japonesas, escoltaron bombarderos aliados y pintaron sus aviones con los

colores verde, blanco y rojo de una bandera que ondeaba a 11,000 km de

distancia. Cinco de ellos no regresaron. Sus

nombres quedaron inscritos en la memoria colectiva como cicatrices sagradas. El

teniente José Espinoza Fuentes, el subteniente Fausto Vega Santander, el

sargento Ángel Bocanegra Saavedra, el soldado Miguel Martínez Vaca, el soldado

José Gutiérrez Pérez, cayeron en misiones de combate o en accidentes

durante el entrenamiento, sus cuerpos sepultados lejos de la tierra que los

vio nacer, bajo cielos extranjeros y lluvias tropicales que nunca nunca

conocieron de niños, pero los que sobrevivieron cargaban algo más pesado que las medallas.

Llevaban en los ojos la sombra de lo que habían visto. Cuerpos desmembrados en

las playas, ciudades filipinas arrasadas por el fuego, el rostro del enemigo

convertido en ceniza, el estruendo constante que dejaba zumbidos

permanentes en los oídos. Llevaban el recuerdo de noches sin dormir, de

despegues al amanecer, con la incertidumbre de si volverían, de compañeros que desaparecieron en nubes

de humo negro sobre el mar. Y llevaban también, como un tesoro frágil, la

certeza de haber cumplido con algo más grande que ellos mismos.

El presidente Ávila Camacho había seguido cada parte del conflicto con la atención obsesiva de quien conoce el

precio de la guerra. A diferencia de muchos líderes civiles, él había

empuñado un fusil durante la revolución. Había visto morir a hombres junto a él.

había conocido el miedo y el hambre en las campañas militares que forjaron el México moderno. Cuando recibía los

partes de combate desde el Pacífico, no leía números abstractos, leía vidas.

Sabía que cada misión cumplida significaba madres que rezaban en pueblos remotos, esposas que dormían

abrazadas a fotografías, niños que preguntaban cuándo volvería papá.

Durante meses, mientras la guerra seguía su curso brutal, el presidente trabajó

en silencio para preparar el regreso. No sería simplemente un desembarco más.

Tenía que ser el reconocimiento de una nación entera, un momento que sanara

divisiones y reafirmara la identidad nacional en un mundo que se reconstruía

entre ruinas. México había participado militarmente en un conflicto global por

primera vez desde las intervenciones del siglo XIX. Eso significaba algo

profundo, algo que trascendía la política inmediata y tocaba las fibras

más sondas del ser mexicano. En las reuniones de gabinete, Ávila Camacho

escuchaba más de lo que hablaba. Era un hombre de palabras medidas, de gestos

contenidos, pero sus colaboradores más cercanos sabían reconocer la intensidad

detrás de esa calma aparente. Cuando finalmente se anunció la fecha del regreso, el presidente dio instrucciones

precisas. quería que el recibimiento fuera digno, pero no ostentoso, emotivo,

pero no propagandístico, profundamente mexicano, sin caer en el

nacionalismo vacío que ya comenzaba a envenenar otras latitudes.