Ella lloraba escondida. Él esperaba en el altar una boda que nunca debía

suceder, una novia que jamás llegó y una esclava que guardaba un secreto capaz de

cambiar el destino de todos. Sabana, 1865.

El asendado más respetado del condado, estaba a punto de vivir la humillación

más grande de su vida. Pero lo que nadie imaginaba era que en ese momento de

absoluta desolación sus ojos encontrarían algo a través de una

ventana, algo que siempre estuvo ahí, algo que él nunca se permitió ver. Lo

que pasó después escandalizó a toda una nación.

Sabana, Georgia, primavera de 1865.

El sol de la mañana bañaba las calles empedradas de aquella ciudadña donde el aroma de las magnolias se mezclaba con

el peso de una época que estaba por terminar. La guerra civil había dejado

sus cicatrices y en el aire flotaba una tensión que nadie podía nombrar. Detrás

de la pequeña iglesia de San Joaquín, escondida entre los arbustos de azaleas

blancas, una joven lloraba en silencio. Su nombre era Amara. Tenía 22 años, piel

oscura como la noche sin luna, ojos grandes que guardaban secretos, manos

agrietadas por el trabajo y un corazón que la tía por quien nunca debió amar.

Amara se apretaba el pecho con ambas manos, como si quisiera arrancar de allí

ese sentimiento prohibido. Las lágrimas corrían por sus mejillas

sin permiso, cayendo sobre la tierra seca. Desde su escondite podía escuchar la

música del órgano. Podía imaginar las flores blancas decorando el altar. Podía

sentir como su alma se partía en dos. Porque adentro de esa iglesia, el hombre

que ella amaba estaba a punto de casarse con otra. Gonzalo Monteverde.

Ese era su nombre, el acendado de la plantación más grande del condado. Un

hombre de 34 años. Cabello oscuro como ala de cuervo, ojos color miel que

podían ser tiernos o terribles según el momento. Alto, de hombros anchos, con manos que

nunca habían empuñado un látigo, aunque todos los demás hacendados lo hicieran.

Gonzalo era diferente y esa diferencia había sido la perdición de Amara. Ella

recordaba perfectamente el momento en que supo que lo amaba. Fue 4 años atrás,

cuando tenía apenas 18. Un capataz borracho la había acorralado contra la

pared del establo. Ella gritó, “¡Nadie vino, excepto él.”

Gonzalo apareció como un rayo de justicia con los puños cerrados y la voz

de trueno. Despidió al capataz esa misma noche y cuando se volvió hacia ella, sus

ojos mostraron algo que Amara nunca había recibido de un hombre blanco. Preocupación genuina.

¿Estás bien? Le preguntó. Tres palabras, solo tres. Pero cambiaron todo. Desde

esa noche, Amara cargó un amor que pesaba como cadenas invisibles, un amor

que no podía confesar, un amor que la sociedad jamás permitiría. Ella era una

esclava, él era su dueño. Entre ellos había un abismo más profundo que

cualquier océano. Y ahora ese hombre estaba adentro de la iglesia esperando a

su novia. Valentina Ashford. Amara sintió un escalofrío solo de pensar en

ese nombre. Valentina era hija de un comerciante rico de Charleston, hermosa

como una muñeca de porcelana, fría como el mármol de las tumbas. Tenía el

cabello rubio siempre perfecto, la piel blanca como la leche y una sonrisa que

nunca llegaba a sus ojos. Valentina no amaba a Gonzalo. Amara lo sabía. Lo

había visto en cada gesto despectivo, en cada palabra cortante, en cada mirada de

desprecio que la prometida le lanzaba cuando nadie más observaba.

Valentina amaba las tierras, amaba el dinero, amaba el prestigio del apellido

Monteverde, pero a él, a él jamás lo había mirado con ternura. ¿Y cómo podía

Gonzalo no darse cuenta? Amara no lo entendía. Era como si él estuviera ciego

ante la frialdad de aquella mujer. O quizás la sociedad le había enseñado que

el matrimonio no se trataba de amor, sino de conveniencia.

Un soy escapó de los labios de Amara. Ella había decidido que después de la

boda se iría para siempre. No podía quedarse en la plantación viéndolo ser

esposo de otra. No podía servir el desayuno sabiendo que otra dormía a su

lado. No podía seguir respirando el mismo aire que él sin que su corazón se

desgarrara un poco más cada día. Pero antes de irse, necesitaba verlo una

última vez. Por eso estaba allí escondida como una ladrona, robando un

último momento. Desde su posición podía ver a través de la ventana lateral de la

iglesia. veía las bancas llenas de invitados elegantes. Veía los sombreros

adornados de las damas. Veía al padre de pie frente al altar con la Biblia en las

manos y veía a Gonzalo. Él estaba de pie, erguido, con su traje color crema

impecable. Sostenía un pequeño ramo de flores blancas. Su rostro mostraba

solemnidad, pero también algo más, algo que Amara conocía bien porque lo había

estudiado durante años. incertidumbre. “¿Él también tiene dudas?”, pensó ella,

y su corazón traicionero se llenó de una esperanza absurda. No, imposible. Ese

matrimonio iba a ocurrir. La música seguía sonando. Los invitados esperaban.

Todo estaba en su lugar, excepto una cosa. La novia no había llegado.

Para entender lo que estaba a punto de suceder en aquella iglesia, hay que conocer primero a Gonzalo Monteverde. Y