
Le pagaron a ella $9,000 para aparecer fea en una [música] cita a ciegas. Necesitaba el dinero. Inocentemente
aceptó nada personal, [música] pero no sabía quién estaba del otro lado de la mesa. Era un millonario y lo que pasó
después lo cambió todo. 9000 pesos. [música] Libia miraba el número en la pantalla de su teléfono como si las
palabras fueran a desvanecerse solas. [música] Como si Jimena fuera a escribir de nuevo
diciendo, “Era broma, obvio, pero el mensaje seguía ahí luminoso contra
[música] el fondo oscuro de WhatsApp junto con una carita guiñando el ojo. 9000 pes, Le, [música] solo por verte
descuidada en una cita. Es un experimento social que estoy documentando. [música] ¿Te animas?” Libia sintió cómo se le
cerraba la garganta, no por indignación ni por ofensa, [música] sino porque su primer pensamiento, el que llegó antes
que cualquier juicio moral, fue, [música] “Con eso pago la renta de este mes.” Y
eso la horrorizó más que la propuesta misma. ¿En qué momento había llegado al punto donde 9,000 pesos compraban su
dignidad tan fácilmente? ¿Cuándo exactamente había cruzado esa línea invisible donde los principios se
volvían negociables? Según el saldo de la cuenta bancaria, dejó el teléfono sobre la mesa del diminuto comedor de su
apartamento en la condesa y caminó hasta la ventana. Afuera, la tarde se desvanecía en tonos grises sobre las
calles mojadas. Los árboles de la cuadra goteaban todavía de la lluvia reciente y
la gente pasaba apurada bajo paraguas, entrando a cafeterías iluminadas donde
se vendían capuchinos que ella no se permitía comprar. Hacía semanas que no
entraba a ningún café, [música] que preparaba su propio instantáneo en la cocina estrecha, donde la cafetera vieja
hacía ruidos de agonía cada mañana. Hacía meses que no compraba ropa nueva, que había cancelado su membresía del
gimnasio, esa que había jurado era inversión en salud mental. Ahora, su salud mental consistía en evitar revisar
el saldo bancario y en contar monedas antes de decidir si compraba jitomates o
solo pasta otra vez. 28 años, y esto era lo que tenía para mostrar, un
apartamento diminuto que olía a humedad, facturas apiladas sobre el escritorio improvisado y un portafolio de diseño
gráfico que nadie parecía querer contratar. Medio año atrás, cuando todavía llegaban proyectos pequeños, se
había dicho que era temporal, [música] que el mercado freelance tenía altibajos naturales, que solo necesitaba
persistir. Hace algunos meses, cuando tuvo que pedirle dinero prestado a su mamá en Guadalajara, se juró que sería
la última vez, que encontraría algo estable. Hace poco, cuando el casero
dejó el tercer aviso de desalojo pegado en su puerta, dejó de hacerse promesas.
Solo contaba días. Calculaba cuánto tiempo más podría estirar los frijoles del bote, cuántas comidas podía saltarse
sin que el mareo la obligara sentarse en medio de la calle. El teléfono vibró de nuevo. Jimena, otra vez. Sé que suena
raro, pero confía en mí. Es para un proyecto de comportamiento masculino en apps de citas. Quiero documentar cómo
reaccionan los hombres cuando una mujer no se ajusta a las expectativas estéticas. [música] Tú ya tienes esa cita mañana con ese tal
Gustavo, ¿no? Perfecto. Solo vas sin arreglarte. Pants, cabello recogido,
cero maquillaje. Ves cómo se comporta. Tomas notas mentales y después me
cuentas, “Te pago los 9000 al día siguiente. Es colaboración para investigación social.” Liv. Nada turbio.
Libia releyó el mensaje despacio buscando el truco, la parte que no cuadraba, pero conocía a Jimena desde
hace una década. Habían compartido departamento en la universidad, se habían visto en sus peores crisis.
Habían llorado juntas cuando los proyectos de titulación casi las destruyen. Jimena era impulsiva, a veces
caótica, [música] pero nunca cruel. Nunca le haría algo malo intencionalmente. Y sin embargo, algo en
el estómago de Libia se retorcía incómodo. Una alarma silenciosa que no lograba identificar. Tal vez era solo el
hambre. Hacía horas que no comía nada más que un pan dulce que había comprado el día anterior en la tienda de la
esquina, de esos que vendían tres por 20 pesos. O tal vez era la sensación de
estar cayendo esa que la acompañaba desde hace tiempo, desde que el último cliente grande canceló el contrato
apenas días antes de que empezara, alegando recorte de presupuesto. Ese proyecto iba a salvarla. Iban a ser
40,000 pesos por un rediseño completo de marca. 40,000 que ya había gastado mentalmente: renta, luz, internet,
comida decente, tal vez hasta un par de zapatos porque los que tenía ya mostraban la suela. Y luego nada.
Silencio. El contacto dejó de responder mensajes, bloqueó su número, desapareció
como si nunca hubieran hablado y Libia se quedó ahí con las manos vacías y
facturas que no dejaban de llegar. Gustavo Castillo [música] repasó el nombre en su mente como si fuera un
acertijo. Asía días había aceptado esa cita casi por aburrimiento, porque
Jimena la había convencido de descargar la aplicación después de una botella de vino barato y un discurso de “Necesitas
salir de tu cueva y conocer gente.” Libia había creado el perfil sin muchas expectativas.
[música] Había puesto dos fotos donde salía medio decente, había escrito una biografía genérica sobre diseño y [música] café y
luego había llegado ese match con Gustavo. El perfil era extrañamente minimalista para alguien en una app de
citas, una sola foto donde aparecía de traje oscuro en lo que parecía un evento
formal, mirando hacia el lado como si alguien lo hubiera llamado justo cuando disparaban la cámara. No sonreía.
[música] La descripción era aún más escueta. 30 y pocos años, empresario, [música] Ciudad de México. Eso era todo.
Ni hobbies, ni frases ingeniosas, ni emojis tratando de parecer accesible.
Solo esas líneas que no decían nada y al mismo tiempo decían todo sobre alguien que probablemente estaba demasiado
ocupado o demasiado desinteresado para esforzarse. Habían intercambiado mensajes breves antes de que él
propusiera verse. Nada profundo, nada memorable. Él preguntó a qué se
dedicaba. Ella respondió que era diseñadora gráfica freelance. Él dijo que le parecía interesante. Ella
preguntó qué tipo de empresa tenía. Él respondió vagamente: “Hotelería”, [música] sin dar detalles. Luego vino la
propuesta encontrarse al caer la tarde en un rooftop de Polanco, un lugar con vista decente. Libia había aceptado
porque no tenía nada mejor que hacer, porque la idea de salir del apartamento y pretender que su vida no era un
desastre sonaba casi terapéutica. No esperaba nada de esa cita. Tal vez una
conversación mediocre, tal vez un hombre aburrido hablando de números y negocios,
tal vez una copa de vino que no tendría que pagar [música] ella. Eso era todo. No había construido
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